Dos rescates del olvido
Elena Aldunate (1925-2005) fue una escritora que alcanzó a cosechar en vida algunos reconocimientos, haciéndose un lugar como referente del género futurista y de ciencia ficción. Sin embargo su nombre suele o solía quedar en las sombras cuando se hace un repaso a les exponentes locales de esta corriente narrativa, quedándose el recuento la mayoría de las veces en el emblemático Hugo Correa y su novela de culto “Los altísimos”. El hito recurrente que se menciona en esta materia es Marcelo Novoa y su editorial Puerto de Escape, de Valparaíso, sello especializado en ciencia ficción. En Concepción, Alexis Figueroa ha hecho lo propio, incorporando elementos visuales que hacen que el catálogo de Libros de Nébula, ofrezca una interesante mezcla de narrativa gráfica y ciencia ficción, fantasía, horror y géneros mal llamados “menores”. Porque efectivamente hay cierto sesgo hacia este tipo de narrativa. Aún cuando en los últimos años ha habido fenómenos de ventas como las ucronías de Francisco Ortega o de Jorge Baradit.
Lo cierto es que quien se dio a la tarea de rescatar a Elena Aldunate del olvido, fue Macarena Cortés de Imbunche Ediciones, publicando el 2016 la novela “Del cosmos las quieren vírgenes” y la selección de cuentos “Juana y la cibernética”, haciendo justicia y poniéndola en circulación para disfrute del más amplio público lector. Porque es evidente que el desconocimiento general de esta autora refrenda lo que denuncia la consigna feminista “la literatura chilena es un antro de machitos”. Y es que la narrativa de Elena Aldunate no es sólo ciencia ficción. Es también una escritura feminista: todos los cuentos de “Juana y la cibernética” son protagonizados por mujeres, y en ellos siempre se distingue o enfatiza un sentir y un pensar femenino, se busca conectar con el lector o la lectora desde una corporalidad manifiestamente femenina en su escritura:
“No es que ella tenga nada contra el sexo; por el contrario, desde muy niña, cuando sólo la teoría y el misterio llenábanla de curiosidad, había imaginado, para comprobarlo después, que el entregarse a otro ser en forma tan íntima, tan vital, debía ser ritual mágico e integración mutua y definitiva, confirmado por una telepatía profunda y visceral. Nada de eso le ha sucedido. Su experiencia se nutre de tantos y prematuros juegos, de frustración y tiranía.”
El cuento que da título al compendio, “Juana y la cibernética”, nos propone con una poesía radical en su gesto cyborg, una entrega carnal de la protagonista a la máquina, un imposible coito a bordo de émbolos de fierro calientes y aceitados. Feroz en el delirio, deviene la muerte. Sin embargo hay algo muy cuidadoso en las imágenes sexuales, que no llegan nunca a ser groseras, más bien acaso muy tímidamente eróticas. En otros relatos más bien la imaginación se desborda muy poco pero hacia otro lado, sin apartarse tanto del relato fiel a la realidad, como sucede en “El niño”, cuento donde la madre lleva a su hijo al psiquiatra angustiada porque el niño hace inexplicables rabietas y la tiene vuelta loca, porque tiene poderes especiales y diabólicos casi, los que finalmente constata el médico a la siguiente sesión cuando enfrentando al infante, éste logra desaparecer.
Pero entre estos dos que podrían ser dos extremos del compendio, hay un abanico interesante donde se van haciendo reconocibles influencias o que nos remiten o evocan algunas tradiciones o propuestas. Algunos textos por ejemplo son escenas casi inmóviles, como pinturas o imágenes que recuerdan el Ray Bradbury de las “Crónicas marcianas”, lo mismo que al canónico Isaac Asimov, por ejemplo en cuentos como “El ingenio”, “Ela y los terrícolas” o “El mecano verde”, donde el tema que gatilla el argumento es el encuentro con los seres y las atmósferas extraterrestres, y en los que la descripción y diégesis avanza a un ritmo vegetal, sin fuerza de gravedad, volcando los sentidos a la sensorialidad muy femeninamente. Algo similar se logra en el cuento “Golo”, donde se nos presenta a este ente, ser único y solitario, protagonista misterioso que acaricia y brinda agua al perro que los humanos han enviado a la luna. Por ese mismo derrotero, se asoma el Ítalo Calvino de “Las cosmicómicas”, en estas estrategias que como giros improvisados de perspectiva intentan una voz narradora no humana ni omnisciente siquiera, sino como de una inteligencia casi animal, registro que alcanza su máxima expresión en “Angélica y el delfín”, cuento en que se indaga en la milenaria relación con la inteligencia de los cetáceos, subrepticios sospechosos de ser acaso los míticos sobrevivientes de una Atlántida pretérita.
Sin embargo los dos mejores relatos a mi parecer, por lo que condensan estilísticamente, por la síntesis de referencias, por la intensa amalgama que logran, combinando el discurso feminista o la perspectiva de género en múltiples dimensiones, y a la vez demostrando la versatilidad y habilidad de su autora para explotar los recursos de la imaginación, son los cuentos titulados “La bella durmiente” y “Diez centímetros de sol”. En el primero los científicos del futuro, seres que no nos queda claro cuánto de humanos han logrado preservar, descubren congelada en el tiempo a una mujer de nuestra época. El hallazgo hace que los científicos deban recurrir a olvidadas prácticas obsoletas, procurando amor y cuidados a esta mujer del pasado, que como es lógico, apenas se da cuenta de que ha despertado en un futuro que no logra dimensionar, entra en una crisis psico emocional intensa y desoladora, fatal. En el segundo, un rayo de sol se convierte en una especie de serpiente, en rigor el rayo de sol cobra vida en el acto de acariciar la piel de una mujer, haciéndole el amor. También intuimos que el contexto es futurista y distópico: la humanidad ha olvidado aquél sencillo placer que a las plantas permite la fotosíntesis.
No digamos más para permitir aún la sorpresa. Pasemos al otro rescate que nos convoca. En este caso, un escritor extranjero que se avecindó en Chile allá por los años 20. Hace un siglo. Se trata del húngaro Zsigmond Remenyik (1900-1962), quien vivió en Valparaíso hacia 1922, formando parte de la pandilla de escritores vanguardistas que lideraba el antofagastino Neftalí Agrella, agrupados en torno al manifiesto “Rosa Náutica”. Remenyik construye una novela muy en el estilo de la época, desorbitada y vitalista, caótica, escrita con un lenguaje fonético, como bajo los efectos de la absintha, y narra las peripecias que teóricamente vivió su amigo el poeta Agrella.
El rescate de Remenyik en este caso es obra de Ediciones del Caxicóndor, contó con un fondo del libro para la investigación de la posibilitó, y viene no sólo con un estudio preliminar y un postfacio contundente que nos introduce y contextualiza en aquellos años vanguardistas, en su marginalidad y bohemia, sino que además incluye diversas ilustraciones que son preciosos grabados, todo obra del editor, investigador y artista visual Cristian Olivos, mentor del sello Ediciones del Caxicóndor. “Los juicios del Dios Agrella” es uno de los libros que escribió Remenyik, y Olivos publicó no sólo esa novela que nos ocupa ahora, sino además “Las tres tragedias del lamparero alucinado”, el otro libro que escribió y publicó el húngaro en aquellos años en que recorrió Chile y Perú.
Quien enfrente esta propuesta narrativa debe trasladarse al contexto en que fue escrita. Es como leer un libro en español antiguo. Se utiliza por ejemplo la i latina en vez de la y griega, como ilativo. Eso entre muchas otras rarezas propias de una escritura que como hemos dicho nos permite escuchar a ese húngaro en su peculiar castellano, poniendo tildes antojadizas, acentuando las palabras como un gringo. Es como si lo estuviésemos oyendo contar las aventuras del tal Agrella. Aventuras que suceden en prostíbulos y en los márgenes sociales más decadentes. Pero de acuerdo a lo que el mismo estudio que acompaña la novela nos aclara, estas aventuras que Remenyik adjudica a Agrella son claramente fruto de la imaginación, porque hasta donde el propio Agrella explicó en vida, detestaba por ejemplo el alcohol, y en la novela más bien se lo presenta como un anarquista abandonado al vicio del trago, medio loco y sabio, casi un Diógenes, un paria sin domicilio ni familia, que se dedica principalmente a escribir y leer, a viajar y pensar, que como un profeta pregona la revolución, y que malvive de la caridad cuando no termina delinquiendo, en un delirante viaje a Nueva York. Ficción pura y dura.
Los personajes que acompañan a Agrella en esa desquiciada larga noche hecha de varias jornadas, son sin embargo endemoniadamente conmovedores. Comenzando por la prostituta Lidia Mc Lean, o bien Ruth Morand, de quien todos los noctámbulos del puerto están enamorados, como el carnicero H. Cortéz y el dueño de la funeraria José Cristincovich, lo mismo que Valdéz, el capitán del navío Old Good Springfield, quien parte una mañana a buscar a Lidia luego de su misteriosa desaparición. Porque Lidia desaparece, huye desesperada de su destino. Sabemos que salió del prostíbulo junto al viejo Pedro Olson, lo acompañó hasta su barco que con el mástil quebrado lucía su triste abandono en el muelle. Pero sólo un perro sarnoso y moribundo es testigo de lo que sucede a bordo: Lidia le da muerte al marino tras prestarle sus servicios sexuales y atormentada, asqueada y perseguida por sus fantasmas, suelta las amarras de la averiada embarcación, bogando a la deriva bajo la luna. “Váyate Valdéz!” le dicen los enamorados de Lidia. “Búscala también en cementerios y hospitales” le recomiendan. El perro aúlla como un telón de fondo.
Luego es Agrella el que se roba el centro de la atención, contando sus peripecias y penurias por doquier, mientras va pintando en las paredes del burdel “La morgue” un mapa del mundo, para que sus ignorantes contertulios sepan dónde es que queda la Rusia de su amigo Trosky, o la Europa de sus compadres Marineti y Apollinaire. Agrella se nos presenta así como una especie de Aniceto Hevia (el alter ego de Manuel Rojas) pero más delincuencial, más torvo, más dañado y herido por la vida, más resentido, y a la vez, más conectado con el acontecer intelectual de su época. Es la figura del poeta maldito llevada al paroxismo. Hay en consecuencia escenas feroces que nos dejan el sabor salobre de la miseria en la boca, como la muerte de otro personaje doloroso, Ana Ralston, lavandera que se encariña con Agrella y que enloquece luego de que éste le roba para irse como proxeneta con otra mujer. Podríamos también evocar algo del peruano Julio Ramón Ribeyro, autor de “Los gallinazos sin plumas”, cuento que se asemeja al paisaje putrefacto en que Agrella se mueve, hundiéndose en un vertedero a diario para tratar de rescatar comida y ropa de un basural en los extramuros.
Respecto de esta obra, habría que trazar una línea de familiaridad con la corriente angurrientista de Juan Godoy, por la desesperada intensidad con que viven sus protagonistas, hambrientos siempre de justicia y amor. Pero es antojadiza seguramente esta percepción, y sólo se debe a la extrema peculiaridad de Remenyik en el panorama literario local. Estamos, sin duda alguna, ante una rara avis. Una literatura que acaso un editor contemporáneo hubiera desechado por la cantidad de afrentas formales en que incurre, o que quizás hubiese tomado la complicada decisión de efectivamente editarlo en el sentido de corregirlo, enmendar los usos coloquiales caóticos y la ortografía inverosímil que hacen muchas veces confusos pero siempre divertidos los giros de las voces hablantes, como el “váyate” que hemos consignado.
De cualquier
manera, estamos ante libros que necesitan de un/a lector/a que se sitúe más
allá del estatus de la mera entretención pasajera. No es ni un thriller, ni un
romance, ni un policial o una novela histórica, no tiene nada que pueda
disputar la manoseada vitrina de las modas y los best sellers, está casi en las
antípodas de aquella literatura que goza de las prebendas publicitarias. El
rescate de Zsigmund Remenyik y de Elena Aldunate, dos perfectos desconocidos aunque
asombrosamente maravillosos, son gestos que ponen en valor obras que merecen
lecturas y lectores contemporáneos, que gracias a su indudable calidad
literaria perfectamente podrían ser leídas y disfrutadas por la masa, aunque
sean evidentemente dada su condición de parias del márketing, joyas para los
más entendidos. Agradecimientos y aplausos para Imbunche Ediciones y Macarena
Cortés, lo mismo que para Libros del Caxicondor y Cristian Olivos.


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