7/03/2026

Sobre Cielo Fosco, de Ricardo Elías, y Antedon, de Felipe Aichele

Datos iniciales: “Cielo fosco” de Ricardo Elías fue publicado el 2014 por editorial Libros de mentira. “Antedón” de Felipe Aichele, el 2015 por editorial La Calabaza del Diablo. O sea que sigo hablando de libros que no son precisamente novedades. Next.

En su momento, la crítica distinguió como mérito de Aichele la construcción de una novela fuera de los parámetros tradicionales de la narrativa actual. Mi maestra Patricia Espinoza la elogió como “una narración dinámica e ingeniosa” destacando en ella la “imaginación desbordante, el tono febril y a ratos delirante con que da forma a una alegoría en torno a la modernidad y sus formas de dominación.” Yendo más lejos, en la revista Pániko la periodista Flavia Pinaud opinó que Aichele venía a “romper el consenso interpretativo de lo que ha venido a llamarse torpemente narrativa joven chilena”, consenso que estaría signado por una “legitimación autoritaria y masculina sobre la memoria de la dictadura, sobre la cotidianidad social y política de los noventa, y sobre nuestra actualidad.”

Si bien concuerdo con las elogiosas palabras de Espinoza, no lo hago tanto con los parámetros de lectura de la srta. Pinaud. Y voy a ir al libro en vez de detenerme en lo que otras dijeron del mismo, no sin antes dejar consignado que Aichele además de haber sido productor ejecutivo de un film en el 2016 (“Aquí no ha pasado nada” de Alejandro Fernández Almendras), publicó el 2025 su segundo libro de narrativa, de nuevo con La Calabaza del Diablo, “Socio conductor”, que espero leer en un mediano plazo.

Antedón me sorprendió con su desopilante inicio. Lo primero que lees es una recomendación digna de ChatGpt: ¡Haz tu texto más interesante usando epígrafes!  Y tras un ejemplo de epígrafe en griego, se lee el muy técnico “ok / omitir / saber más”. ¿Quién habla o dice eso? Una Inteligencia Artificial, aplicación que al cabo de un rato se identifica como ASDFWrite. Así, la estructura se nos anuncia como la de un texto que está siendo a la vez intervenido por, o comentado por, o dictado a ASDFWrite, y sus intervenciones van a estar presentes durante todo el libro, algo que me hizo recordar a libros como “Croma” de Emilio Gordillo, donde también la narración es salpimentada por intervenciones de una suerte de manual o reglamento que define el contexto de enunciación de los hechos. Hay otras novelas con este tipo de estrategia. Pero en seguida, yendo al argumento del texto, tenemos que la voz del que está dictando o escribiendo con ASDFWrite, es decir el hablante de la novela, expone el caso de un sujeto, Antedón, quien está concurriendo de manera voluntaria a declararse esclavo ante un carabinero, decretando su muerte como ciudadano. Entonces antes de salir de la primera página ya podemos corroborar lo enunciado por las críticas que aplaudieron este ingenioso artilugio central del libro, en su doble fondo y forma.

Confieso no obstante, que al traspasar la mitad del libro me sentí desorientado, apabullado por el traspaso de esa estrategia subversiva al orden de la sintaxis y la ortografía, es decir un poco hastiado de enfrentar un universo léxico y simbólico hiper-poblado de iniciales que nombran pastas de dientes, empresas, lugares, medios de transporte, y un largo etcétera que abarca a personajes y a rituales, procesos o procedimientos que además poseen más de un modo de nombrarse, configurando una nomenclatura que roza lo hermético, al punto de que el propio ASDFWrite se permite con sarcasmo indicar cosas como “Detectamos un alcance de nombres que puede llevar a confusión” o “A Antedón le ocurren diversas peripecias, pero no parece que estas hagan evolucionar al personaje. Tu texto se vuelve confuso ¿quieres ver opciones para desarrollarlo? / Ok - Omitir - Saber más.

Esto revela que el autor es plenamente consciente de lo que está haciendo, y que además de tomarnos el pelo, apuesta por esa recargada y hasta asfixiante atmósfera del libro. El Acheteká construido por HTKKC, el dentífrico AKKT, la época anual de Volá, los grupos de Xgl0o, los envases de “captadores” o “cascadores”, o la compañía de Niith0w_the_Laiis, alias Niithow o Nito, lo mismo que la de J0xii_mii3lh alias Joxii Miiel o Jochi, casi terminaron con mi paciencia. Esta delirante apuesta, que puede llegar a ser un mérito, tiene un costo alto en tanto exige importantes dosis de concentración y condescendencia. Porque hay un punto en que el vulgar lector común y corriente, acostumbrado a esa vilipendiada linealidad prosaica, masculina y tradicional, se pregunta ¿a dónde va esta  micro?

Por supuesto, lo que se parodia de modo visionario si atendemos a que el libro es del 2015, es el mundo actual donde las personas tienen avatares e identidades con nombres disímiles en sus diversas redes sociales y donde las juventudes se comunican con códigos cada vez más encriptados y de fugaz existencia (mañana nadie recordará qué significaba six seven). La reinvención -si se quiere- del lenguaje. O su descomposición. Ni hablar de ortografía, no es necesario semejante arcaísmo. La novela se llena de expresiones y palabras procaces tan gratuitas como nuestra cotidiana habla callejera, así como de escenas sexuales donde igualmente se naturaliza la transacción como convencional modo de relacionarse, vale decir la compra y arriendo del cuerpo, llegando al extremo ocasional de la zoofilia como mera curiosa casualidad. Aquél mete-saca de La Naranja Mecánica es un bebé de pecho.

Otra dimensión de lo parodiado es la que emparenta a Aichele con Marcelo Mellado, al poner a su personaje Antedón, esclavo sexual de máscaras y acompañantes diversos, en contacto con operadores políticos y funcionarios gubernamentales de provincia, retratando esa escena sórdida como un mediocre mercado de la carne y del poder más fatuo. Al ritmo de la noche, en discotheques o bailantas, lucen su condición o estatus en el acto mismo de tener un esclavo al que sodomizar o para que le limpie los zapatos.

Por supuesto la novela no tiene un final, y es imposible esperar algo así pues dentro de sus páginas se ha declarado justamente que lo que se está leyendo no es una novela. Lo que sí es, sin duda, es una mordaz parodia de los tiempos actuales, de la enferma o cuando menos alterada psiquis social de este descalabrado país donde el capitalismo digital ha horadado –oh ministra disculpe por usar este vocablo- la dignidad más elemental de las personas, al punto de aceptar como algo natural que nos desenvolvamos y tratemos de vivir la vida en un escenario virtual y análogo donde se transan cuerpos e identidades con pornográfica espontaneidad.

Next.

El libro de relatos “Cielo fosco” de Ricardo Elías partió con el respaldo previo de una Beca de creación del Fondo del Libro el 2013, aunque entonces el título del libro iba a ser otro. Lo cierto es que después de publicarse y lanzarse con una elogiosa contratapa de Álvaro Bisama (“hay una habilidad narrativa pero también un talento para cierta crueldad y cierto delirio” dice allí Bisama, agregando que se trata de cuentos que son como “máquinas abiertas a la sorpresa, paisajes de catástrofe o escenarios para el humor negro”), la crítica literaria sencillamente guardó silencio. Al menos hoy no es posible encontrar alguna reacción al “Cielo fosco” de Elías. Lo que sí hay son entrevistas posteriores, originadas en los libros que siguieron a ese debut de Elías, que le valieron reconocimiento fuera del país. Su novela “A la cárcel”, fue ganadora del V Concurso Internacional de Novela Contacto Latino 2017 en Columbus, Estados Unidos, siendo publicada por Pukiyari Publishers, y al año siguiente 2018, por Editorial Alto Pogo, Argentina. El 2020, Elías publicó un nuevo conjunto de relatos bajo el título “Expediciones al núcleo de la zoología moderna” (Libros del Fuego, 2020, España).

 

Ahora, desde el primer cuento de “Cielo fosco” lo que uno entiende es que efectivamente lo inaudito o lo inverosímil es el caldo base de cada plato a degustar. Siempre estamos ante inexplicables sucesos que se imbrican con otros rudimentarios, cotidianos, de suerte que la imaginación va expandiendo el pacto de verosimilitud en un ardid digno de Calvino. El espacio se va llenando de efectos que recuerdan la cortazariana convicción de que no hay casualidades, lo que se sueña puede insospechadamente hacerse realidad del mismo modo que la realidad puede insospechadamente tornarse un sueño. Nada es raro y todo puede pasar, como dice un personaje del cuento “La pieza en la ventana”, un policía que habrá de dispararle a un muerto que acaba de matar a otro tipo en medio de un operativo inaudito con banda sonora y excusa articulada en torno a Obras de Arte de esas que ameritan mayúsculas, universales e imponentes como un museo o una ópera. Hay entonces algo de absurdo, que en momentos luce un humor muy chileno, en los relatos que por ejemplo se sustentan en cómicos tiros por la culata. Tanto para el sepulturero que intenta vengarse de los detestables funcionarios del Registro Civil como para el pueblo que intenta mantener en secreto su gallina de los huevos de oro que es una noria que en vez de agua, da vino. No se alcanza la atmósfera poética de una recta provincia raúl-ruiziana, pero se asoma una mirada conocedora de esa picardía juandiablesca local. Pero en muchos de los cuentos lo inamible como diría Baldomero Lillo tiene un aire más universal que criollo. De ahí que haya sugerido como referencia a Ítalo Calvino o a Cortázar. Otra referencia podría bien ser la Comala de Rulfo, habida cuenta de la omnipresencia de la muerte en el libro entero (que por algo se llama como se llama). Muertos que no están muertos, como ya se dijo. O muertos que no son los muertos que se supone están muertos, como en el funeral de Josecito.

Un cielo fosco es un cielo oscurecido, nublado. El adjetivo igualmente varía si se aplica por ejemplo a un cabello, a un peinado, significando alborotado, esponjoso. Y si se aplica al carácter de una persona, denota a alguien de trato áspero, huraño. En el cuento que da nombre al conjunto, la oscuridad, lo nublado, da origen a un misterio que no se resuelve. Estamos ante un cuento que me hizo pensar en César Aira por ejemplo, que tiene cuentos y novelas donde se proponen realidades paralelas, alteradas a grados delirantes, como despertar en el planeta de los simios sin tener referencia o idea de la existencia de esa película. Un cuento kafkiano, sí, también por supuesto. Pero lejos de la problemática introspectiva o del reflejo de la fría complejidad de toda relación familiar y social que padece Gregorio Samsa. Lo que el protagonista de Cielo fosco enfrenta es una pesadilla absurda de la que no logra despertar. Ese misterio, ese no saber digno del inicio de El Eternauta, de tonos apocalípticos o distópicos, con algo medio de ciencia ficción, también irradia al cuento final del libro de Ricardo Elías, donde un carnicero y un taxista exhiben lo peor del ser humano enfrentados a una repentina aparición del mismísimo diablo en la tierra, aparición acompañada de explosiones espontáneas que siembran el caos y el pánico en una ciudad tan aterrorizada como inicialmente incrédula. Eso también me hizo pensar en algún cuento del francés Roland Topor, un miembro del movimiento pánico al que perteneciera Jodorowsky antes de sentarse en su trono de psicomago. Quiero decir que bien puede leerse el tipo de ficción que construye Elías, al calor de una tradición europea, surrealista de plano; y no estaríamos, creo, tan equivocados. Y hay un divertido efecto logrado gracias a que en este tipo de situaciones propuestas, los personajes hablen de pronto luciendo la jerga de chuchada chilena.

Estamos entonces ante un conjunto de relatos que demuestran que el autor maneja a cabalidad los códigos del suspenso y que luce un ingenio genuino para construir ficciones tan atrapantes como divertidas, angustiantes y a la vez irónicas, que nos sitúan en los límites donde la realidad y lo onírico se confunden. Quizás el único cuento que me pareció un bicho raro en medio, es el segundo, “La cúspide octogonal”, que narra una escena de ribetes bíblicos: el abandono por parte de dos sujetos que huyen de una nación asolada por un fuego de proporciones apocalípticas, sugiriendo a Chile como Sodoma, y donde el suspenso lo pone el riesgo inminente de quedar convertido en estatua de sal si se comete el error de mirar hacia atrás. Aclaro entonces que el cuento está impecable, yo lo que no entiendo es el título. El problema es mío, obviamente, quizás ignoro algo, hay alguna referencia que desconozco, o he pasado por alto algún detalle revelador, no lo sé. Si alguien leyó el libro, me puede escribir en los comentarios y aventurar una explicación de por qué el cuento se llama como se llama. Yo sencillamente, me rendí.

Espero encontrarme algún día con los nuevos libros de Ricardo Elías, lo mismo que con lo último publicado por Felipe Aichele. Asumo que no ha de ser tan difícil si me valgo de las herramientas del e-comerce. Pero soy también pésimo en eso, soy un tradicional visitante de librerías de ladrillo así como un lector que prefiere el papel a la pantalla. Supongo que eso me sitúa en la vereda del tradicionalismo y casi del conservadurismo, y bueno, qué le voy a hacer, tengo 50 años y a veces creo que difícilmente podría ser de otra manera. Pero sólo a veces.

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