6/09/2026

Las islas, de Carlos Yushimito y Llamada perdida, de Gabriela Wiener

¿Cuánto sabrá de narrativa peruana el lector promedio chileno? Siendo mi sangre peruana por parte de padre y madre, he buscado siempre algo que amplíe mis horizontes y derribe mis prejuicios, pues siempre me pareció sospechosa la lamentable ausencia o al menos poca visibilidad de apellidos quechuas o de raíz indígena en las plumas peruanas. Ciertamente en todo canon es una clase blanca acomodada y masculina la que se visibiliza, aunque el conflicto racial, social o político asome en él. Y la peruana sigue siendo una sociedad casi de castas, es terrible. Pero ahí están los rostros de ese canon de consagrados, partiendo por el premio Nobel Mario Vargas Llosa, con una obra inmensa e indesmentible aunque como persona resulte deleznable, legando a la posteridad el gesto idiosincrático de levantar con resignación los hombros ante la pregunta por cuándo se jodió el Perú. El mayor poeta hispanoamericano a mi parecer, César Vallejo, tiene también una obra narrativa que vale la pena mencionar, aunque peque de excesiva carga ideológica. Pero lo consigno porque sigue siendo parte de este canon, y acaso comparta el escaño indigenista con los otros genios que hablaron por los que no tienen voz: Julio Ramón Ribeyro y sus gallinazos sin plumas, José María Arguedas y sus presos en el penal de El Sexto, Manuel Scorza y su invisible Garabombo, Ciro Alegría y su mundo ancho y ajeno. Al lado de todos ellos, el disruptivo Bryce Echeñique instaló con tanto desparpajo como mérito su humor de pequeño burgués expatriado, que siempre hallé “cocolegrandiano”. Sé que lo estoy reduciendo cruelmente, lo siento, pero aunque reí con sus Romañas y el mundo ya le rindió pleitesía, yo no lo pondría en una eventual oncena titular.

Con todo, a esta “primera línea” de consagrados, se me fueron sumando nombres con el paso de los años. Leí algo de Alonso Cueto, algo de Santiago Roncagliolo y ambos me siguen pareciendo exponentes de esa clase acomodada con pluma hábil e indesmentible gracia para asombrar y entretener con sus novelas en las que asoma siempre la cruenta realidad e historia política y social de su país, de la que sin embargo poco a poco se van distanciando. Mis horizontes se ampliaron más entrando ya al nuevo milenio, con la progresiva globalización, con los tráficos del mercado, y gracias a editoriales como Montacerdos, Das Kapital, Overol y Laurel, donde pude leer a Carmen Ollé, a Dany Salvatierra, Sergio Galarza, Claudia Ulloa Donoso, Cronwell Jara. El 2018 anduve por Lima unos días y gracias al generoso poeta y editor Víctor Ruiz Velazco, mi nómina creció y siguió creciendo también el definitivo derrotero de un nuevo rostro: ya no el Perú anclado en sus razas y raíces, en su sangriento pretérito y pasado reciente, sino un Perú replegado y diseminado, escrito desde un yo afuera. Como Bryce desde Madrid, Claudia Ulloa en Pajarito es desde Noruega la evocación y nostalgia de Lima. Los lugares ya no importan, son intercambiables, los lugares son las personas. Nada de eso impidió que me rindiera al talento de un norteamericano nacido en Perú que escribe en inglés poderosas escenas que ocurren en su tierra de origen, como Daniel Alarcón. Pero mejor voy al grano.


Entro en materia entonces partiendo con Las islas (Seix Barral, 2006), un libro de Carlos Yushimito que puede considerarse su obra debut pues antes sólo había publicado un relato (“El mago”, por ed. Sarita Cartonera, 2004), con una editorial de circulación marginal. Las islas es un libro de cuentos que transcurre íntegramente en un Brasil que es meramente literario, alegórico, y con esto quiero decir que Yushimito no ha necesitado vivir en Brasil para decidir ambientar sus relatos en un Sao Clemente tan ficticio como real, lo que perfectamente ha de interpretarse como una declaración de principios, un desde aquí. Y ese desde aquí flamea da lo mismo bajo qué bandera. Porque el margen de la delincuencia, el bajo fondo de prostitutas y traficantes, el sabor de la calle en las periferias, lo mismo puede ser en las favelas de Río de Janeiro que en los pueblos jóvenes de la costa limeña o en las villas miseria entrerrianas. Por eso he dado la vuelta preliminar que he dado. Si Vargas Llosa escribió un novelón como La guerra del fin del mundo, investigando y retratando la sangrienta historia del nordeste brasileño, ¿por qué llama la atención un gesto como el de Yushimito?

Huelga entonces decir que tanto el paisaje como los caracteres de los personajes y los hechos relatados, me han hecho pensar en una posible tradición latinoamericana, pues me evocaron de distintas maneras a autores como García Márquez o al propio Vargas Llosa, y ciertamente algo de Guimarães Rosa. Por ejemplo, ante un cuento como “Bossa nova para Chico Pires Duarte”, no pude evitar sentir resabios de La espera de Borges o de Diles que no me maten de Rulfo: el malandro que ha cometido el atrevimiento de meterse con la mujer de un pez gordo y que finalmente lo ha asesinado, sabe que vienen por él, no tiene refugio, la suya es una muerte anunciada.

Concedamos por otro lado que los referentes son siempre múltiples y podrían ciertamente exceder mi pretendido prisma territorial, de modo que ante el diálogo que sostienen arriba de un auto los sicarios Ciro y Wagner en el cuento “Tinta de pulpo”, bien podría un lector hallar un lejano eco ya no del cuento Detectives de Bolaño, sino del film Pulp fiction de Tarantino en la famosa escena con John Travolta y Samuel L. Jackson, o incluso del cuento Los asesinos de Hemingway.

Estas comparaciones o alusiones a grandes maestros de la literatura no es baladí, la pluma y  manejo de recursos de Yushimito lo han catapultado no en vano. Por ejemplo hay que saber jugar al puzzle para que entre un cuento y otro las conexiones tangenciales, los hechos y personajes que se repiten, no queden en la mera sospecha de una novela encubierta, sino que operen como la estrategia ya clásica de regalar al lector la entretenida tarea de armar un rompecabezas.

El texto final del libro, “Elogio de la miopía. A manera de epílogo, once años después”, corrobora mi perspectiva de lectura. Su lugar de enunciación, su posicionamiento, su desde dónde escribo, no sólo es evidente al optar por un Brasil que todos más o menos nos podemos imaginar sin haber pisado sus calles. Dice Yushimito: “Toda experiencia migrante es una experiencia de lenguaje. Llegar a una nueva comunidad es, por lo común, algo parecido a forzarse a mirar una tabla optométrica, lo cual se parece más o menos, a conquistar nuevamente una forma de leer.  (…) El lenguaje del migrante se le parece mucho a la mirada de ese miope. Tal vez por eso a los pocos años de vivir en el extranjero, una de las primeras cosas que se percibe es el modo distinto con que se mira la realidad.” Ahora, aunque parezca innecesario, aclararé que mi intención dista de querer acusar una deslocalización de sesgo negativo, una pertenencia explícita al mundo entero como patria no puede considerarse algo que vaya en detrimento de la historia local, de la tradición autóctona o de la memoria vernácula, algo así puede resultar ocioso. Si regreso al asunto de los apellidos, ya la ascendencia nipona del autor podría bastar, sería decidora como un prejuicio. Por lo demás, la realidad peruana es desde hace demasiado tiempo una mixtura étnica tan compleja y evidente como su reputada cocina. Nutrida de todas partes, hija de todos los continentes, nuestra América Latina tiene maoísmos y germanofilias surcando hace siglos sus manglares. Y con esto voy a pasar a la siguiente obra que me convoca, Llamada perdida, de Gabriela Wiener, escritora peruana feminista, lo que en un país machista hasta el delirio como Perú es prácticamente sinónimo de satánica o cuando menos de pervertida.

El que se va de verdad no necesita mapas, ni guías turísticas, no le interesa sin en su destino hay monumentos maravillosos. Las cosas que ignora son su principal ventaja. Lo más importante, además, el mirante ya lo sabe: que hará lo que sea para irse, no importa si tiene que borrarse del mapa. Posee todo el tiempo del mundo para descubrir si llegó o no al lugar adecuado, y que el lugar sea adecuado dependerá en última instancia de sí mismo. Para el viajero el pasaporte es como la piel, cada viaje es una marca, una herida, una arruga, una historia que contar. Dime cuánto has viajado y te diré cuánto sabes, apuntan los filósofos del viaje. Para el migrante, en cambio, el pasaporte es eso que mira la policía sin una pizca de simpatía. Los migrantes pasamos cada día delante de la Sagrada Familia o la Torre Eiffel sin emoción.


He ahí otro desde dónde escribo, el de Gabriela Wiener, que me parece magistral. Es un lugar compartido, universal, el lugar del yo femenino. No quiero sonar ofensivo, todo lo contrario, pero siento que a ratos la escritura de Gabriela Wiener podría ser igualmente la de una autora contemporánea mexicana o colombiana o argentina, el desenfado la hermana con autoras como Margarita García Robayo, Cecilia Pavón o Valeria Luiselli. Un desenfado que es casi equivalente a ser feminista, porque hablar sin tapujos no es de señoritas. No sé si el lector promedio chileno pueda entender el nivel de escándalo que representa para una sociedad como la peruana, que una mujer ande por el mundo con un hijo a la rastra escribiendo sin pudor sobre las estrías de sus tetas o sobre sus tríos amorosos. Lo digo así porque es con ese grado de violencia con que en Perú se recibe socialmente su propuesta, su desde dónde escribo. Considero en ese sentido que Gabriela Wiener tiene mucho más cojones que el insoportable y sobrevalorado Jaime Baily, en quien no gastaré más saliva.

Una detective salvaje tras la pista no de Cesárea Tinajero sino de Bolaño mismo, eso es lo que es Gabriela Wiener, y lo dice a mucha honra. Una infrarrealista, una militante del horazerismo peruano. No, mentira, exagero. Pero no tanto, el vanguardismo de Gabriela Wiener es palmario en este feminista desparpajo que la lleva a escribir en revistas para hombres como quien se infiltra en el territorio enemigo, como quien decide combatirlo desde adentro. “Íbamos a matarlos a todos, íbamos a crear algo nuevo. Nada iba a satisfacernos nunca, nada nos haría callar (…) Eras un sol ardiendo a los 20 años. Un cristal de roca a los 30. Un espejismo a los 40 (…) Somos gente de calle. De naturaleza ambulante. Porque hemos venido de lejos. Somos hijos, nietos, de gente extraña, pobre, incómoda, aventurera. Vivir para nosotros es radicalizar ese legado. Salimos del caos para recrear el caos. Ahí reside nuestra vitalidad, lo que nos hace indomables.(…) Nos vamos. Y a veces hasta volvemos. ” Hay más paisajes españoles que peruanos en sus líneas, hay más cosmopolitismo que indianidad. Y eso, que no es un hecho sino un proceso, es lo que se testimonia, insisto magistralmente.

Las crónicas de Llamada perdida son eso, testimonios de una misma experiencia, la de una ciudadana del mundo que anda con su patria a cuestas para descubrir que la piel morena tiene una amplia gama de matices mucho mayor de la sospechada en su casa de origen, y que quienes en un lugar se sienten blancos, son morenos en el otro hemisferio. Como los peruanos de Bryce. Pero hay sin duda un contexto temporal particular, un momento específico, con peculiaridades que integran la bitácora eterna del descalabro occidental. Gabriel Wiener se instala en España para ver llegar la crisis de los años 2010-2011, cuando miles de sudacas se regresaron a su terruño en vista del mal momento económico que le recordó a la corona hispana que en el exclusivo Primer Mundo europeo, no es ni Alemania ni Francia ni Inglaterra, ni mucho menos Holanda, Dinamarca o Suecia.

Sólo por divertimento, se me ocurre entrever una familiaridad entre algunos libros a partir de su título, e inmediatamente esta Llamada perdida de Gabriela Wiener, se hermana con los cuentos de Bolaño en Llamadas telefónicas, y en una relación de prima con los cuentos de Número equivocado de Katy Lincopil, y hasta en una de sobrina con la novela Cobro revertido de José Leandro Urbina. Con Bolaño podríamos validar la cercanía a partir de la españolidad rápidamente asumida de sus autores, palmaria en las páginas de ambos libros. En cambio con los relatos de Lincopil, Wiener sólo compartiría la perspectiva de género, ese desenfado que es propio de las escrituras de mujeres contemporáneas que hablan desde el cuerpo. Finalmente, con Urbina, cuya novela pertenece igual que su autor al siglo pasado y al mundo pre-internet, comparte una mirada de exiliada/exiliado tercermundista que vive deslumbrado y con suspicacia la civilidad del primer mundo, aunque por razones políticas y en circunstancias muy distintas, sin dejar de sentirse a la deriva. Pero todo esto puede ser más bien antojadizo, un poco forzado.

Me sigo poniendo al día con la literatura de mis ancestros, y agradezco infinitamente el encuentro con estos libros de Yushimito y de Wiener, quienes además me entero tienen hoy alguna cercanía existencial, laboral o editorial con Chile, de modo que espero seguir leyendo los frutos de su trabajo. Sé que mi personal conocimiento de la narrativa peruana tiene aún inmensos lagos y lagunas, una enorme lista de autores y autoras que desconozco y aún no he leído. Me penan nombres como Oswaldo Reynoso, Enrique Congrains o Abraham Valdelomar, de quienes no he visto nunca un libro. Me esperan por lo pronto ahí en el mismo velador de libros por comentar, uno de Karina Pacheco, otros de los mencionados Salvatierra y Galarza, otro de Augusto Higa Oshiro. Ya los comentaré, porque espero por cierto no salir defraudado. Cooming soon.