6/09/2026

Las islas, de Carlos Yushimito y Llamada perdida, de Gabriela Wiener

¿Cuánto sabrá de narrativa peruana el lector promedio chileno? Siendo mi sangre peruana por parte de padre y madre, he buscado siempre algo que amplíe mis horizontes y derribe mis prejuicios, pues siempre me pareció sospechosa la lamentable ausencia o al menos poca visibilidad de apellidos quechuas o de raíz indígena en las plumas peruanas. Ciertamente en todo canon es una clase blanca acomodada y masculina la que se visibiliza, aunque el conflicto racial, social o político asome en él. Y la peruana sigue siendo una sociedad casi de castas, es terrible. Pero ahí están los rostros de ese canon de consagrados, partiendo por el premio Nobel Mario Vargas Llosa, con una obra inmensa e indesmentible aunque como persona resulte deleznable, legando a la posteridad el gesto idiosincrático de levantar con resignación los hombros ante la pregunta por cuándo se jodió el Perú. El mayor poeta hispanoamericano a mi parecer, César Vallejo, tiene también una obra narrativa que vale la pena mencionar, aunque peque de excesiva carga ideológica. Pero lo consigno porque sigue siendo parte de este canon, y acaso comparta el escaño indigenista con los otros genios que hablaron por los que no tienen voz: Julio Ramón Ribeyro y sus gallinazos sin plumas, José María Arguedas y sus presos en el penal de El Sexto, Manuel Scorza y su invisible Garabombo, Ciro Alegría y su mundo ancho y ajeno. Al lado de todos ellos, el disruptivo Bryce Echeñique instaló con tanto desparpajo como mérito su humor de pequeño burgués expatriado, que siempre hallé “cocolegrandiano”. Sé que lo estoy reduciendo cruelmente, lo siento, pero aunque reí con sus Romañas y el mundo ya le rindió pleitesía, yo no lo pondría en una eventual oncena titular.

Con todo, a esta “primera línea” de consagrados, se me fueron sumando nombres con el paso de los años. Leí algo de Alonso Cueto, algo de Santiago Roncagliolo y ambos me siguen pareciendo exponentes de esa clase acomodada con pluma hábil e indesmentible gracia para asombrar y entretener con sus novelas en las que asoma siempre la cruenta realidad e historia política y social de su país, de la que sin embargo poco a poco se van distanciando. Mis horizontes se ampliaron más entrando ya al nuevo milenio, con la progresiva globalización, con los tráficos del mercado, y gracias a editoriales como Montacerdos, Das Kapital, Overol y Laurel, donde pude leer a Carmen Ollé, a Dany Salvatierra, Sergio Galarza, Claudia Ulloa Donoso, Cronwell Jara. El 2018 anduve por Lima unos días y gracias al generoso poeta y editor Víctor Ruiz Velazco, mi nómina creció y siguió creciendo también el definitivo derrotero de un nuevo rostro: ya no el Perú anclado en sus razas y raíces, en su sangriento pretérito y pasado reciente, sino un Perú replegado y diseminado, escrito desde un yo afuera. Como Bryce desde Madrid, Claudia Ulloa en Pajarito es desde Noruega la evocación y nostalgia de Lima. Los lugares ya no importan, son intercambiables, los lugares son las personas. Nada de eso impidió que me rindiera al talento de un norteamericano nacido en Perú que escribe en inglés poderosas escenas que ocurren en su tierra de origen, como Daniel Alarcón. Pero mejor voy al grano.


Entro en materia entonces partiendo con Las islas (Seix Barral, 2006), un libro de Carlos Yushimito que puede considerarse su obra debut pues antes sólo había publicado un relato (“El mago”, por ed. Sarita Cartonera, 2004), con una editorial de circulación marginal. Las islas es un libro de cuentos que transcurre íntegramente en un Brasil que es meramente literario, alegórico, y con esto quiero decir que Yushimito no ha necesitado vivir en Brasil para decidir ambientar sus relatos en un Sao Clemente tan ficticio como real, lo que perfectamente ha de interpretarse como una declaración de principios, un desde aquí. Y ese desde aquí flamea da lo mismo bajo qué bandera. Porque el margen de la delincuencia, el bajo fondo de prostitutas y traficantes, el sabor de la calle en las periferias, lo mismo puede ser en las favelas de Río de Janeiro que en los pueblos jóvenes de la costa limeña o en las villas miseria entrerrianas. Por eso he dado la vuelta preliminar que he dado. Si Vargas Llosa escribió un novelón como La guerra del fin del mundo, investigando y retratando la sangrienta historia del nordeste brasileño, ¿por qué llama la atención un gesto como el de Yushimito?

Huelga entonces decir que tanto el paisaje como los caracteres de los personajes y los hechos relatados, me han hecho pensar en una posible tradición latinoamericana, pues me evocaron de distintas maneras a autores como García Márquez o al propio Vargas Llosa, y ciertamente algo de Guimarães Rosa. Por ejemplo, ante un cuento como “Bossa nova para Chico Pires Duarte”, no pude evitar sentir resabios de La espera de Borges o de Diles que no me maten de Rulfo: el malandro que ha cometido el atrevimiento de meterse con la mujer de un pez gordo y que finalmente lo ha asesinado, sabe que vienen por él, no tiene refugio, la suya es una muerte anunciada.

Concedamos por otro lado que los referentes son siempre múltiples y podrían ciertamente exceder mi pretendido prisma territorial, de modo que ante el diálogo que sostienen arriba de un auto los sicarios Ciro y Wagner en el cuento “Tinta de pulpo”, bien podría un lector hallar un lejano eco ya no del cuento Detectives de Bolaño, sino del film Pulp fiction de Tarantino en la famosa escena con John Travolta y Samuel L. Jackson, o incluso del cuento Los asesinos de Hemingway.

Estas comparaciones o alusiones a grandes maestros de la literatura no es baladí, la pluma y  manejo de recursos de Yushimito lo han catapultado no en vano. Por ejemplo hay que saber jugar al puzzle para que entre un cuento y otro las conexiones tangenciales, los hechos y personajes que se repiten, no queden en la mera sospecha de una novela encubierta, sino que operen como la estrategia ya clásica de regalar al lector la entretenida tarea de armar un rompecabezas.

El texto final del libro, “Elogio de la miopía. A manera de epílogo, once años después”, corrobora mi perspectiva de lectura. Su lugar de enunciación, su posicionamiento, su desde dónde escribo, no sólo es evidente al optar por un Brasil que todos más o menos nos podemos imaginar sin haber pisado sus calles. Dice Yushimito: “Toda experiencia migrante es una experiencia de lenguaje. Llegar a una nueva comunidad es, por lo común, algo parecido a forzarse a mirar una tabla optométrica, lo cual se parece más o menos, a conquistar nuevamente una forma de leer.  (…) El lenguaje del migrante se le parece mucho a la mirada de ese miope. Tal vez por eso a los pocos años de vivir en el extranjero, una de las primeras cosas que se percibe es el modo distinto con que se mira la realidad.” Ahora, aunque parezca innecesario, aclararé que mi intención dista de querer acusar una deslocalización de sesgo negativo, una pertenencia explícita al mundo entero como patria no puede considerarse algo que vaya en detrimento de la historia local, de la tradición autóctona o de la memoria vernácula, algo así puede resultar ocioso. Si regreso al asunto de los apellidos, ya la ascendencia nipona del autor podría bastar, sería decidora como un prejuicio. Por lo demás, la realidad peruana es desde hace demasiado tiempo una mixtura étnica tan compleja y evidente como su reputada cocina. Nutrida de todas partes, hija de todos los continentes, nuestra América Latina tiene maoísmos y germanofilias surcando hace siglos sus manglares. Y con esto voy a pasar a la siguiente obra que me convoca, Llamada perdida, de Gabriela Wiener, escritora peruana feminista, lo que en un país machista hasta el delirio como Perú es prácticamente sinónimo de satánica o cuando menos de pervertida.

El que se va de verdad no necesita mapas, ni guías turísticas, no le interesa sin en su destino hay monumentos maravillosos. Las cosas que ignora son su principal ventaja. Lo más importante, además, el mirante ya lo sabe: que hará lo que sea para irse, no importa si tiene que borrarse del mapa. Posee todo el tiempo del mundo para descubrir si llegó o no al lugar adecuado, y que el lugar sea adecuado dependerá en última instancia de sí mismo. Para el viajero el pasaporte es como la piel, cada viaje es una marca, una herida, una arruga, una historia que contar. Dime cuánto has viajado y te diré cuánto sabes, apuntan los filósofos del viaje. Para el migrante, en cambio, el pasaporte es eso que mira la policía sin una pizca de simpatía. Los migrantes pasamos cada día delante de la Sagrada Familia o la Torre Eiffel sin emoción.


He ahí otro desde dónde escribo, el de Gabriela Wiener, que me parece magistral. Es un lugar compartido, universal, el lugar del yo femenino. No quiero sonar ofensivo, todo lo contrario, pero siento que a ratos la escritura de Gabriela Wiener podría ser igualmente la de una autora contemporánea mexicana o colombiana o argentina, el desenfado la hermana con autoras como Margarita García Robayo, Cecilia Pavón o Valeria Luiselli. Un desenfado que es casi equivalente a ser feminista, porque hablar sin tapujos no es de señoritas. No sé si el lector promedio chileno pueda entender el nivel de escándalo que representa para una sociedad como la peruana, que una mujer ande por el mundo con un hijo a la rastra escribiendo sin pudor sobre las estrías de sus tetas o sobre sus tríos amorosos. Lo digo así porque es con ese grado de violencia con que en Perú se recibe socialmente su propuesta, su desde dónde escribo. Considero en ese sentido que Gabriela Wiener tiene mucho más cojones que el insoportable y sobrevalorado Jaime Baily, en quien no gastaré más saliva.

Una detective salvaje tras la pista no de Cesárea Tinajero sino de Bolaño mismo, eso es lo que es Gabriela Wiener, y lo dice a mucha honra. Una infrarrealista, una militante del horazerismo peruano. No, mentira, exagero. Pero no tanto, el vanguardismo de Gabriela Wiener es palmario en este feminista desparpajo que la lleva a escribir en revistas para hombres como quien se infiltra en el territorio enemigo, como quien decide combatirlo desde adentro. “Íbamos a matarlos a todos, íbamos a crear algo nuevo. Nada iba a satisfacernos nunca, nada nos haría callar (…) Eras un sol ardiendo a los 20 años. Un cristal de roca a los 30. Un espejismo a los 40 (…) Somos gente de calle. De naturaleza ambulante. Porque hemos venido de lejos. Somos hijos, nietos, de gente extraña, pobre, incómoda, aventurera. Vivir para nosotros es radicalizar ese legado. Salimos del caos para recrear el caos. Ahí reside nuestra vitalidad, lo que nos hace indomables.(…) Nos vamos. Y a veces hasta volvemos. ” Hay más paisajes españoles que peruanos en sus líneas, hay más cosmopolitismo que indianidad. Y eso, que no es un hecho sino un proceso, es lo que se testimonia, insisto magistralmente.

Las crónicas de Llamada perdida son eso, testimonios de una misma experiencia, la de una ciudadana del mundo que anda con su patria a cuestas para descubrir que la piel morena tiene una amplia gama de matices mucho mayor de la sospechada en su casa de origen, y que quienes en un lugar se sienten blancos, son morenos en el otro hemisferio. Como los peruanos de Bryce. Pero hay sin duda un contexto temporal particular, un momento específico, con peculiaridades que integran la bitácora eterna del descalabro occidental. Gabriel Wiener se instala en España para ver llegar la crisis de los años 2010-2011, cuando miles de sudacas se regresaron a su terruño en vista del mal momento económico que le recordó a la corona hispana que en el exclusivo Primer Mundo europeo, no es ni Alemania ni Francia ni Inglaterra, ni mucho menos Holanda, Dinamarca o Suecia.

Sólo por divertimento, se me ocurre entrever una familiaridad entre algunos libros a partir de su título, e inmediatamente esta Llamada perdida de Gabriela Wiener, se hermana con los cuentos de Bolaño en Llamadas telefónicas, y en una relación de prima con los cuentos de Número equivocado de Katy Lincopil, y hasta en una de sobrina con la novela Cobro revertido de José Leandro Urbina. Con Bolaño podríamos validar la cercanía a partir de la españolidad rápidamente asumida de sus autores, palmaria en las páginas de ambos libros. En cambio con los relatos de Lincopil, Wiener sólo compartiría la perspectiva de género, ese desenfado que es propio de las escrituras de mujeres contemporáneas que hablan desde el cuerpo. Finalmente, con Urbina, cuya novela pertenece igual que su autor al siglo pasado y al mundo pre-internet, comparte una mirada de exiliada/exiliado tercermundista que vive deslumbrado y con suspicacia la civilidad del primer mundo, aunque por razones políticas y en circunstancias muy distintas, sin dejar de sentirse a la deriva. Pero todo esto puede ser más bien antojadizo, un poco forzado.

Me sigo poniendo al día con la literatura de mis ancestros, y agradezco infinitamente el encuentro con estos libros de Yushimito y de Wiener, quienes además me entero tienen hoy alguna cercanía existencial, laboral o editorial con Chile, de modo que espero seguir leyendo los frutos de su trabajo. Sé que mi personal conocimiento de la narrativa peruana tiene aún inmensos lagos y lagunas, una enorme lista de autores y autoras que desconozco y aún no he leído. Me penan nombres como Oswaldo Reynoso, Enrique Congrains o Abraham Valdelomar, de quienes no he visto nunca un libro. Me esperan por lo pronto ahí en el mismo velador de libros por comentar, uno de Karina Pacheco, otros de los mencionados Salvatierra y Galarza, otro de Augusto Higa Oshiro. Ya los comentaré, porque espero por cierto no salir defraudado. Cooming soon.

5/18/2026

Lóbulo de Eugenia Prado y Sara de Maivo Suárez

La relación madre-hija, expuesta en su espejeo mutuo como un enfrentamiento por la autonomía, entre dos mujeres que no bregan ya por un cuarto sino por un cuerpo propio, haciendo carne la urgencia por reconceptualizar la maternidad –sustantivo devenido en el verbo maternar- desde la necesidad de desarticular el mandato de engendrar vida como lo inherente al sujeto femenino; es el prisma con el que pretendo comentar estos dos libros que ya fueron ampliamente reseñados y elogiados por la crítica en sus respectivos momentos: Lóbulo, de Eugenia Prado, una novela de 1998 que fue abordada principalmente por la crítica académica, y Sara, la premiada novela de Maivo Suárez que cosechó un cerrado aplauso en su auspicioso debut el 2019.

Separadas por dos décadas, estas novelas dan cuenta de una reflexión multidireccional en torno al cuerpo y a la experiencia filial femenina, una experiencia que podríamos arrojar a la tabla de disección como una secuencia aséptica “ser mujer - parir - criar a otra mujer”, compleja, diversa, de implicancias individuales y subjetivas antes que sólo sociales como lo fue durante siglos bajo el imperativo patriarcal de la crianza-deber de la madre abnegada. Madres e hijas en un país de huachos, de padres ausentes, abusadores alcohólicos, y “papitos corazón” que aspiran a sentarse en La Moneda. Un país también donde el feminismo es ejemplo de lucha y vanguardia mundial.


Comienzo por la novela más actual, más cercana acaso por eso. Sara es una mujer que enfrenta la jubilación en solitaria pobreza, luego de que su hija abandona por fin el nido. Tiene un padre agonizando, tiene a su mejor amiga ex compañera de trabajo, tiene una radiante vecina nueva, tiene un exmarido que es un tenue recuerdo inane y tiene lo que acá nos convoca, una hija –Estela- que es enfermera, está a punto de llegar a los 40, es lesbiana, y desde la adolescencia se abandona a un sobrepeso que roza la obesidad, al menos a ojos de su madre. Sabemos, por las escenas y diálogos entre ambas, que la relación ha sido siempre tensa, llena de gritos y peleas, de recriminaciones mutuas e incomprensión. Un dolor ciego al que ambas le hacen el quite. No hay reconciliación tras cada reyerta, se dejan de hablar, el tiempo pasa y se vuelven a dirigir la palabra sólo tras un evento global y trágico del porte de un terremoto, como una formalidad obligada. Ese silencio artero delata el punto clave que a mi parecer explica lo fundamental de la psiquis de Sara, a pesar de que su historia, retrato y situación, exceda aparentemente el mero hecho de ser madre de Estela.

Sara no cree haber sido tan mala madre como para tener una tan mala hija. Pero poco hay que nos indique lo contrario. Sus actos fallidos la van condenando al punto de llevarla, desacierto tras desacierto, a un inminente final. Errores humanos, de personas comunes y corrientes que arrastran heridas de distinto calado, como lo somos todas y todos. Sara no ha sido feliz quizás nunca. No hay recuerdos que nos permitan inferir algo en ese sentido. Sus fugaces alegrías ceden siempre paso a una resaca amarga y feroz, como estados de embriaguez pasajeros. Por otro lado, ¿es realmente una mala hija Estela? Aquí yo confieso que mi acercamiento se ve dificultado por el hecho de ser hombre, y sólo puedo ver este clásico conflicto entre madres e hijas desde lo que he leído, desde la literatura, desde las diversas casas de Bernarda Alba que han caracterizado el tópico. Madres e hijas que se distancian y desautorizan, que compiten o se castigan con la indiferencia. A esa luz, ni Estela parece particularmente “tan”  mala hija, ni Sara “tan” mala madre. Y aunque Sara la verbalice como tal, esta preocupación no asoma sino como un rasgo sicológico profundo suyo, dibujándola como la errática persona que se abandona a ser, sin saber cómo contrarrestar esa suerte de destino infeliz prefigurado, de profecía autocumplida. Descariño por sí misma, descariño por su propia hija, descariño por la vida a fin de cuentas.

El yo postergado, ese es el tema entonces, y no solo para Sara sino para toda mujer. Sara no ha vivido su vida, y acaso ese sea un problema inherente a la maternidad, que es una condición de postergación, sino definitiva, al menos transitoria. Y darse cuenta de ello no la conduce a una decisión que repare el hecho, porque teniendo por fin la oportunidad, aunque sea ya vieja, de comenzar a vivir una vida propia, sobrevienen el pasmo y la pusilanimidad. Experimenta entonces accesos torpes y desangelados de malentendida libertad, intentando actos que la emocionan vacuamente como despilfarrar el dinero que no tiene, o que la devuelven a la adrenalina desde la turbia tristeza del sinsentido, cometiendo una tropelía vagamente excitante contra la vecina por la que siente envidia, de la que quiso ser amiga pero se sintió humillada por su indiferencia, en un desquite más bien perverso, un delito menor que decide echar al olvido para no padecer remordimientos, y que por suerte queda sin ser descubierto. Como un adolescente que descubre lo que es sentirse vivo por el temblor del alma a que su falta le precipita. La libertad confundida con una irresponsabilidad -ingenua y no tan ingenua a la vez- que le traerá finalmente consecuencias.

La crítica ha elogiado la construcción de Sara como un personaje valioso o interesante, un personaje secundario traído al frente. Maivo Suarez alumbra lo poco visto, lo olvidado, lo pasado por alto. Sara como un retrato de muchas mujeres que no han tenido nunca nombre ni rostro, que muestra la precariedad de las señoras de tercera edad que se quedan solas, precariedad antes que nada financiera, pero inmediatamente y por ende, social y yo insisto socio-afectiva. Sin redes, sobrevivir en la pobreza, sin una razón, sin una motivación o una pasión, puede llegar a ser más que difícil, un esfuerzo sin sentido. Sara se degrada, se convierte en una –perdón por la expresión- vieja de mierda, pendiente de sus vecinas, de aparentar, de esconder o disimular su penuria mintiéndose a sí misma. Mérito y aplauso para Maivo Suárez por esa sorora valentía.

Ahora insisto, para mí es la relación con su hija Estela la que revela la herida clave de su psiquis, de su situación y condición. Y es un tipo de relación que parece sumamente común, verosímil. Mamás que levantan un muro entre sí mismas y sus hijas, que no aceptan o de plano condenan las decisiones de éstas. Hijas que reproducen ese trato, que luego tampoco bajan la guardia ni menos perdonan a sus progenitoras. Un doloroso estilo de maternidad, la cruda realidad de un extendido modo chileno de maternar. Acaso no quede otra que plantearlo como eternos puerperios fatigosos, como depresiones post-parto no tratadas o mal llevadas, que se extienden por inercia y terminan como dice Joan Manuel Serrat “transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”.

Ahora voy a Lóbulo, de Eugenia Prado. La narrativa de Eugenia es parte de una tradición cuya máxima exponente es Diamela Eltit. Un estilo político posicionado, situado, que es discurso feminista siempre, que traduce el desmontaje del canon patriarcal en desmontaje de las estructuras literarias convencionales, es una literatura difícil, subvertida y subversiva, conflictuada y conflictiva, que exige varias relecturas. Una mirada ortodoxa y equivocada verá saltos de coherencia, errores de concordancia, la destrucción de toda posibilidad de linealidad, tiempos verbales que se traicionan, superposición de hablantes, confusión constante de los planos diegéticos, hermetismo y verborrea atmosférica. El título mismo de la novela parece una clave poética. Literatura chúcara, de ardua lectura y sin embargo atrapante estrategia, de gratificante resultado.

En Lóbulo hay una mujer joven, Sofía, atrapada en su habitación, encerrada voluntariamente y sometida al acoso telefónico de un desconocido. Acoso que se torna torva seducción. Pero cabe además la posibilidad de que estemos ante un juego de apariencias, y acaso todo no sea más que imaginario, queda siempre abierta la puerta, quizás todo ocurra solo en la mente de Sofía, y no haya en realidad llamadas ni desconocido, sino solo delirios e insomnio. Es una novela altamente psíquica, que transcurre en esa especie de síndrome de Estocolmo, que exhibe el tormentoso deseo sexual de una mujer inestable afectivamente, rea de una madre opresiva y casi monstruosa, aliada con el enemigo, que lo único que anhela es que su hija se vaya, pero que la juzga y castiga cuando efectivamente la hija sale a la calle. Que la traiciona.

Hay una atmósfera opresiva que es por un lado fruto del psicologismo de la historia, el lector es llevado por un hablante femenino frustrado en tanto ser humano, un yo mujer mutilada o indefinida, habitada por otras entidades o identidades, híbrido que la crítica denomina de plano ciborg por el componente tecnológico –el teléfono- desde el que se manifiesta esa multiplicidad, mezcla de una mente con muchas cabezas y de un cuerpo hablante donde se confunden la voz omnisciente de una autora y la de Sofía en sus múltiples desdoblamientos; y por otro, fruto del contexto exterior descrito a ramalazos, que nos lleva al Chile de la alegría que no llegó, del éxtasis clandestino en el Galpón de Matucana 19, del grito contenido en los muros de la bohemia noventera, el Chile jaguar de la Concertación retratado por aquél mítico Faúndez, un comercial en donde el gásfiter contestaba su celular en el ascensor y era metáfora del éxito al que el pueblo podría acceder democráticamente. Ese fraude, ese fiasco, ese fracaso. Ansiedad y miedo entonces, dentro y fuera del papel, frustración por doquier.

Por supuesto, también estamos ante una novela que no desatiende el acto mismo de la escritura, es un proceso y se escribe ante nuestros ojos, esa pared es la primera que se cae, no solo cuando la autora y el personaje hablan al lector, lo invitan o le previenen, sino también cuando la propia Sofía se refugia en la escritura haciendo transitar el acoso de las palabras oídas por teléfono a la angustia ante la página en blanco y el garabato. De escuchar al desconocido a escribirlo, hay un solo paso. Un desconocido que conoce todo de ella, recordémoslo. El inicial acosador incorpóreo, toma forma o cede lugar a un personaje utilitario, un exnovio o amigo, un hombre por fin que oficiará de dador de esperma para la cópula tanto con la hija como con la madre. De nuevo: juego de apariencias, acaso autora y personaje no hayan dejado nunca de hablar de lo mismo, confundidas entre sí. Así, Sofía alcanza el punto de fusión con su propia madre viviendo un embarazo de palabras, como si se gestara una hijo-serpiente-libro en su vientre. 

La figura de la madre una vez más nos hace pensar en el dominio del cuerpo, un territorio en disputa, en la culpa por sentir rabia ante esa invasora de entrañas que es la hija, usurpadora definitiva de la autonomía que tendrá siempre la posibilidad de perpetuar ese conflicto, reproduciéndose en otro cuerpo al que legar como un karma la condición femenina. Es en ese cuerpo campo de batalla donde caen las bombas y estallan los proyectiles del mundo y contexto, la humanidad y su ensalada de viril cambalache, de biblia y calefón, de maldad y porquería ya lo sé. El cuerpo y sujeto femenino, la mujer madre e hija, como un pandemónium doloroso. Por eso, y porque este tipo de literatura feminista tiene sin duda anclaje en teorías críticas de sesuda envergadura académica, en la oportuna recepción de esta novela así como en la de otras obras de Eugenia Prado se ha hablado de plano de una escritura que pone en juego identidades poshumanas o que trasunta una asfixia metafórica de la oralidad, por ejemplo. Lo extratextual es textual. No hay fin, todo continúa siempre, es un work in progress.

Al poner juntos los dos libros en mi velador, el primer distingo es evidente. Si en Sara el personaje desde el que se dispara es la madre, en Lóbulo es la hija. Y sin embargo a mi parecer, las perspectivas confluyen. Distintos momentos del acontecer, distintos mundos en los que se plantea la historia, pero un mismo leit motiv. Tuve inicialmente la tentación de traer un tercer libro a colación, “Contra los hijos” de Lina Meruane. Pero desistí porque ese es ya un ensayo y no una novela, y los alcances son bien distintos. De cualquier manera hay ahí justamente un punto de encuentro que es más que un punto. El derecho a la libertad plena de ser mujer, con toda la vasta extensión que esa palabra tiene y aún debiera tener, mucho más allá del mero rol de madre o de hija. Lo reitero: del cuarto propio al cuerpo propio. Herederas en forma y fondo, de Simone de Beauvoir y de Virginia Wolf, por lo menos. Sobra decir que ambos, Lóbulo y Sara, son tremendos librazos, recomendables para lectoras y lectores que no se quedan en la apariencia y superficie de un relato, que saben que en una buena novela siempre hay capas, y capas debajo de esas capas.

4/21/2026

Las pieles, de Ramón Muñoz Vela y Cuando el ángel pase lista, de Eva Mallén Débia

Aunque me meta acá en harina de otro costal, partiré declarando a despecho de mi querida y respetada maestra de crítica literaria, que alega contra las prácticas mafiosas del campo literario donde reina el amiguismo; que los dos libros que comentaré me fueron regalados gentilmente por sus respectivos autor y autora, y que en consecuencia me permito sin asomo de pudor reivindicar el ejercicio de comentarista declarando mis vinculaciones personales como explicación de mis gustos y preferencias. Basta no escribir sobre los libros que a uno no le gustan. Y al escribir preferir destacar lo bueno sobre lo malo.

Han pasado más de 7 años desde que Ramón Muñoz Vela me regaló gentilmente su libro “Las pieles” para que yo lo comentara. Le prometí hacerlo y recién ahora cumplo. También Eva Mallén Débia me envió el PDF de su libro “Cuando el ángel pase lista” para leerlo y comentarlo hace al menos 5 años. Es decir que en ambos casos estoy cumpliendo promesas con flagrante retraso. Más vale tarde que nunca, supongo. Les pido encarecidas disculpas de todos modos a ambos, les estoy sinceramente agradecido por la confianza y el cariño del gesto. Vamos ahora al grano.


La crudeza de las escenas de “La pieles” (Ed. La Polla Literaria, 2019) puede a ratos rozar lo pornográfico o lo escatológico, pero no nos vamos a poner moralistas a estas alturas. Pobreza, huachos del Sename, prostitutas y traficantes, delincuentes y criminales, abusadores que siendo niños fueron abusados, corruptores de menores, una juventud entregada en cueros al mercado por el temprano deseo sexual, un festival de la degradación y la miseria, de almas percudidas, corruptas, desvencijadas. Un desfile actualizado de marginales sin el heroísmo de los bajos fondos de Nicomedes Guzmán o de Luis Cornejo, lejos del glamoroso barroco de Lemebel, y en un coa acaso hermano de sangre de las jaurías sarnosas de Gustavo Bernal (“El lenguaje de los vivos”). La representación del mundo del hampa, el comportamiento y carácter de los personajes que entran y salen de la cárcel como Pedro por su casa, es lo más destacable del libro. Las jerarquías, los códigos, la ritualidad del choro, el horizonte existencial y la visión de mundo que desarrollan quienes integran la realidad más dura, son elementos que parecen muy bien logradas, o de eso nos logra convencer el autor, hasta cierto punto. Porque confiado en ese manejo, Muñoz Vela aborda incluso el relato en primera persona de un asesinato, y ahí sacrifica un poco su habilidad, cuesta que logremos creer en esa confesión sin mayores rasgos psicológicos, de suerte que “Finadito” es quizá el punto más bajo del conjunto.

El cuento final, que da título al volumen “Las pieles”, narra la angustia de un paria, un hombre que siendo joven cruza el umbral de víctima a victimario en el contexto de 1830, en un Chile de españoles e indios yanaconas, de criollos mestizos y peones miserables, donde el resentimiento, la violencia y el alcoholismo se naturaliza desde la infancia. Viviendo en eterna fuga desde entonces, se presenta como un eterno fantasma social. Hasta ahí está perfecto. Su habla es cruda, dolorosa, alcanza a perturbar. Pero si se ha leído el libro en orden de la página 1 a la 100, éste, al ser el último relato, ya no sorprende; el artilugio de ambientarla en ese tiempo y espacio recurriendo además a la estrategia del metatexto, al utilizar una cita final explicativa que sólo justifica el título del cuento y del libro a partir del dato de la actividad como traficante de pieles del personaje, un presunto dato de historicidad real que sabemos no es tal; falla en tanto estrategia y artilugio, denotando el esfuerzo del autor y acusando el cansancio de sus recursos. Ahora, dicho esto, piense que si usted lee en desorden el libro, y comienza por el último cuento, que da título al conjunto, cambiará totalmente de opinión. Yo lamento haberlo leído al final del libro, y me felicito de haberlo dejado descansar y haberlo vuelto a leer sin la vecindad de sus predecesores. En realidad es un muy buen cuento, droguettiano en su presentación como arquetipo de paria y monstruo social, chacaldenahueltoresco.

Estamos pues ante un abanico veraz de aristas y tangentes, variaciones y atingentes matices del tema. Los pobres, los marginales, los parias. Hay un telón de fondo en varios relatos que nos sitúa en la dictadura y sus años inmediatamente posteriores, mostrando el Chile que resquebraja la imagen del país que supuestamente salió del subdesarrollo, siendo el más explícito el cuento de un arriero del sur que cruza la frontera robando ganado y ocasionalmente colabora con la huida de perseguidos por el régimen. Hay una atmósfera general de opresión y a la vez de frustración ante la promesa de alegría incumplida. Todos tienen lo que Roberto Arlt pedía: la fuerza de un cross a la mandíbula. Son textos que sangran, que palpitan. Yo con eso me quedo.

Del mismo modo, me quedo con la que considero mejor virtud de los cuentos de “Cuando el ángel pase lista” (Ediciones del Gato, 2021), de Eva Débia: el vital manejo de lo no dicho. Creo que Débia demuestra su oficio como autora desplegando una incuestionable destreza para hacer de lo sugerido una materia suculenta, cautivando al lector, atrapándolo desde el inicio. Y concedo que aunque las insinuaciones no son necesariamente sutiles, distan de ser explícitas. Eva asume riesgos sin temor y libra escollos sin problema, como por ejemplo hacer hablar a una mujer que ha nacido pegada a su hermano gemelo, y sin decir nunca la palabra siameses remata en un final sorprendente, veraz y emotivo. No nos dice que un personaje es gay, lesbiana o autista, pero está claro para cualquiera con dos dedos de frente, y a la luz de los hechos, ese silencio resulta seductor, opera como un potenciador, como energizante del vigor libidinal del texto: hace que el desenlace sorprenda, que el remate se sienta caliente, aunque luego visto en frío y a la vuelta de una segunda lectura, éste nos parezca hasta evidente o previsible.


Aunque sí hay textos en los que se dice todo, como abusos sexuales que no se insinúan, que están a la vista de principio a final, haciendo vomitar a una mujer cuando revisita el trauma no tratado, o haciendo llorar a otra cuando regresa al pueblo del que huyó para terapiarse por similar causa. No hay final sorpresivo posible, todo se reduce y consume en la misma escena. Una chica se prepara para participar en una performance colectiva frente a una comisaría, asiste a la convocatoria y el desenlace es ese inapelable “el violador eres tú” con que Las Tesis se hicieron famosas mundialmente el 2018. La chica lo dice apuntando con el dedo y el cuerpo entero a un oficial de carabineros. Y sentimos su mirada llorosa de rabia e impotencia, el temblor de su cuerpo en el acto de liberarse haciendo en público la acusación, su emoción de reconocerse o descubrirse protegida por el colectivo femenino. Nada de eso es así dicho, e insisto, ese es el mérito de Débia: dejar al lector la tarea de leer detrás de las palabras.

Algo meritorio hay pues en lo que leo de Eva Débia, que me retrotrae por un lado a la excelente narrativa de Sonia González Valdenegro y por otro a la igualmente reconocida propuesta de Maivo Suárez. Como para sentar un diálogo con otras escrituras contemporáneas en el contexto de notable producción literaria a cargo de mujeres. Son textos que ponen el cuerpo con inteligencia, que dan voz a experiencias variopintas, singulares, haciéndose cargo de la realidad que exponen, luciendo ángulos que se esfuerzan por no caer en lo hasta el cansancio visto. Y me permitiré un vuelo fallido al respecto. Un lector que peque de soberbio agudo, habituado a leer con rayos X y toga de doctorado en intelecto, dirá quizá que el libro peca de octubrista porque es muy obvio hacer hablar en un cuento a la estatua de Balmaceda que queda cerca de Plaza Italia en el Estallido Social, o que tozudamente reaparezca en algún otro relato, el Estallido como telón de fondo o visto por un indígena amazónico. Pero por suerte no creemos en ese tipo de superpoder fatuo. Habría que declarar proscrito a todo cuento que se trate de o contextualice en la pandemia por ejemplo. Absurdo. Como esas personas que alegan contra la última película chilena porque otra vez aparece por alguna esquina la dictadura. Vaya bodrio de crítica o de censura.

En cambio y para ir cerrando, no puedo dejar pasar esta casualidad. Que como toda casualidad, maravilla e increpa. En el cuento “La trizadura del espejo” de Eva Mallén Débia, el hablante es un hombre que sufre una maldición, un maldito, es el hijo de un arquetipo chileno masculino. Un patriota característico como el roto o el huacho. Un sujeto, paria, fantasma y monstruo social, como los de Ramón Muñoz Vela. Cito:

Mi vieja insiste en que soy igual a él; crecí escuchando que tomo el pucho como el weón, que me río como el weón, que me paro como el weón, que me meto en problemas como el weón y hasta que huelo como él. Me lo refregaba en la cara todos los putos días, como si fuera mi culpa el aroma de mi PH o mi propio tono de voz. Era como si tuviera que pedir perdón por parecerme tanto a alguien a quien ella conoció y yo no. Linda la weaíta. // Cuando me casé, no lo hice porque estuviera realmente enamorado (la volá romanticona no me la compré nunca), sino porque estaba consciente de que no quería parecerme al fantasma imaginario de mi viejo; carretero como fui, embaracé a la polola de turno y qué demonios, no la iba a dejar sola con el cabro chico porque ni ahí con andar repitiendo historias.

Estas palabras bien podrían estar en la boca del hablante de “Las pieles”. Sin embargo son del protagonista de “La trizadura del espejo”, que para más curiosidad o casualidad, termina con un crimen a manos de un hombre greñudo, parecido a los tipos del bar a los que les debía plata hace ya demasiado tiempo, abrió el ropero, y de un golpe silenció a la niña anciana que se había refugiado entre los abrigos de piel y el olor a naftalina. Quise frenar al Caco, el puto imbécil al que reconocí en medias tintas, pa explicarle que podía llevarse las pieles del ropero y que con eso quedábamos a mano, pero ya era tarde.

No es la única coincidencia. En Débia también hay como en Muñoz Vela, un cuento que lleva al lector directamente al pasado histórico lejano, colonial, de la mano de una representante de la etnia selknam. También en otros está la dictadura, su reguero eterno de víctimas directas e indirectas; y la estafa del retorno a una democracia pactada con los opresores y asesinos. Y también el cuento que da título al conjunto es el último, el que cierra el volumen. “Cuando el ángel pase lista” acaso sea el relato de remate o final menos arriesgado del libro, el más esperable. Aunque crudo en sus escenas, no tiene la fuerza ni el ingenio de “Gotas de agua” o de “Brillo a contraluz”. Por suerte los libros de cuentos no tienen por qué leerse en orden, algo que yo recomendaría en este caso para ambos libros, que digámoslo para que no quede sombra de dudas, son muy buenos libros. Dicho lo cual, agradezco una vez más tanto a Eva Débia como a Ramón Muñoz, su gentileza y paciencia, y su decisión de seguir escribiendo y publicando, enriqueciendo el panorama de la literatura contemporánea chilena.