La relación madre-hija, expuesta en su espejeo mutuo como un enfrentamiento por la autonomía, entre dos mujeres que no bregan ya por un cuarto sino por un cuerpo propio, haciendo carne la urgencia por reconceptualizar la maternidad –sustantivo devenido en el verbo maternar- desde la necesidad de desarticular el mandato de engendrar vida como lo inherente al sujeto femenino; es el prisma con el que pretendo comentar estos dos libros que ya fueron ampliamente reseñados y elogiados por la crítica en sus respectivos momentos: Lóbulo, de Eugenia Prado, una novela de 1998 que fue abordada principalmente por la crítica académica, y Sara, la premiada novela de Maivo Suárez que cosechó un cerrado aplauso en su auspicioso debut el 2019.
Separadas por dos décadas, estas novelas dan cuenta de una reflexión multidireccional en torno al cuerpo y a la experiencia filial femenina, una experiencia que podríamos arrojar a la tabla de disección como una secuencia aséptica “ser mujer - parir - criar a otra mujer”, compleja, diversa, de implicancias individuales y subjetivas antes que sólo sociales como lo fue durante siglos bajo el imperativo patriarcal de la crianza-deber de la madre abnegada. Madres e hijas en un país de huachos, de padres ausentes, abusadores alcohólicos, y “papitos corazón” que aspiran a sentarse en La Moneda. Un país también donde el feminismo es ejemplo de lucha y vanguardia mundial.
Comienzo por la novela más actual, más cercana acaso por eso. Sara es una mujer que enfrenta la jubilación en solitaria pobreza, luego de que su hija abandona por fin el nido. Tiene un padre agonizando, tiene a su mejor amiga ex compañera de trabajo, tiene una radiante vecina nueva, tiene un exmarido que es un tenue recuerdo inane y tiene lo que acá nos convoca, una hija –Estela- que es enfermera, está a punto de llegar a los 40, es lesbiana, y desde la adolescencia se abandona a un sobrepeso que roza la obesidad, al menos a ojos de su madre. Sabemos, por las escenas y diálogos entre ambas, que la relación ha sido siempre tensa, llena de gritos y peleas, de recriminaciones mutuas e incomprensión. Un dolor ciego al que ambas le hacen el quite. No hay reconciliación tras cada reyerta, se dejan de hablar, el tiempo pasa y se vuelven a dirigir la palabra sólo tras un evento global y trágico del porte de un terremoto, como una formalidad obligada. Ese silencio artero delata el punto clave que a mi parecer explica lo fundamental de la psiquis de Sara, a pesar de que su historia, retrato y situación, exceda aparentemente el mero hecho de ser madre de Estela.
Sara no cree haber sido tan mala madre como para tener una tan mala hija. Pero poco hay que nos indique lo contrario. Sus actos fallidos la van condenando al punto de llevarla, desacierto tras desacierto, a un inminente final. Errores humanos, de personas comunes y corrientes que arrastran heridas de distinto calado, como lo somos todas y todos. Sara no ha sido feliz quizás nunca. No hay recuerdos que nos permitan inferir algo en ese sentido. Sus fugaces alegrías ceden siempre paso a una resaca amarga y feroz, como estados de embriaguez pasajeros. Por otro lado, ¿es realmente una mala hija Estela? Aquí yo confieso que mi acercamiento se ve dificultado por el hecho de ser hombre, y sólo puedo ver este clásico conflicto entre madres e hijas desde lo que he leído, desde la literatura, desde las diversas casas de Bernarda Alba que han caracterizado el tópico. Madres e hijas que se distancian y desautorizan, que compiten o se castigan con la indiferencia. A esa luz, ni Estela parece particularmente “tan” mala hija, ni Sara “tan” mala madre. Y aunque Sara la verbalice como tal, esta preocupación no asoma sino como un rasgo sicológico profundo suyo, dibujándola como la errática persona que se abandona a ser, sin saber cómo contrarrestar esa suerte de destino infeliz prefigurado, de profecía autocumplida. Descariño por sí misma, descariño por su propia hija, descariño por la vida a fin de cuentas.
El yo postergado, ese es el tema entonces, y no solo para Sara sino para toda mujer. Sara no ha vivido su vida, y acaso ese sea un problema inherente a la maternidad, que es una condición de postergación, sino definitiva, al menos transitoria. Y darse cuenta de ello no la conduce a una decisión que repare el hecho, porque teniendo por fin la oportunidad, aunque sea ya vieja, de comenzar a vivir una vida propia, sobrevienen el pasmo y la pusilanimidad. Experimenta entonces accesos torpes y desangelados de malentendida libertad, intentando actos que la emocionan vacuamente como despilfarrar el dinero que no tiene, o que la devuelven a la adrenalina desde la turbia tristeza del sinsentido, cometiendo una tropelía vagamente excitante contra la vecina por la que siente envidia, de la que quiso ser amiga pero se sintió humillada por su indiferencia, en un desquite más bien perverso, un delito menor que decide echar al olvido para no padecer remordimientos, y que por suerte queda sin ser descubierto. Como un adolescente que descubre lo que es sentirse vivo por el temblor del alma a que su falta le precipita. La libertad confundida con una irresponsabilidad -ingenua y no tan ingenua a la vez- que le traerá finalmente consecuencias.
La crítica ha elogiado la construcción de Sara como un personaje valioso o interesante, un personaje secundario traído al frente. Maivo Suarez alumbra lo poco visto, lo olvidado, lo pasado por alto. Sara como un retrato de muchas mujeres que no han tenido nunca nombre ni rostro, que muestra la precariedad de las señoras de tercera edad que se quedan solas, precariedad antes que nada financiera, pero inmediatamente y por ende, social y yo insisto socio-afectiva. Sin redes, sobrevivir en la pobreza, sin una razón, sin una motivación o una pasión, puede llegar a ser más que difícil, un esfuerzo sin sentido. Sara se degrada, se convierte en una –perdón por la expresión- vieja de mierda, pendiente de sus vecinas, de aparentar, de esconder o disimular su penuria mintiéndose a sí misma. Mérito y aplauso para Maivo Suárez por esa sorora valentía.
Ahora insisto, para mí es la relación con su hija Estela la que revela la herida clave de su psiquis, de su situación y condición. Y es un tipo de relación que parece sumamente común, verosímil. Mamás que levantan un muro entre sí mismas y sus hijas, que no aceptan o de plano condenan las decisiones de éstas. Hijas que reproducen ese trato, que luego tampoco bajan la guardia ni menos perdonan a sus progenitoras. Un doloroso estilo de maternidad, la cruda realidad de un extendido modo chileno de maternar. Acaso no quede otra que plantearlo como eternos puerperios fatigosos, como depresiones post-parto no tratadas o mal llevadas, que se extienden por inercia y terminan como dice Joan Manuel Serrat “transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”.
Ahora voy a Lóbulo, de Eugenia Prado. La narrativa de Eugenia es parte de una tradición cuya máxima exponente es Diamela Eltit. Un estilo político posicionado, situado, que es discurso feminista siempre, que traduce el desmontaje del canon patriarcal en desmontaje de las estructuras literarias convencionales, es una literatura difícil, subvertida y subversiva, conflictuada y conflictiva, que exige varias relecturas. Una mirada ortodoxa y equivocada verá saltos de coherencia, errores de concordancia, la destrucción de toda posibilidad de linealidad, tiempos verbales que se traicionan, superposición de hablantes, confusión constante de los planos diegéticos, hermetismo y verborrea atmosférica. El título mismo de la novela parece una clave poética. Literatura chúcara, de ardua lectura y sin embargo atrapante estrategia, de gratificante resultado.
En Lóbulo hay una mujer joven, Sofía, atrapada en su habitación, encerrada voluntariamente y sometida al acoso telefónico de un desconocido. Acoso que se torna torva seducción. Pero cabe además la posibilidad de que estemos ante un juego de apariencias, y acaso todo no sea más que imaginario, queda siempre abierta la puerta, quizás todo ocurra solo en la mente de Sofía, y no haya en realidad llamadas ni desconocido, sino solo delirios e insomnio. Es una novela altamente psíquica, que transcurre en esa especie de síndrome de Estocolmo, que exhibe el tormentoso deseo sexual de una mujer inestable afectivamente, rea de una madre opresiva y casi monstruosa, aliada con el enemigo, que lo único que anhela es que su hija se vaya, pero que la juzga y castiga cuando efectivamente la hija sale a la calle.
Hay una atmósfera opresiva que es por un lado fruto del psicologismo de la historia, el lector es llevado por un hablante femenino frustrado en tanto ser humano, un yo mujer mutilada o indefinida, habitada por otras entidades o identidades, híbrido que la crítica denomina de plano ciborg por el componente tecnológico –el teléfono- desde el que se manifiesta esa multiplicidad, mezcla de una mente con muchas cabezas y de un cuerpo hablante donde se confunden la voz omnisciente de una autora y la de Sofía en sus múltiples desdoblamientos; y por otro, fruto del contexto exterior descrito a ramalazos, que nos lleva al Chile de la alegría que no llegó, del éxtasis clandestino en el Galpón de Matucana 19, del grito contenido en los muros de la bohemia noventera, el Chile jaguar de la Concertación retratado por aquél mítico Faúndez, un comercial en donde el gásfiter contestaba su celular en el ascensor y era metáfora del éxito al que el pueblo podría acceder democráticamente. Ese fraude, ese fiasco, ese fracaso. Ansiedad y miedo entonces, dentro y fuera del papel, frustración por doquier.
Por supuesto, también estamos ante una novela que no desatiende el acto mismo de la escritura, es un proceso y se escribe ante nuestros ojos, esa pared es la primera que se cae, no solo cuando la autora y el personaje hablan al lector, lo invitan o le previenen, sino también cuando la propia Sofía se refugia en la escritura haciendo transitar el acoso de las palabras oídas por teléfono a la angustia ante la página en blanco y el garabato. De escuchar al desconocido a escribirlo, hay un solo paso. Un desconocido que conoce todo de ella, recordémoslo. De nuevo: juego de apariencias, acaso autora y personaje no hayan dejado nunca de hablar de lo mismo, confundidas entre sí. Así, Sofía alcanza el punto de fusión con su propia madre viviendo un embarazo de palabras, como si se gestara una serpiente-libro en su vientre.
La figura de la madre una vez más nos hace pensar en el dominio del cuerpo, un territorio en disputa, en la culpa por sentir rabia ante esa invasora de entrañas que es la hija, usurpadora definitiva de la autonomía que tendrá siempre la posibilidad de perpetuar ese conflicto, reproduciéndose en otro cuerpo al que legar como un karma la condición femenina. Es en ese cuerpo campo de batalla donde caen las bombas y estallan los proyectiles del mundo y contexto, la humanidad y su ensalada de viril cambalache, de biblia y calefón, de maldad y porquería ya lo sé. El cuerpo y sujeto femenino, la mujer madre e hija, como un pandemónium doloroso. Por eso, y porque este tipo de literatura feminista tiene sin duda anclaje en teorías críticas de sesuda envergadura académica, en la oportuna recepción de esta novela así como en la de otras obras de Eugenia Prado se ha hablado de plano de una escritura que pone en juego identidades poshumanas o que trasunta una asfixia metafórica de la oralidad, por ejemplo. Lo extratextual es textual. No hay fin, todo continúa siempre, es un work in progress.
Al poner juntos los dos libros en mi velador, el primer distingo es evidente. Si en Sara el personaje desde el que se dispara es la madre, en Lóbulo es la hija. Y sin embargo a mi parecer, las perspectivas confluyen. Distintos momentos del acontecer, distintos mundos en los que se plantea la historia, pero un mismo leit motiv. Tuve inicialmente la tentación de traer un tercer libro a colación, “Contra los hijos” de Lina Meruane. Pero desistí porque ese es ya un ensayo y no una novela, y los alcances son bien distintos. De cualquier manera hay ahí justamente un punto de encuentro que es más que un punto. El derecho a la libertad plena de ser mujer, con toda la vasta extensión que esa palabra tiene y aún debiera tener, mucho más allá del mero rol de madre o de hija. Lo reitero: del cuarto propio al cuerpo propio. Herederas en forma y fondo, de Simone de Beauvoir y de Virginia Wolf, por lo menos. Sobra decir que ambos, Lóbulo y Sara, son tremendos librazos, recomendables para lectoras y lectores que no se quedan en la apariencia y superficie de un relato, que saben que en una buena novela siempre hay capas, y capas debajo de esas capas.