¿Cuánto sabrá de narrativa peruana el lector promedio chileno? Siendo mi sangre peruana por parte de padre y madre, he buscado siempre algo que amplíe mis horizontes y derribe mis prejuicios, pues siempre me pareció sospechosa la lamentable ausencia o al menos poca visibilidad de apellidos quechuas o de raíz indígena en las plumas peruanas. Ciertamente en todo canon es una clase blanca acomodada y masculina la que se visibiliza, aunque el conflicto racial, social o político asome en él. Y la peruana sigue siendo una sociedad casi de castas, es terrible. Pero ahí están los rostros de ese canon de consagrados, partiendo por el premio Nobel Mario Vargas Llosa, con una obra inmensa e indesmentible aunque como persona resulte deleznable, legando a la posteridad el gesto idiosincrático de levantar con resignación los hombros ante la pregunta por cuándo se jodió el Perú. El mayor poeta hispanoamericano a mi parecer, César Vallejo, tiene también una obra narrativa que vale la pena mencionar, aunque peque de excesiva carga ideológica. Pero lo consigno porque sigue siendo parte de este canon, y acaso comparta el escaño indigenista con los otros genios que hablaron por los que no tienen voz: Julio Ramón Ribeyro y sus gallinazos sin plumas, José María Arguedas y sus presos en el penal de El Sexto, Manuel Scorza y su invisible Garabombo, Ciro Alegría y su mundo ancho y ajeno. Al lado de todos ellos, el disruptivo Bryce Echeñique instaló con tanto desparpajo como mérito su humor de pequeño burgués expatriado, que siempre hallé “cocolegrandiano”. Sé que lo estoy reduciendo cruelmente, lo siento, pero aunque reí con sus Romañas y el mundo ya le rindió pleitesía, yo no lo pondría en una eventual oncena titular.
Con todo, a esta “primera línea” de
consagrados, se me fueron sumando nombres con el paso de los años. Leí algo de Alonso
Cueto, algo de Santiago Roncagliolo y ambos me siguen pareciendo exponentes de esa
clase acomodada con pluma hábil e indesmentible gracia para asombrar y
entretener con sus novelas en las que asoma siempre la cruenta realidad e
historia política y social de su país, de la que sin embargo poco a poco se van
distanciando. Mis horizontes se ampliaron más entrando ya al nuevo milenio, con
la progresiva globalización, con los tráficos del mercado, y gracias a
editoriales como Montacerdos, Das Kapital, Overol y Laurel, donde pude leer a
Carmen Ollé, a Dany Salvatierra, Sergio Galarza, Claudia Ulloa Donoso, Cronwell
Jara. El 2018 anduve por Lima unos días y gracias al generoso poeta y editor
Víctor Ruiz Velazco, mi nómina creció y siguió creciendo también el definitivo derrotero
de un nuevo rostro: ya no el Perú anclado en sus razas y raíces, en su
sangriento pretérito y pasado reciente, sino un Perú replegado y diseminado,
escrito desde un yo afuera. Como Bryce desde Madrid, Claudia Ulloa en Pajarito
es desde Noruega la evocación y nostalgia de Lima. Los lugares ya no importan,
son intercambiables, los lugares son las personas. Nada de eso impidió que me
rindiera al talento de un norteamericano nacido en Perú que escribe en inglés poderosas
escenas que ocurren en su tierra de origen, como Daniel Alarcón. Pero mejor voy
al grano.
Entro en materia entonces partiendo con Las islas (Seix Barral, 2006), un libro de Carlos Yushimito que puede considerarse su obra debut pues antes sólo había publicado un relato (“El mago”, por ed. Sarita Cartonera, 2004), con una editorial de circulación marginal. Las islas es un libro de cuentos que transcurre íntegramente en un Brasil que es meramente literario, alegórico, y con esto quiero decir que Yushimito no ha necesitado vivir en Brasil para decidir ambientar sus relatos en un Sao Clemente tan ficticio como real, lo que perfectamente ha de interpretarse como una declaración de principios, un desde aquí. Y ese desde aquí flamea da lo mismo bajo qué bandera. Porque el margen de la delincuencia, el bajo fondo de prostitutas y traficantes, el sabor de la calle en las periferias, lo mismo puede ser en las favelas de Río de Janeiro que en los pueblos jóvenes de la costa limeña o en las villas miseria entrerrianas. Por eso he dado la vuelta preliminar que he dado. Si Vargas Llosa escribió un novelón como La guerra del fin del mundo, investigando y retratando la sangrienta historia del nordeste brasileño, ¿por qué llama la atención un gesto como el de Yushimito?
Huelga entonces decir que tanto el paisaje
como los caracteres de los personajes y los hechos relatados, me han hecho
pensar en una posible tradición latinoamericana, pues me evocaron de distintas
maneras a autores como García Márquez o al propio Vargas Llosa, y ciertamente
algo de Guimarães Rosa. Por ejemplo, ante un cuento como “Bossa nova para Chico
Pires Duarte”, no pude evitar sentir resabios de La espera de Borges o de Diles
que no me maten de Rulfo: el malandro que ha cometido el atrevimiento de
meterse con la mujer de un pez gordo y que finalmente lo ha asesinado, sabe que
vienen por él, no tiene refugio, la suya es una muerte anunciada.
Concedamos por otro lado que los
referentes son siempre múltiples y podrían ciertamente exceder mi pretendido
prisma territorial, de modo que ante el diálogo que sostienen arriba de un auto
los sicarios Ciro y Wagner en el cuento “Tinta de pulpo”, bien podría un lector
hallar un lejano eco ya no del cuento Detectives de Bolaño, sino del film Pulp
fiction de Tarantino en la famosa escena con John Travolta y Samuel L. Jackson,
o incluso del cuento Los asesinos de Hemingway.
Estas comparaciones o alusiones a
grandes maestros de la literatura no es baladí, la pluma y manejo de recursos de Yushimito lo han
catapultado no en vano. Por ejemplo hay que saber jugar al puzzle para que entre
un cuento y otro las conexiones tangenciales, los hechos y personajes que se
repiten, no queden en la mera sospecha de una novela encubierta, sino que
operen como la estrategia ya clásica de regalar al lector la entretenida tarea
de armar un rompecabezas.
El texto final del libro, “Elogio
de la miopía. A manera de epílogo, once años después”, corrobora mi perspectiva
de lectura. Su lugar de enunciación, su posicionamiento, su desde dónde
escribo, no sólo es evidente al optar por un Brasil que todos más o menos nos
podemos imaginar sin haber pisado sus calles. Dice Yushimito: “Toda experiencia migrante es una experiencia
de lenguaje. Llegar a una nueva comunidad es, por lo común, algo parecido a
forzarse a mirar una tabla optométrica, lo cual se parece más o menos, a
conquistar nuevamente una forma de leer.
(…) El lenguaje del migrante se le parece mucho a la mirada de ese
miope. Tal vez por eso a los pocos años de vivir en el extranjero, una de las
primeras cosas que se percibe es el modo distinto con que se mira la realidad.”
Ahora, aunque parezca innecesario, aclararé que mi intención dista de querer
acusar una deslocalización de sesgo negativo, una pertenencia explícita al
mundo entero como patria no puede considerarse algo que vaya en detrimento de
la historia local, de la tradición autóctona o de la memoria vernácula, algo
así puede resultar ocioso. Si regreso al asunto de los apellidos, ya la
ascendencia nipona del autor podría bastar, sería decidora como un prejuicio.
Por lo demás, la realidad peruana es desde hace demasiado tiempo una mixtura
étnica tan compleja y evidente como su reputada cocina. Nutrida de todas
partes, hija de todos los continentes, nuestra América Latina tiene maoísmos y
germanofilias surcando hace siglos sus manglares. Y con esto voy a pasar a la
siguiente obra que me convoca, Llamada perdida, de Gabriela Wiener, escritora
peruana feminista, lo que en un país machista hasta el delirio como Perú es
prácticamente sinónimo de satánica o cuando menos de pervertida.
“El que se va de verdad no necesita mapas, ni guías turísticas, no le
interesa sin en su destino hay monumentos maravillosos. Las cosas que ignora
son su principal ventaja. Lo más importante, además, el mirante ya lo sabe: que
hará lo que sea para irse, no importa si tiene que borrarse del mapa. Posee
todo el tiempo del mundo para descubrir si llegó o no al lugar adecuado, y que
el lugar sea adecuado dependerá en última instancia de sí mismo. Para el
viajero el pasaporte es como la piel, cada viaje es una marca, una herida, una
arruga, una historia que contar. Dime cuánto has viajado y te diré cuánto
sabes, apuntan los filósofos del viaje. Para el migrante, en cambio, el
pasaporte es eso que mira la policía sin una pizca de simpatía. Los migrantes
pasamos cada día delante de la Sagrada Familia o la Torre Eiffel sin emoción.”
He ahí otro desde dónde escribo, el de Gabriela Wiener, que me parece magistral. Es un lugar compartido, universal, el lugar del yo femenino. No quiero sonar ofensivo, todo lo contrario, pero siento que a ratos la escritura de Gabriela Wiener podría ser igualmente la de una autora contemporánea mexicana o colombiana o argentina, el desenfado la hermana con autoras como Margarita García Robayo, Cecilia Pavón o Valeria Luiselli. Un desenfado que es casi equivalente a ser feminista, porque hablar sin tapujos no es de señoritas. No sé si el lector promedio chileno pueda entender el nivel de escándalo que representa para una sociedad como la peruana, que una mujer ande por el mundo con un hijo a la rastra escribiendo sin pudor sobre las estrías de sus tetas o sobre sus tríos amorosos. Lo digo así porque es con ese grado de violencia con que en Perú se recibe socialmente su propuesta, su desde dónde escribo. Considero en ese sentido que Gabriela Wiener tiene mucho más cojones que el insoportable y sobrevalorado Jaime Baily, en quien no gastaré más saliva.
Una detective salvaje tras la
pista no de Cesárea Tinajero sino de Bolaño mismo, eso es lo que es Gabriela Wiener,
y lo dice a mucha honra. Una infrarrealista, una militante del horazerismo
peruano. No, mentira, exagero. Pero no tanto, el vanguardismo de Gabriela Wiener
es palmario en este feminista desparpajo que la lleva a escribir en revistas
para hombres como quien se infiltra en el territorio enemigo, como quien decide
combatirlo desde adentro. “Íbamos a
matarlos a todos, íbamos a crear algo nuevo. Nada iba a satisfacernos nunca,
nada nos haría callar (…) Eras un sol ardiendo a los 20 años. Un cristal de
roca a los 30. Un espejismo a los 40 (…) Somos gente de calle. De naturaleza
ambulante. Porque hemos venido de lejos. Somos hijos, nietos, de gente extraña,
pobre, incómoda, aventurera. Vivir para nosotros es radicalizar ese legado.
Salimos del caos para recrear el caos. Ahí reside nuestra vitalidad, lo que nos
hace indomables.(…) Nos vamos. Y a veces hasta volvemos. ” Hay más paisajes
españoles que peruanos en sus líneas, hay más cosmopolitismo que indianidad. Y
eso, que no es un hecho sino un proceso, es lo que se testimonia, insisto
magistralmente.
Las crónicas de Llamada perdida
son eso, testimonios de una misma experiencia, la de una ciudadana del mundo
que anda con su patria a cuestas para descubrir que la piel morena tiene una
amplia gama de matices mucho mayor de la sospechada en su casa de origen, y que
quienes en un lugar se sienten blancos, son morenos en el otro hemisferio. Como
los peruanos de Bryce. Pero hay sin duda un contexto temporal particular, un
momento específico, con peculiaridades que integran la bitácora eterna del
descalabro occidental. Gabriel Wiener se instala en España para ver llegar la
crisis de los años 2010-2011, cuando miles de sudacas se regresaron a su
terruño en vista del mal momento económico que le recordó a la corona hispana
que en el exclusivo Primer Mundo europeo, no es ni Alemania ni Francia ni
Inglaterra, ni mucho menos Holanda, Dinamarca o Suecia.
Sólo por divertimento, se me
ocurre entrever una familiaridad entre algunos libros a partir de su título, e
inmediatamente esta Llamada perdida de Gabriela Wiener, se hermana con los
cuentos de Bolaño en Llamadas telefónicas, y en una relación de prima con los
cuentos de Número equivocado de Katy Lincopil, y hasta en una de sobrina con la
novela Cobro revertido de José Leandro Urbina. Con Bolaño podríamos validar la
cercanía a partir de la españolidad rápidamente asumida de sus autores,
palmaria en las páginas de ambos libros. En cambio con los relatos de Lincopil,
Wiener sólo compartiría la perspectiva de género, ese desenfado que es propio
de las escrituras de mujeres contemporáneas que hablan desde el cuerpo.
Finalmente, con Urbina, cuya novela pertenece igual que su autor al siglo
pasado y al mundo pre-internet, comparte una mirada de exiliada/exiliado tercermundista
que vive deslumbrado y con suspicacia la civilidad del primer mundo, aunque por
razones políticas y en circunstancias muy distintas, sin dejar de sentirse a la
deriva. Pero todo esto puede ser más bien antojadizo, un poco forzado.
Me sigo poniendo al día con la
literatura de mis ancestros, y agradezco infinitamente el encuentro con estos
libros de Yushimito y de Wiener, quienes además me entero tienen hoy alguna
cercanía existencial, laboral o editorial con Chile, de modo que espero seguir
leyendo los frutos de su trabajo. Sé que mi personal conocimiento de la
narrativa peruana tiene aún inmensos lagos y lagunas, una enorme lista de
autores y autoras que desconozco y aún no he leído. Me penan nombres como
Oswaldo Reynoso, Enrique Congrains o Abraham Valdelomar, de quienes no he visto
nunca un libro. Me esperan por lo pronto ahí en el mismo velador de libros por
comentar, uno de Karina Pacheco, otros de los mencionados Salvatierra y Galarza,
otro de Augusto Higa Oshiro. Ya los comentaré, porque espero por cierto no
salir defraudado. Cooming soon.


