18 de julio de 2026

Sobre “Juana y la cibernética” de Elena Aldunate, y “Los juicios del dios Agrella” de Zsigmond Remenyik

Dos rescates del olvido

Elena Aldunate (1925-2005) fue una escritora que alcanzó a cosechar en vida algunos reconocimientos, haciéndose un lugar como referente del género futurista y de ciencia ficción. Sin embargo su nombre suele o solía quedar en las sombras cuando se hace un repaso a les exponentes locales de esta corriente narrativa, quedándose el recuento la mayoría de las veces en el emblemático Hugo Correa y su novela de culto “Los altísimos”. El hito recurrente que se menciona en esta materia es Marcelo Novoa y su editorial Puerto de Escape, de Valparaíso, sello especializado en ciencia ficción. En Concepción, Alexis Figueroa ha hecho lo propio, incorporando elementos visuales que hacen que el catálogo de Libros de Nébula, ofrezca una interesante mezcla de narrativa gráfica y ciencia ficción, fantasía, horror y géneros mal llamados “menores”. Porque efectivamente hay cierto sesgo hacia este tipo de narrativa. Aún cuando en los últimos años ha habido fenómenos de ventas como las ucronías de Francisco Ortega o de Jorge Baradit.


Lo cierto es que quien se dio a la tarea de rescatar a Elena Aldunate del olvido, fue Macarena Cortés de Imbunche Ediciones, publicando el 2016 la novela “Del cosmos las quieren vírgenes” y la selección de cuentos “Juana y la cibernética”, haciendo justicia y poniéndola en circulación para disfrute del más amplio público lector. Porque es evidente que el desconocimiento general de esta autora refrenda lo que denuncia la consigna feminista “la literatura chilena es un antro de machitos”. Y es que la narrativa de Elena Aldunate no es sólo ciencia ficción. Es también una escritura feminista: todos los cuentos de “Juana y la cibernética” son protagonizados por mujeres, y en ellos siempre se distingue o enfatiza un sentir y un pensar femenino, se busca conectar con el lector o la lectora desde una corporalidad manifiestamente femenina en su escritura:

No es que ella tenga nada contra el sexo; por el contrario, desde muy niña, cuando sólo la teoría y el misterio llenábanla de curiosidad, había imaginado, para comprobarlo después, que el entregarse a otro ser en forma tan íntima, tan vital, debía ser ritual mágico e integración mutua y definitiva, confirmado por una telepatía profunda y visceral. Nada de eso le ha sucedido. Su experiencia se nutre de tantos y prematuros juegos, de frustración y tiranía.

El cuento que da título al compendio, “Juana y la cibernética”, nos propone con una poesía radical en su gesto cyborg, una entrega carnal de la protagonista a la máquina, un imposible coito a bordo de émbolos de fierro calientes y aceitados. Feroz en el delirio, deviene la muerte. Sin embargo hay algo muy cuidadoso en las imágenes sexuales, que no llegan nunca a ser groseras, más bien acaso muy tímidamente eróticas. En otros relatos más bien la imaginación se desborda muy poco pero hacia otro lado, sin apartarse tanto del relato fiel a la realidad, como sucede en “El niño”, cuento donde la madre lleva a su hijo al psiquiatra angustiada porque el niño hace inexplicables rabietas y la tiene vuelta loca, porque tiene poderes especiales y diabólicos casi, los que finalmente constata el médico a la siguiente sesión cuando enfrentando al infante, éste logra desaparecer.

Pero entre estos dos que podrían ser dos extremos del compendio, hay un abanico interesante donde se van haciendo reconocibles influencias o que nos remiten o evocan algunas tradiciones o propuestas. Algunos textos por ejemplo son escenas casi inmóviles, como pinturas o imágenes que recuerdan el Ray Bradbury de las “Crónicas marcianas”, lo mismo que al canónico Isaac Asimov, por ejemplo en cuentos como “El ingenio”, “Ela y los terrícolas” o “El mecano verde”, donde el tema que gatilla el argumento es el encuentro con los seres y las atmósferas extraterrestres, y en los que la descripción y diégesis avanza a un ritmo vegetal, sin fuerza de gravedad, volcando los sentidos a la sensorialidad muy femeninamente. Algo similar se logra en el cuento “Golo”, donde se nos presenta a este ente, ser único y solitario, protagonista misterioso que acaricia y brinda agua al perro que los humanos han enviado a la luna. Por ese mismo derrotero, se asoma el Ítalo Calvino de “Las cosmicómicas”, en estas estrategias que como giros improvisados de perspectiva intentan una voz narradora no humana ni omnisciente siquiera, sino como de una inteligencia casi animal, registro que alcanza su máxima expresión en “Angélica y el delfín”, cuento en que se indaga en la milenaria relación con la inteligencia de los cetáceos, subrepticios sospechosos de ser acaso los míticos sobrevivientes de una Atlántida pretérita.

Sin embargo los dos mejores relatos a mi parecer, por lo que condensan estilísticamente, por la síntesis de referencias, por la intensa amalgama que logran, combinando el discurso feminista o la perspectiva de género en múltiples dimensiones, y a la vez demostrando la versatilidad y habilidad de su autora para explotar los recursos de la imaginación, son los cuentos titulados “La bella durmiente” y “Diez centímetros de sol”. En el primero los científicos del futuro, seres que no nos queda claro cuánto de humanos han logrado preservar, descubren congelada en el tiempo a una mujer de nuestra época. El hallazgo hace que los científicos deban recurrir a olvidadas prácticas obsoletas, procurando amor y cuidados a esta mujer del pasado, que como es lógico, apenas se da cuenta de que ha despertado en un futuro que no logra dimensionar, entra en una crisis psico emocional intensa y desoladora, fatal. En el segundo, un rayo de sol se convierte en una especie de serpiente, en rigor el rayo de sol cobra vida en el acto de acariciar la piel de una mujer, haciéndole el amor. También intuimos que el contexto es futurista y distópico: la humanidad ha olvidado aquél sencillo placer que a las plantas permite la fotosíntesis.

No digamos más para permitir aún la sorpresa. Pasemos al otro rescate que nos convoca. En este caso, un escritor extranjero que se avecindó en Chile allá por los años 20. Hace un siglo. Se trata del húngaro Zsigmond Remenyik (1900-1962), quien vivió en Valparaíso hacia 1922, formando parte de la pandilla de escritores vanguardistas que lideraba el antofagastino Neftalí Agrella, agrupados en torno al manifiesto “Rosa Náutica”. Remenyik construye una novela muy en el estilo de la época, desorbitada y vitalista, caótica, escrita con un lenguaje fonético, como bajo los efectos de la absintha, y narra las peripecias que teóricamente vivió su amigo el poeta Agrella.


El rescate de Remenyik en este caso es obra de Ediciones del Caxicóndor, contó con un fondo del libro para la investigación de la posibilitó, y viene no sólo con un estudio preliminar y un postfacio contundente que nos introduce y contextualiza en aquellos años vanguardistas, en su marginalidad y bohemia, sino que además incluye diversas ilustraciones que son preciosos grabados, todo obra del editor, investigador y artista visual Cristian Olivos, mentor del sello Ediciones del Caxicóndor. “Los juicios del Dios Agrella” es uno de los libros que escribió Remenyik, y Olivos publicó no sólo esa novela que nos ocupa ahora, sino además “Las tres tragedias del lamparero alucinado”, el otro libro que escribió y publicó el húngaro en aquellos años en que recorrió Chile y Perú.

Quien enfrente esta propuesta narrativa debe trasladarse al contexto en que fue escrita. Es como leer un libro en español antiguo. Se utiliza por ejemplo la i latina en vez de la y griega, como ilativo. Eso entre muchas otras rarezas propias de una escritura que como hemos dicho nos permite escuchar a ese húngaro en su peculiar castellano, poniendo tildes antojadizas, acentuando las palabras como un gringo. Es como si lo estuviésemos oyendo contar las aventuras del tal Agrella. Aventuras que suceden en prostíbulos y en los márgenes sociales más decadentes. Pero de acuerdo a lo que el mismo estudio que acompaña la novela nos aclara, estas aventuras que Remenyik adjudica a Agrella son claramente fruto de la imaginación, porque hasta donde el propio Agrella explicó en vida, detestaba por ejemplo el alcohol, y en la novela más bien se lo presenta como un anarquista abandonado al vicio del trago, medio loco y sabio, casi un Diógenes, un paria sin domicilio ni familia, que se dedica principalmente a escribir y leer, a viajar y pensar, que como un profeta pregona la revolución, y que malvive de la caridad cuando no termina delinquiendo, en un delirante viaje a Nueva York. Ficción pura y dura.

Los personajes que acompañan a Agrella en esa desquiciada larga noche hecha de varias jornadas, son sin embargo endemoniadamente conmovedores. Comenzando por la prostituta Lidia Mc Lean, o bien Ruth Morand, de quien todos los noctámbulos del puerto están enamorados, como el carnicero H. Cortéz y el dueño de la funeraria José Cristincovich, lo mismo que Valdéz, el capitán del navío Old Good Springfield, quien parte una mañana a buscar a Lidia luego de su misteriosa desaparición. Porque Lidia desaparece, huye desesperada de su destino. Sabemos que salió del prostíbulo junto al viejo Pedro Olson, lo acompañó hasta su barco que con el mástil quebrado lucía su triste abandono en el muelle. Pero sólo un perro sarnoso y moribundo es testigo de lo que sucede a bordo: Lidia le da muerte al marino tras prestarle sus servicios sexuales y atormentada, asqueada y perseguida por sus fantasmas, suelta las amarras de la averiada embarcación, bogando a la deriva bajo la luna. “Váyate Valdéz!” le dicen los enamorados de Lidia. “Búscala también en cementerios y hospitales” le recomiendan. El perro aúlla como un telón de fondo.

Luego es Agrella el que se roba el centro de la atención, contando sus peripecias y penurias por doquier, mientras va pintando en las paredes del burdel “La morgue” un mapa del mundo, para que sus ignorantes contertulios sepan dónde es que queda la Rusia de su amigo Trosky, o la Europa de sus compadres Marineti y  Apollinaire. Agrella se nos presenta así como una especie de Aniceto Hevia (el alter ego de Manuel Rojas) pero más delincuencial, más torvo, más dañado y herido por la vida, más resentido, y a la vez, más conectado con el acontecer intelectual de su época. Es la figura del poeta maldito llevada al paroxismo. Hay en consecuencia escenas feroces que nos dejan el sabor salobre de la miseria en la boca, como la muerte de otro personaje doloroso, Ana Ralston, lavandera que se encariña con Agrella y que enloquece luego de que éste le roba para irse como proxeneta con otra mujer. Podríamos también evocar algo del peruano Julio Ramón Ribeyro, autor de “Los gallinazos sin plumas”, cuento que se asemeja al paisaje putrefacto en que Agrella se mueve, hundiéndose en un vertedero a diario para tratar de rescatar comida y ropa de un basural en los extramuros.

Respecto de esta obra, habría que trazar una línea de familiaridad con la corriente angurrientista de Juan Godoy, por la desesperada intensidad con que viven sus protagonistas, hambrientos siempre de justicia y amor. Pero es antojadiza seguramente esta percepción, y sólo se debe a la extrema peculiaridad de Remenyik en el panorama literario local. Estamos, sin duda alguna, ante una rara avis. Una literatura que acaso un editor contemporáneo hubiera desechado por la cantidad de afrentas formales en que incurre, o que quizás hubiese tomado la complicada decisión de efectivamente editarlo en el sentido de corregirlo, enmendar los usos coloquiales caóticos y la ortografía inverosímil que hacen muchas veces confusos pero siempre divertidos los giros de las voces hablantes, como el “váyate” que hemos consignado.

De cualquier manera, estamos ante libros que necesitan de un/a lector/a que se sitúe más allá del estatus de la mera entretención pasajera. No es ni un thriller, ni un romance, ni un policial o una novela histórica, no tiene nada que pueda disputar la manoseada vitrina de las modas y los best sellers, está casi en las antípodas de aquella literatura que goza de las prebendas publicitarias. El rescate de Zsigmund Remenyik y de Elena Aldunate, dos perfectos desconocidos aunque asombrosamente maravillosos, son gestos que ponen en valor obras que merecen lecturas y lectores contemporáneos, que gracias a su indudable calidad literaria perfectamente podrían ser leídas y disfrutadas por la masa, aunque sean evidentemente dada su condición de parias del márketing, joyas para los más entendidos. Agradecimientos y aplausos para Imbunche Ediciones y Macarena Cortés, lo mismo que para Libros del Caxicondor y Cristian Olivos.


3 de julio de 2026

Sobre Cielo Fosco, de Ricardo Elías, y Antedon, de Felipe Aichele

Datos iniciales: “Cielo fosco” de Ricardo Elías fue publicado el 2014 por editorial Libros de mentira. “Antedón” de Felipe Aichele, el 2015 por editorial La Calabaza del Diablo. O sea que sigo hablando de libros que no son precisamente novedades. Next.

En su momento, la crítica distinguió como mérito de Aichele la construcción de una novela fuera de los parámetros tradicionales de la narrativa actual. Mi maestra Patricia Espinoza la elogió como “una narración dinámica e ingeniosa” destacando en ella la “imaginación desbordante, el tono febril y a ratos delirante con que da forma a una alegoría en torno a la modernidad y sus formas de dominación.” Yendo más lejos, en la revista Pániko la periodista Flavia Pinaud opinó que Aichele venía a “romper el consenso interpretativo de lo que ha venido a llamarse torpemente narrativa joven chilena”, consenso que estaría signado por una “legitimación autoritaria y masculina sobre la memoria de la dictadura, sobre la cotidianidad social y política de los noventa, y sobre nuestra actualidad.”

Si bien concuerdo con las elogiosas palabras de Espinoza, no lo hago tanto con los parámetros de lectura de la srta. Pinaud. Y voy a ir al libro en vez de detenerme en lo que otras dijeron del mismo, no sin antes dejar consignado que Aichele además de haber sido productor ejecutivo de un film en el 2016 (“Aquí no ha pasado nada” de Alejandro Fernández Almendras), publicó el 2025 su segundo libro de narrativa, de nuevo con La Calabaza del Diablo, “Socio conductor”, que espero leer en un mediano plazo.

Antedón me sorprendió con su desopilante inicio. Lo primero que lees es una recomendación digna de ChatGpt: ¡Haz tu texto más interesante usando epígrafes!  Y tras un ejemplo de epígrafe en griego, se lee el muy técnico “ok / omitir / saber más”. ¿Quién habla o dice eso? Una Inteligencia Artificial, aplicación que al cabo de un rato se identifica como ASDFWrite. Así, la estructura se nos anuncia como la de un texto que está siendo a la vez intervenido por, o comentado por, o dictado a ASDFWrite, y sus intervenciones van a estar presentes durante todo el libro, algo que me hizo recordar a libros como “Croma” de Emilio Gordillo, donde también la narración es salpimentada por intervenciones de una suerte de manual o reglamento que define el contexto de enunciación de los hechos. Hay otras novelas con este tipo de estrategia. Pero en seguida, yendo al argumento del texto, tenemos que la voz del que está dictando o escribiendo con ASDFWrite, es decir el hablante de la novela, expone el caso de un sujeto, Antedón, quien está concurriendo de manera voluntaria a declararse esclavo ante un carabinero, decretando su muerte como ciudadano. Entonces antes de salir de la primera página ya podemos corroborar lo enunciado por las críticas que aplaudieron este ingenioso artilugio central del libro, en su doble fondo y forma.

Confieso no obstante, que al traspasar la mitad del libro me sentí desorientado, apabullado por el traspaso de esa estrategia subversiva al orden de la sintaxis y la ortografía, es decir un poco hastiado de enfrentar un universo léxico y simbólico hiper-poblado de iniciales que nombran pastas de dientes, empresas, lugares, medios de transporte, y un largo etcétera que abarca a personajes y a rituales, procesos o procedimientos que además poseen más de un modo de nombrarse, configurando una nomenclatura que roza lo hermético, al punto de que el propio ASDFWrite se permite con sarcasmo indicar cosas como “Detectamos un alcance de nombres que puede llevar a confusión” o “A Antedón le ocurren diversas peripecias, pero no parece que estas hagan evolucionar al personaje. Tu texto se vuelve confuso ¿quieres ver opciones para desarrollarlo? / Ok - Omitir - Saber más.

Esto revela que el autor es plenamente consciente de lo que está haciendo, y que además de tomarnos el pelo, apuesta por esa recargada y hasta asfixiante atmósfera del libro. El Acheteká construido por HTKKC, el dentífrico AKKT, la época anual de Volá, los grupos de Xgl0o, los envases de “captadores” o “cascadores”, o la compañía de Niith0w_the_Laiis, alias Niithow o Nito, lo mismo que la de J0xii_mii3lh alias Joxii Miiel o Jochi, casi terminaron con mi paciencia. Esta delirante apuesta, que puede llegar a ser un mérito, tiene un costo alto en tanto exige importantes dosis de concentración y condescendencia. Porque hay un punto en que el vulgar lector común y corriente, acostumbrado a esa vilipendiada linealidad prosaica, masculina y tradicional, se pregunta ¿a dónde va esta  micro?

Por supuesto, lo que se parodia de modo visionario si atendemos a que el libro es del 2015, es el mundo actual donde las personas tienen avatares e identidades con nombres disímiles en sus diversas redes sociales y donde las juventudes se comunican con códigos cada vez más encriptados y de fugaz existencia (mañana nadie recordará qué significaba six seven). La reinvención -si se quiere- del lenguaje. O su descomposición. Ni hablar de ortografía, no es necesario semejante arcaísmo. La novela se llena de expresiones y palabras procaces tan gratuitas como nuestra cotidiana habla callejera, así como de escenas sexuales donde igualmente se naturaliza la transacción como convencional modo de relacionarse, vale decir la compra y arriendo del cuerpo, llegando al extremo ocasional de la zoofilia como mera curiosa casualidad. Aquél mete-saca de La Naranja Mecánica es un bebé de pecho.

Otra dimensión de lo parodiado es la que emparenta a Aichele con Marcelo Mellado, al poner a su personaje Antedón, esclavo sexual de máscaras y acompañantes diversos, en contacto con operadores políticos y funcionarios gubernamentales de provincia, retratando esa escena sórdida como un mediocre mercado de la carne y del poder más fatuo. Al ritmo de la noche, en discotheques o bailantas, lucen su condición o estatus en el acto mismo de tener un esclavo al que sodomizar o para que le limpie los zapatos.

Por supuesto la novela no tiene un final, y es imposible esperar algo así pues dentro de sus páginas se ha declarado justamente que lo que se está leyendo no es una novela. Lo que sí es, sin duda, es una mordaz parodia de los tiempos actuales, de la enferma o cuando menos alterada psiquis social de este descalabrado país donde el capitalismo digital ha horadado –oh ministra disculpe por usar este vocablo- la dignidad más elemental de las personas, al punto de aceptar como algo natural que nos desenvolvamos y tratemos de vivir la vida en un escenario virtual y análogo donde se transan cuerpos e identidades con pornográfica espontaneidad.

Next.

El libro de relatos “Cielo fosco” de Ricardo Elías partió con el respaldo previo de una Beca de creación del Fondo del Libro el 2013, aunque entonces el título del libro iba a ser otro. Lo cierto es que después de publicarse y lanzarse con una elogiosa contratapa de Álvaro Bisama (“hay una habilidad narrativa pero también un talento para cierta crueldad y cierto delirio” dice allí Bisama, agregando que se trata de cuentos que son como “máquinas abiertas a la sorpresa, paisajes de catástrofe o escenarios para el humor negro”), la crítica literaria sencillamente guardó silencio. Al menos hoy no es posible encontrar alguna reacción al “Cielo fosco” de Elías. Lo que sí hay son entrevistas posteriores, originadas en los libros que siguieron a ese debut de Elías, que le valieron reconocimiento fuera del país. Su novela “A la cárcel”, fue ganadora del V Concurso Internacional de Novela Contacto Latino 2017 en Columbus, Estados Unidos, siendo publicada por Pukiyari Publishers, y al año siguiente 2018, por Editorial Alto Pogo, Argentina. El 2020, Elías publicó un nuevo conjunto de relatos bajo el título “Expediciones al núcleo de la zoología moderna” (Libros del Fuego, 2020, España).

 

Ahora, desde el primer cuento de “Cielo fosco” lo que uno entiende es que efectivamente lo inaudito o lo inverosímil es el caldo base de cada plato a degustar. Siempre estamos ante inexplicables sucesos que se imbrican con otros rudimentarios, cotidianos, de suerte que la imaginación va expandiendo el pacto de verosimilitud en un ardid digno de Calvino. El espacio se va llenando de efectos que recuerdan la cortazariana convicción de que no hay casualidades, lo que se sueña puede insospechadamente hacerse realidad del mismo modo que la realidad puede insospechadamente tornarse un sueño. Nada es raro y todo puede pasar, como dice un personaje del cuento “La pieza en la ventana”, un policía que habrá de dispararle a un muerto que acaba de matar a otro tipo en medio de un operativo inaudito con banda sonora y excusa articulada en torno a Obras de Arte de esas que ameritan mayúsculas, universales e imponentes como un museo o una ópera. Hay entonces algo de absurdo, que en momentos luce un humor muy chileno, en los relatos que por ejemplo se sustentan en cómicos tiros por la culata. Tanto para el sepulturero que intenta vengarse de los detestables funcionarios del Registro Civil como para el pueblo que intenta mantener en secreto su gallina de los huevos de oro que es una noria que en vez de agua, da vino. No se alcanza la atmósfera poética de una recta provincia raúl-ruiziana, pero se asoma una mirada conocedora de esa picardía juandiablesca local. Pero en muchos de los cuentos lo inamible como diría Baldomero Lillo tiene un aire más universal que criollo. De ahí que haya sugerido como referencia a Ítalo Calvino o a Cortázar. Otra referencia podría bien ser la Comala de Rulfo, habida cuenta de la omnipresencia de la muerte en el libro entero (que por algo se llama como se llama). Muertos que no están muertos, como ya se dijo. O muertos que no son los muertos que se supone están muertos, como en el funeral de Josecito.

Un cielo fosco es un cielo oscurecido, nublado. El adjetivo igualmente varía si se aplica por ejemplo a un cabello, a un peinado, significando alborotado, esponjoso. Y si se aplica al carácter de una persona, denota a alguien de trato áspero, huraño. En el cuento que da nombre al conjunto, la oscuridad, lo nublado, da origen a un misterio que no se resuelve. Estamos ante un cuento que me hizo pensar en César Aira por ejemplo, que tiene cuentos y novelas donde se proponen realidades paralelas, alteradas a grados delirantes, como despertar en el planeta de los simios sin tener referencia o idea de la existencia de esa película. Un cuento kafkiano, sí, también por supuesto. Pero lejos de la problemática introspectiva o del reflejo de la fría complejidad de toda relación familiar y social que padece Gregorio Samsa. Lo que el protagonista de Cielo fosco enfrenta es una pesadilla absurda de la que no logra despertar. Ese misterio, ese no saber digno del inicio de El Eternauta, de tonos apocalípticos o distópicos, con algo medio de ciencia ficción, también irradia al cuento final del libro de Ricardo Elías, donde un carnicero y un taxista exhiben lo peor del ser humano enfrentados a una repentina aparición del mismísimo diablo en la tierra, aparición acompañada de explosiones espontáneas que siembran el caos y el pánico en una ciudad tan aterrorizada como inicialmente incrédula. Eso también me hizo pensar en algún cuento del francés Roland Topor, un miembro del movimiento pánico al que perteneciera Jodorowsky antes de sentarse en su trono de psicomago. Quiero decir que bien puede leerse el tipo de ficción que construye Elías, al calor de una tradición europea, surrealista de plano; y no estaríamos, creo, tan equivocados. Y hay un divertido efecto logrado gracias a que en este tipo de situaciones propuestas, los personajes hablen de pronto luciendo la jerga de chuchada chilena.

Estamos entonces ante un conjunto de relatos que demuestran que el autor maneja a cabalidad los códigos del suspenso y que luce un ingenio genuino para construir ficciones tan atrapantes como divertidas, angustiantes y a la vez irónicas, que nos sitúan en los límites donde la realidad y lo onírico se confunden. Quizás el único cuento que me pareció un bicho raro en medio, es el segundo, “La cúspide octogonal”, que narra una escena de ribetes bíblicos: el abandono por parte de dos sujetos que huyen de una nación asolada por un fuego de proporciones apocalípticas, sugiriendo a Chile como Sodoma, y donde el suspenso lo pone el riesgo inminente de quedar convertido en estatua de sal si se comete el error de mirar hacia atrás. Aclaro entonces que el cuento está impecable, yo lo que no entiendo es el título. El problema es mío, obviamente, quizás ignoro algo, hay alguna referencia que desconozco, o he pasado por alto algún detalle revelador, no lo sé. Si alguien leyó el libro, me puede escribir en los comentarios y aventurar una explicación de por qué el cuento se llama como se llama. Yo sencillamente, me rendí.

Espero encontrarme algún día con los nuevos libros de Ricardo Elías, lo mismo que con lo último publicado por Felipe Aichele. Asumo que no ha de ser tan difícil si me valgo de las herramientas del e-comerce. Pero soy también pésimo en eso, soy un tradicional visitante de librerías de ladrillo así como un lector que prefiere el papel a la pantalla. Supongo que eso me sitúa en la vereda del tradicionalismo y casi del conservadurismo, y bueno, qué le voy a hacer, tengo 50 años y a veces creo que difícilmente podría ser de otra manera. Pero sólo a veces.