Aunque me meta acá en harina de otro costal, partiré declarando a despecho de mi querida y respetada maestra de crítica literaria, que alega contra las prácticas mafiosas del campo literario donde reina el amiguismo; que los dos libros que comentaré me fueron regalados gentilmente por sus respectivos autor y autora, y que en consecuencia me permito sin asomo de pudor reivindicar el ejercicio de comentarista declarando mis vinculaciones personales como explicación de mis gustos y preferencias. Basta no escribir sobre los libros que a uno no le gustan. Y al escribir preferir destacar lo bueno sobre lo malo.
Han pasado más de 7 años desde que Ramón Muñoz Vela me regaló gentilmente su libro “Las pieles” para que yo lo comentara. Le prometí hacerlo y recién ahora cumplo. También Eva Mallén Débia me envió el PDF de su libro “Cuando el ángel pase lista” para leerlo y comentarlo hace al menos 5 años. Es decir que en ambos casos estoy cumpliendo promesas con flagrante retraso. Más vale tarde que nunca, supongo. Les pido encarecidas disculpas de todos modos a ambos, les estoy sinceramente agradecido por la confianza y el cariño del gesto. Vamos ahora al grano.
La crudeza de las escenas de “La pieles” (Ed. La Polla Literaria, 2019) puede a ratos rozar lo pornográfico o lo escatológico, pero no nos vamos a poner moralistas a estas alturas. Pobreza, huachos del Sename, prostitutas y traficantes, delincuentes y criminales, abusadores que siendo niños fueron abusados, corruptores de menores, una juventud entregada en cueros al mercado por el temprano deseo sexual, un festival de la degradación y la miseria, de almas percudidas, corruptas, desvencijadas. Un desfile actualizado de marginales sin el heroísmo de los bajos fondos de Nicomedes Guzmán o de Luis Cornejo, lejos del glamoroso barroco de Lemebel, y en un coa acaso hermano de sangre de las jaurías sarnosas de Gustavo Bernal (“El lenguaje de los vivos”). La representación del mundo del hampa, el comportamiento y carácter de los personajes que entran y salen de la cárcel como Pedro por su casa, es lo más destacable del libro. Las jerarquías, los códigos, la ritualidad del choro, el horizonte existencial y la visión de mundo que desarrollan quienes integran la realidad más dura, son elementos que parecen muy bien logradas, o de eso nos logra convencer el autor, hasta cierto punto. Porque confiado en ese manejo, Muñoz Vela aborda incluso el relato en primera persona de un asesinato, y ahí sacrifica un poco su habilidad, cuesta que logremos creer en esa confesión sin mayores rasgos psicológicos, de suerte que “Finadito” es quizá el punto más bajo del conjunto.
El cuento final, que da título al volumen “Las pieles”, narra la angustia de un paria, un hombre que siendo joven cruza el umbral de víctima a victimario en el contexto de 1830, en un Chile de españoles e indios yanaconas, de criollos mestizos y peones miserables, donde el resentimiento, la violencia y el alcoholismo se naturaliza desde la infancia. Viviendo en eterna fuga desde entonces, se presenta como un eterno fantasma social. Hasta ahí está perfecto. Su habla es cruda, dolorosa, alcanza a perturbar. Pero si se ha leído el libro en orden de la página 1 a la 100, éste, al ser el último relato, ya no sorprende; el artilugio de ambientarla en ese tiempo y espacio recurriendo además a la estrategia del metatexto, al utilizar una cita final explicativa que sólo justifica el título del cuento y del libro a partir del dato de la actividad como traficante de pieles del personaje, un presunto dato de historicidad real que sabemos no es tal; falla en tanto estrategia y artilugio, denotando el esfuerzo del autor y acusando el cansancio de sus recursos. Ahora, dicho esto, piense que si usted lee en desorden el libro, y comienza por el último cuento, que da título al conjunto, cambiará totalmente de opinión. Yo lamento haberlo leído al final del libro, y me felicito de haberlo dejado descansar y haberlo vuelto a leer sin la vecindad de sus predecesores. En realidad es un muy buen cuento, droguettiano en su presentación como arquetipo de paria y monstruo social, chacaldenahueltoresco.
Estamos pues ante un abanico veraz de aristas y tangentes, variaciones y atingentes matices del tema. Los pobres, los marginales, los parias. Hay un telón de fondo en varios relatos que nos sitúa en la dictadura y sus años inmediatamente posteriores, mostrando el Chile que resquebraja la imagen del país que supuestamente salió del subdesarrollo, siendo el más explícito el cuento de un arriero del sur que cruza la frontera robando ganado y ocasionalmente colabora con la huida de perseguidos por el régimen. Hay una atmósfera general de opresión y a la vez de frustración ante la promesa de alegría incumplida. Todos tienen lo que Roberto Arlt pedía: la fuerza de un cross a la mandíbula. Son textos que sangran, que palpitan. Yo con eso me quedo.
Del mismo modo, me quedo con la que considero mejor virtud de los cuentos de “Cuando el ángel pase lista” (Ediciones del Gato, 2021), de Eva Débia: el vital manejo de lo no dicho. Creo que Débia demuestra su oficio como autora desplegando una incuestionable destreza para hacer de lo sugerido una materia suculenta, cautivando al lector, atrapándolo desde el inicio. Y concedo que aunque las insinuaciones no son necesariamente sutiles, distan de ser explícitas. Eva asume riesgos sin temor y libra escollos sin problema, como por ejemplo hacer hablar a una mujer que ha nacido pegada a su hermano gemelo, y sin decir nunca la palabra siameses remata en un final sorprendente, veraz y emotivo. No nos dice que un personaje es gay, lesbiana o autista, pero está claro para cualquiera con dos dedos de frente, y a la luz de los hechos, ese silencio resulta seductor, opera como un potenciador, como energizante del vigor libidinal del texto: hace que el desenlace sorprenda, que el remate se sienta caliente, aunque luego visto en frío y a la vuelta de una segunda lectura, éste nos parezca hasta evidente o previsible.
Aunque sí hay textos en los que se dice todo, como abusos sexuales que no se insinúan, que están a la vista de principio a final, haciendo vomitar a una mujer cuando revisita el trauma no tratado, o haciendo llorar a otra cuando regresa al pueblo del que huyó para terapiarse por similar causa. No hay final sorpresivo posible, todo se reduce y consume en la misma escena. Una chica se prepara para participar en una performance colectiva frente a una comisaría, asiste a la convocatoria y el desenlace es ese inapelable “el violador eres tú” con que Las Tesis se hicieron famosas mundialmente el 2018. La chica lo dice apuntando con el dedo y el cuerpo entero a un oficial de carabineros. Y sentimos su mirada llorosa de rabia e impotencia, el temblor de su cuerpo en el acto de liberarse haciendo en público la acusación, su emoción de reconocerse o descubrirse protegida por el colectivo femenino. Nada de eso es así dicho, e insisto, ese es el mérito de Débia: dejar al lector la tarea de leer detrás de las palabras.
Algo meritorio hay pues en lo que leo de Eva Débia, que me retrotrae por un lado a la excelente narrativa de Sonia González Valdenegro y por otro a la igualmente reconocida propuesta de Maivo Suárez. Como para sentar un diálogo con otras escrituras contemporáneas en el contexto de notable producción literaria a cargo de mujeres. Son textos que ponen el cuerpo con inteligencia, que dan voz a experiencias variopintas, singulares, haciéndose cargo de la realidad que exponen, luciendo ángulos que se esfuerzan por no caer en lo hasta el cansancio visto. Y me permitiré un vuelo fallido al respecto. Un lector que peque de soberbio agudo, habituado a leer con rayos X y toga de doctorado en intelecto, dirá quizá que el libro peca de octubrista porque es muy obvio hacer hablar en un cuento a la estatua de Balmaceda que queda cerca de Plaza Italia en el Estallido Social, o que tozudamente reaparezca en algún otro relato, el Estallido como telón de fondo o visto por un indígena amazónico. Pero por suerte no creemos en ese tipo de superpoder fatuo. Habría que declarar proscrito a todo cuento que se trate de o contextualice en la pandemia por ejemplo. Absurdo. Como esas personas que alegan contra la última película chilena porque otra vez aparece por alguna esquina la dictadura. Vaya bodrio de crítica o de censura.
En cambio y para ir cerrando, no puedo dejar pasar esta casualidad. Que como toda casualidad, maravilla e increpa. En el cuento “La trizadura del espejo” de Eva Mallén Débia, el hablante es un hombre que sufre una maldición, un maldito, es el hijo de un arquetipo chileno masculino. Un patriota característico como el roto o el huacho. Un sujeto, paria, fantasma y monstruo social, como los de Ramón Muñoz Vela. Cito:
Mi vieja insiste en que soy igual a él; crecí escuchando que tomo el pucho como el weón, que me río como el weón, que me paro como el weón, que me meto en problemas como el weón y hasta que huelo como él. Me lo refregaba en la cara todos los putos días, como si fuera mi culpa el aroma de mi PH o mi propio tono de voz. Era como si tuviera que pedir perdón por parecerme tanto a alguien a quien ella conoció y yo no. Linda la weaíta. // Cuando me casé, no lo hice porque estuviera realmente enamorado (la volá romanticona no me la compré nunca), sino porque estaba consciente de que no quería parecerme al fantasma imaginario de mi viejo; carretero como fui, embaracé a la polola de turno y qué demonios, no la iba a dejar sola con el cabro chico porque ni ahí con andar repitiendo historias.
Estas palabras bien podrían estar en la boca del hablante de “Las pieles”. Sin embargo son del protagonista de “La trizadura del espejo”, que para más curiosidad o casualidad, termina con un crimen a manos de un hombre greñudo, parecido a los tipos del bar a los que les debía plata hace ya demasiado tiempo, abrió el ropero, y de un golpe silenció a la niña anciana que se había refugiado entre los abrigos de piel y el olor a naftalina. Quise frenar al Caco, el puto imbécil al que reconocí en medias tintas, pa explicarle que podía llevarse las pieles del ropero y que con eso quedábamos a mano, pero ya era tarde.
No es la única coincidencia. En Débia también hay como en Muñoz Vela, un cuento que lleva al lector directamente al pasado histórico lejano, colonial, de la mano de una representante de la etnia selknam. También en otros está la dictadura, su reguero eterno de víctimas directas e indirectas; y la estafa del retorno a una democracia pactada con los opresores y asesinos. Y también el cuento que da título al conjunto es el último, el que cierra el volumen. “Cuando el ángel pase lista” acaso sea el relato de remate o final menos arriesgado del libro, el más esperable. Aunque crudo en sus escenas, no tiene la fuerza ni el ingenio de “Gotas de agua” o de “Brillo a contraluz”. Por suerte los libros de cuentos no tienen por qué leerse en orden, algo que yo recomendaría en este caso para ambos libros, que digámoslo para que no quede sombra de dudas, son muy buenos libros. Dicho lo cual, agradezco una vez más tanto a Eva Débia como a Ramón Muñoz, su gentileza y paciencia, y su decisión de seguir escribiendo y publicando, enriqueciendo el panorama de la literatura contemporánea chilena.


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