En la obra de Gaete se repite una llamémosle por ahora obsesión por lo local, que demuestra su orgullosa pertenencia a la quinta región. La quiere, la conoce, la investiga, la escribe, la crea. Ahí están sus libros Valpore (2009), Motel Ciudad Negra (2014) –libro con que ganó el premio municipal de literatura 2015-, Crítico (2016), Paltarrealismo (2014), y Apuntes al margen (2021). De una u otra manera, en todos ellos, se asoma la mirada descarnada a la realidad de la quinta región: pobreza, bajo fondo, delincuencia, excesos, el abuso del poder de las elites y una máscara institucional de patrimonio vacía, la mentira de todo discurso oficial para ocultar la miseria tangible e intangible.
No es el primero Gaete en esta cruzada, y
lo sabe, por eso están ahí mismo, en las páginas de Crítico, sus cófrades
Álvaro Bisama, Daniel Hidalgo, Natalia Berbelagua, Marcelo Mellado, que también
han pergeñado abigarradas publicaciones en que se pinta ese cuadro recargado
del Valparaíso zombie, como un jardín de las Delicias de El Bosco, un paisaje
patético donde es reconocible como personaje constante, el poeta porteño. Y Gaete
mezcla ficción y realidad aunque la realidad gana la partida. Pero ojo: Crítico
está dedicado a Cristian Geisse, escritor nortino a quien los conocidos
llamamos el Negro Geisse. Aparte de las coincidentes iniciales -C.G.- de sus
nombres, hay me parece una clave en esa dedicatoria de Cristóbal Gaete. En sus
libros “Los hijos suicidas de Gabriela Mistral” y “Los nortes que hay en el Norte”, el Negro Geisse ha hecho con su Norte Chico de
la 4ta región, algo asaz similar a lo que Gaete hace con su Valparaíso en
“Crítico”.
Quizás la gran diferencia es que el Negro Geisse inventa mucho más, su
pléyade de malogrados genios son puros personajes ficticios basados en
identidades que se disuelven. En cambio los hechos y escritores de Gaete, no. La
anécdota triste en que el mismo Gaete resultó herido de bala en una mano, en
una noche de vino y reyerta con otros poetas, editores, gente de letras, fue
real. Mismo asunto con la patada y el robo de computador en contra de Mellado,
o la amenaza cuchillo en mano contra Bisama. Todos esos son hechos verídicos.
No en todos estuvo incluido Gaete por cierto (sólo en el primero), pero son sí
lamentables espejos de la -con razón- caricaturizada escena literaria porteña.
Demasiado alcohol, demasiado delirio. Retengo esa palabra, y más adelante ya
diré por qué: delirio.
Anótese que Crítico es un libro de hace 10 años, pero que sigue vigente
gracias por ejemplo a la reciente película colombiana “Un poeta” de Simón Mesa
Soto. Esa figura, la del poeta, porteño o del norte chico, chileno o
colombiano, sigue ahí, y siempre es un personaje incómodo que puede enfrentar
dos tipos de destino: la gloria vanidosa del reconocimiento mundial, o el
fracaso directamente asociado a la miseria y el alcoholismo. El artista que se
hunde en el rencor y el resentimiento, pues considera que no se le ha leído con
justicia, que su obra merece aplauso, y que el silencio es una afrenta. A nadie
le gusta que le digan que su obra es fea, que es mala, o que no es siquiera
arte. Hay que tener fuerza de carácter para que te digan a cada rato que tu
escultura-homenaje a la Mistral en la Plaza Italia es un bodrio, que tu iceberg
en el pabellón de Sevilla fue un ridículo fiasco, que tus garabatos machistas
con autotune no son música, que tus libros son infumable autoayuda para niños,
etc. Que lo diga si no, Asuranceturix, el bardo galo.
Lo cierto es que la caricatura del poeta mediocre, doblegado por y abandonado
a su mediocridad, tiene mucho de real, al menos en estas latitudes donde como
reza el cómic, si se hace a prueba de levantar una piedra, aparecerá sin duda
un poeta. Y Gaete en Crítico les da como bombo en fiesta a partir de anécdotas
reales, pero también haciéndolos hablar en primera voz, asumiendo como ventrílocuo,
y despliega un desenfadado retrato sicológico del caído en la desgracia del ego
herido, del incomprendido, del punk que reinventa el malditismo. Ahí sí
inventa, se pone a sí mismo o a su doppelganger, no acusa a nadie. El resultado
es más que jocoso. Y la hilaridad no es el único mérito del libro, pero es un
mérito destacable porque en un panorama donde la narrativa suele estar cargada
de historias tristes, graves, cruentas, se agradece el humor negro para enfrentar
la cruda realidad. No es risible que una poeta como Ximena Rivera haya
terminado sus días como terminó. Pero sí son risibles las estrategias
escriturales de Gaete, que van desde los juegos simples de palabras como la
idea de la “beca sí Rosie” -beca cirrosis-, hasta la propuesta alucinada de un
híbrido entre Rodrigo Lira y Mick Jagger, como en una noche boca arriba
cortazariana donde no se sabe quién sueña a quién.
¿Delirante? Delira, de Lira Rodrigo, claro. ¡El delirio! Un grito de guerra, un grito de euforia, un grito de júbilo. En el primer cuento del libro No le debo nada a Bolaño y otros delirios, de Nicolás Cruz Valdivieso, hay un niño con síndrome de Down, llamado El Príncipe Mongol por su padre, que grita “el delirio!” cada vez que es sorprendido por un hallazgo que lo abstrae, cada vez que se queda pegado en algo, cada vez que se deja atrapar por una visión, o que se deja abducir por una concentración epifánica, cada vez que se inmiscuye del todo en lo que sea que esté haciendo. La belleza de este relato no vale la pena desenmascararla para quienes no hayan leído el libro. Es hermoso, solo digamos eso.
Entonces, entrados ya al libro de Nicolás Cruz, diré que hay una progresión, o al menos en mi experiencia de lectura pude identificar tres o cuatro estaciones de atmósferas distintas aunque ligadas entre sí. Los primeros 2 relatos, el ya aludido “Príncipe mongol”, así como el premiado “La pierna de Rimbaud”, son cuentos que evocan cierto surrealismo crudo, o el pánico monstruoso de un Roland Topor, que nos ambientan en una bohemia de genialidad creativa, drogas lacerantes y prostitutas dignas de Toulouse-Lautrec. En seguida, los siguientes 2 relatos comparten sábanas de meretrices acercándonos más bien a una atmósfera que me hace pensar en Fante (“Flores del Riachuelo”), o en un sádico y pervertido híbrido de Chinasky y Palahniuk (“Los aprendices de chacal”). Sin dejar de lado el tono sexual, los 3 siguientes cuentos van de lo explícito a lo sugestivo acercándose cada vez más a una perspectiva carveriana sobre la soledad sexo-afectiva de estos arquetípicos individuos, funcionando como bisagra el simbólico cuento “Cuestión de principios”, en que un escritor y un editor discuten en torno justamente a la diferencia entre erotismo y pornografía, presentando 3 ejemplos caricaturescos de escritura. Los últimos integrantes del volumen, los últimos delirios, son piezas de preciosura similar a las 2 primeras, amén de los premios con que han sido reconocidos: “El tango más amargo” (premio municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral 2006) es una emotiva construcción del supuesto testimonio de un amigo íntimo de Gardel, que recuerda tanto la noche en que perdieron la virginidad en un prostíbulo marginal gracias a una meretriz –la Polaca-, así como el último encuentro entre ambos amigos, antes de que el Zorzal Criollo partiera a la que sería su gira final, demostrando el profundo conocimiento del mundo e historia del tango, o cuando menos la seria investigación con que acometió el asunto; y finalmente el cuento que da título al conjunto, y que funciona como perfecto corolario o síntesis de las diversas atmósferas que le han precedido, haciendo nítido lo que se ha insinuado, en forma y fondo: “No le debo nada a Bolaño” (finalista del concurso de cuentos Revista Paula 2008) es un texto obviamente metaliterario, en donde un aprendiz de escritor establece con el agonizante autor de Los detectives Salvajes una relación epistolar que lo orienta amablemente pero que no evita que el protagonista narrador asuma su fracaso cometiendo un suicidio simbólico que pretende la donación de su hígado al maestro como único aporte a la literatura, tentativa en la que como es evidente, también fracasa.
Entendemos así finalmente, que el denominar delirios a los cuentos es una forma de hacer legible lo que los reúne y hermana, como he dicho en forma y fondo. La progresión que he apuntado tiene su clímax final en esa pieza en la que lo metaliterario se desnuda por fin, luego de haberse insinuado a través de la referencia a Rimbaud, y de haberse hecho incluso explícita en el también aludido “Cuestión de principios”. La sexualidad, en sus ribetes liminales, en sus más complejos bordes sicológicos, sociológicos, políticos, morales, filosóficos, están presentes en la sugestión del cuerpo monstruoso o mutilado, del cuerpo animalizado o monetizado, así como la tensión homoerótica no asumida o la pulsión edípica sublimada, son todos rasgos que se materializan en cada relato de manera similar a la de una alucinación o a la de un sueño, como lapsus traicioneros donde aflora el subconsciente.
¿Es humor lo que hace que algún lector sonría ante algunas escenas de estos relatos? Me resulta difícil imaginarlo, aunque haya fraseos que provoquen quizá algo parecido, por ejemplo al señalar en términos masculinamente brutales y muy poco deconstruidos, a una “gorda albana” con “fuego líquido en la vagina”. A ese tipo de lector, que se puede sonrojar con estas salidas de madre que abundan en algunos relatos, en el fondo lo que le conmueve o hace reír, es una desvergüenza hermana de la rabia, como si interiormente dijera con voceo argentino algo así como “pero qué grandísimo hijo de puta!” Y reitero, lo que me sigue pareciendo hermoso, es la oculta cara de ternura que hay como contrapunto a esos clímax. La tristeza y soledad del anciano que paga por servicios homosexuales juveniles sin dejar de sentirse profundamente mancillado, sin dejar de saberse un paria, una escoria social, un representante y portador del peor de los vicios: no se nos muestra pero es claramente perceptible el doloroso asco que siente por sí mismo. Ese tipo de mecanismos internos, íntimos, son los que nutren las composiciones de los personajes y articulan los argumentos de este volumen de delirios. Y no digo más porque no quiero abundar en lo que otros ya han dicho, siendo un libro que también tiene ya una década de existencia y su autor un escritor tan vigente como reconocido (y que acaba de lanzar una nueva novela al circuito, "La patria cruda" por Editorial Kinberg).
Termino estas líneas dedicándole un agradecimiento a las casas editoriales de ambos títulos, Garceta ediciones en el caso del libro de Gaete, y Emergencia Narrativa en el caso de Cruz Valdivieso. Larga vida a esos proyectos, y amplias lecturas a estos libros.




