27 de septiembre de 2026

El peor de los guerreros, de Rodrigo Díaz Cortéz y Siete películas antes de matar al señor Scrooge, de Gianfranco Rolleri

Allá por el año 2000, Rodrigo Díaz Cortez pasó una tarde por la librería que tenía La Calabaza del Diablo en Antonia López de Bello y que yo atendía esporádicamente. Él preparaba su viaje sin retorno a España. Nadie es profeta en su propia tierra, y mi tocayo estaba empeñado en seguir los pasos de Bolaño. Tuve la ocasión de leer algún cuento suyo pero ya no recuerdo en qué revista o antología, la cuestión es que el libro que ahora comentaré es el primero que le he leído, y el ejemplar está dedicado a otro colega que considero mi amigo, Luis Alberto Tamayo, quien creo recordar lo tuvo de miembro de un taller suyo sembrándose entre ambos también un vínculo de amistad. Así, cada vez que nos hemos reunido con Tamayo nos hemos referido, aunque sea al pasar, a la injusta invisibilidad de Díaz en el panorama local, así como a su valiente arrojo para cruzar en barco el Atlántico y terminar manejando un taxi.

“El peor de los guerreros” (Libros del Lince, 2011) comienza con un crimen de alcoba. Sofanor y La Inglesa, amigos de Samu el narrador, han muerto el uno con un balazo percutido desde su propia pistola, la otra envenenada con una ramita de cicuta en una cerveza, y ambos yacen en una pieza de la pensión El Chanchoquín, regentada por La Ojerosa. El policía a cargo del caso, el hijo del Diablo, López Cuervo II, intentará involucrar a Samu. Pero se va a enamorar de la hija adoptiva de éste, la rebelde Tita, sin saber que es en realidad la hija biológica de los asesinados. ¿Cómo, cuánto, qué? Si es demasiada información mejor tome nota o migre a otro libro facilón de tapa encantadora. Todo lo que sigue es una metáfora de la historia social del país, escrito con vigor, destreza, y seductora exhibición de recursos. Abusos de poderosos forrados en armas o en dinero, curas corruptos y serviles, y miserables que se debaten entre el alcohol y la esclavitud, sin espacio para la decencia y honradez, virtudes de unos pocos guerreros, heroicos luchadores sociales que se mezclan con ladrones robinhoodescos. En un Paitanás imaginario ubicado en las cercanías de Coquimbo, recorremos prácticamente un siglo entero, desde los años 30 cuando la sombra de Recabarren aún refresca el impiadoso sol del desierto, hasta los sucesivos crímenes de militares y gobiernos en contra de todos los movimientos sindicalizados, incluyendo por supuesto la dictadura de Pinochet del 73 al 90.

Tras leer esta novela he recordado la de otro autor, que al igual que Rodrigo Díaz, luce tan poco renombre como bastos elogios críticos, y me refiero a “Martes tristes” de Francisco Rivas, que yo leí cerca del año 2000 en una versión de la Editorial Mosquito, aunque la obra data de 1983 y luce ediciones en sellos como Bruguera y Gallimard, siendo la última en la Editorial Mago (2023). Sin duda la filiación que establezco es subjetiva, y cabrían acaso muchas otras, partiendo por todas las que retratan el norte grande y su era dorada del salitre, desde Baldomero Lillo hasta Rivera Letelier. Aunque creo que estilísticamente el trabajo de Rodrigo Díaz tiene que ver con Rivera Letelier e insisto, con Rivas, más que con algún otro. Y me refiero al uso de un lenguaje rico en imágenes, una estructura exigente en sus desplazamientos temporales y en su pléyade de personajes fantásticos o casi mitológicos. El tratamiento de los recursos narrativos de Díaz es impecable, se nota que hay deleite en cada palabra y fraseo. También podría recordarse la forma de narrar de un clásico como “El señor presidente” de Miguel Ángel Asturias. “El peor de los guerreros” alimenta con nutrientes sabrosos y savia limpia el retrato, o la caricatura si usted quiere, de un ethos minero reconocible, diría incluso clásico, indesmentible, logrando una novela entrañable hecha de muchas historias admirablemente bien tejidas.

Lo cierto es que todos son méritos que la crítica ya ha aplaudido. Por ejemplo en mayo del 2013 el escritor español David Pérez Vega, en su blog “Desde la ciudad sin cines”, señaló ecos del realismo mágico de García Márquez en la pluma de mi tocayo, concluyendo que “Rodrigo Díaz Cortez, pese a su juventud me ha parecido un escritor muy dotado, muy seguro en su manejo de los tiempos narrativos y con una prosa tendente al juego metafórico muy elaborada, y al que considero destinado a que hablemos más de él en el futuro.”

Y es que su trayectoria refrenda todo lo anterior. Rodrigo Díaz Cortez (Santiago de Chile, 1977), vive en España desde el año 2001, antes de marcharse de Chile publicó como autoedición el volumen de cuentos "La taberna del vacío" (2000). Le siguió la novela "Tridente de plata" (2008) con la que obtuvo el Premio Mario Vargas Llosa 2007, y tras lo cual fue contactado por el influyente agente literario Guillermo Schavelzon (que representa los derechos autorales de grandes como Ricardo Piglia y Paul Auster). Luego vendrían las novelas "El pequeño comandante" (Random House, 2011) y la acá reseñada "El peor de los guerreros". En 2017 publica "Metales rojos" (cuentos, Editorial Comba), y vuelve a la novela con "Música para pistoleros" (Pre-textos, 2019) siendo galardonado con el Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa. Su último libro es "Poeta bajo el mar" (Utopía, 2020), ganador el Premio Diputación de Córdoba.

No obstante, ¿quién conoce o ha leído algo de mi tocayo? Dudo mucho que si alguien pregunta en una librería por autores chilenos contemporáneos salga su nombre a la palestra. Dirán Zambra, dirán Labatut, dirán Andrés Montero, Carlos Tromben o Díaz Eterovic. Dirán sin duda alguna Daniela Catrileo, Nona Fernández, Alia Trabucco, María José Ferrada, Alejandra Costamagna, Paulina Flores, Camila Gutiérrez, Francisca Solar. Dirán Isabel Allende, dirán Diamela Eltit, quizá Lina Meruane o Cinthya Rimsky. Pero me distraigo, la invisibilidad de mi tocayo no es culpa de la privilegiada atención que profesan hoy las escrituras del género femenino, ni pretendo cuestionar esa legítima y justa reorientación del canon. Lo cierto volviendo al punto, es que ni por si acaso dirán Rodrigo Díaz Cortez, estoy casi 100% seguro.

Y me atrevo a pensar que algo parecido pasa con Gianfranco Rolleri: tampoco figurará entre los autores que un vendedor de libros mencione de buenas a primeras ante la pregunta por narradores chilenos contemporáneos. Pero claro, estoy pidiendo demasiado y en realidad lo que es demasiado es el número de nombres que caben en el mismo saco. La cobertura de prensa y crítica respecto de Rolleri es prácticamente nula, lo que lo sitúa quizá en esa extendida tribu de escritores invisibilizados que con o sin justicia respecto de sus escrituras, son arbitrariamente considerados algo así como unos advenedizos en la élite literaria nacional, en sus circuitos liguriescos y cenáculos universitarios. Huelga decir que no obstante lo anterior, Rolleri ha sido guionista de televisión y tiene varios libros publicados, participó en talleres con Poli Délano y con Enrique Symns, y nos conocimos siendo ambos evaluadores de proyectos para las Becas de Creación del Fondo del Libro, en la categoría cuentos, entre el año 2013 y el 2018 o por ahí. Quizás fue entonces me regaló su libro, porque la verdad no recuerdo cómo llegó este ejemplar a mis manos, pero sí recuerdo que me parecieron acertadas sus observaciones como colega evaluador en aquella instancia. De cualquier manera, al igual que con Rodrigo Díaz Cortéz, “Siete películas antes de matar al señor Scrooge” es lo primero y único que hasta ahora he leído de su obra. Y he quedado tremenda y gratamente satisfecho y sorprendido.

La novela parece a ratos un comic, y creo que es injusta su invisibilidad. En sus páginas se despliega una pléyade de personajes notables y queribles, desde el protagonista que es un joven llamado Zamboni, a quien estoy tentado de calificar como un híbrido del Ignatius Reilly de Kennedy Toole, algo del Holden Caufield de Salinger, y algo del Raskolnikov de Dostoievsky. Manso piropo. Pusilánime por naturaleza, Zamboni es un joven desencantado de la vida, que se asume como alguien gris y que desea permanecer hasta su muerte en el estado más parecido posible a una ameba, consumiendo clonazepam, bebiendo alcohol, fumando marihuana y viendo películas casi compulsivamente. Padece crisis de pánico y cuando siente que está al borde de una, se larga a citar frases de películas, lo que es como su síndrome de Tourette o como sus chiripiolcas. Espera de todos modos morir cuanto antes y considera la existencia un error innecesario de prolongar, la especie humana, la sociedad y el mundo entero le parecen una mierda insignificante. Pero no tiene las agallas como para hacer nada al respecto, y sabe que tampoco si las tuviera valdría la pena convertirse en otro mártir. Sin embargo se ve catapultado, movilizado y obligado a tomar partido en una causa para seguir contando con la compañía y afecto del Anfeta, su único amigo, y de Matilde, una chica que tiene como peculiaridad un timbre voz de niñita de 6 años, que contrasta con su carácter de peligrosa activista anarquista, y que por cierto tiene a Zamboni de cabeza, enamorado hasta las patas. El plan que Matilde ha urdido y en el que involucra a los dos amigos consiste en cometer un asesinato que haga justicia simbólica en nombre de todos los oprimidos, explotados, discriminados y postergados o si se prefiere de todas las víctimas de las miles de formas de abuso permanente que produce el imperante sistema económico, político, social y en definitiva moral. El Señor Scrooge es una suerte de Mr. Burns de Los Simpson, un malvado dueño de los supermercados donde tanto Zamboni como el Anfeta consiguen un empleo temporal como reponedores. El plan del crimen se torna serio cuando consiguen contactarse con una profesional que los entrena logísticamente para llevar a cabo el asesinato, una ex integrante del FPMR que ha devenido en religiosa, una monja guerrillera. Este personaje alcanza finalmente el máximo de delirio en su constitución. Al lado de la monja guerrillera, todos los demás son diríamos de carne y hueso, factibles y verosímiles a pesar de sus esfuerzos por caricaturizarse a sí mismos.

Especial mención merecen otros personajes secundarios, como el padre, la madre y el hermano mayor de Zamboni, ante quienes es imposible no sentir ternura dada su confección realista. Separados hace poco menos de un año, la madre es una ex punk de izquierda que también depende de las pastillas para estabilizarse, mientras el padre reinicia su vida con una nueva pareja e intenta conseguirle empleos a Zamboni, empleos mínimos “para empezar de abajo” que a Zamboni le resultan humillantes. Y el Tomy, hermano mayor que tiene algo de autismo o retraso mental y que vive por lo mismo internado en una institución, también hace poco menos de un año. Y citaré una escena que me parece es lo mejor que puedo hacer para ilustrar el tenor de una parte importante de la novela:

“… con la vista en las grietas del techo, pensando en humo, gritos y fuego, apareció mi mamá. Me dio un abrazo apretado y se sentó en mi cama. Era la mañana de mi cumpleaños número 22.

– Tienes toda la vida por delante –dijo–. Y sí, es cierto que serán más los días malos que los buenos, que todo  va a costarte el triple por ser quien eres y venir de donde vienes, y que la gran mayoría de la gente que conoces y que vayas conociendo te va a decepcionar.

– Pero al final igual me voy a dar cuenta de que valió la pena haber pasado por todo esto porque la vida después de todo merece ser vivida, ¿cierto?

– Si quieres. La vida es dura y a tu edad se tiende a pensar que esta ley solo corre para el resto, y que con uno eventualmente hará una excepción. No es así. Esa fue una de las cosas importantes que aprendí.

– ¿Y la otra?

– La otra es que no es tan fácil matarse. Para eso se necesitan un par de ovarios poderosos. Y ni tú ni yo los tenemos.

– Chucha ¿cuál es la moraleja entonces?  

– No sé. Tal vez que nada importa mucho y que es una pérdida de tiempo empezar a buscar sentido o enseñanzas en el sufrimiento, porque no las hay.

– Debe ser el saludo de cumpleaños más deprimente que haya tenido nunca.

– Perdón. Yo me siento un poco torpe últimamente… sólo quería darte algo así como un consejo de vida… la idea de la felicidad es una cárcel… y yo quiero que vivas lo más libre posible…

– Gracias mamita.

Me volvió a abrazar y me dejó un billete de diez lucas en el velador. Después de eso desapareció silenciosa, dejándome solo entre la rabia, el fuego y la pena.”


No importa hacer spoiler acá, ya lo sabemos. Pero si usted improbable lector/a prefiere intentar conseguir el libro y leerlo para sacar sus propias conclusiones, prescinda de la lectura de  estas líneas finales. Yo solo insisto en que la novela me resultó divertida y entrañable. Dicho esto, concluyamos. El final del libro es, a pesar de todo, un final feliz, y resulta incómoda y relativamente predecible. A pesar de que el plan original de la Monja Guerrillera para matar al Sr. Scrooge fracasa y el entrañable Anfeta resulta muerto en ello, Zamboni y la Matilde se abrazarán y besarán poco tiempo después y lo harán tras presenciar la escena clímax previa al cierre del telón, una escena memorable en su concepto aunque quizás no tan bien lograda en su ejecución, donde el magnate y su séquito de guardianes realizan al pie de la virgen del Cerro San Cristóbal, una suerte de paródico ritual kukluxklanesco, como si el malvado millonario tuviera su propia secta permitiéndose en navidad una perversión de sumo pontífice, de suerte que se entrega rodeado de sus feligreses a la zoofilia con aves haciéndonos pensar en la surrealista Ópera Inmóvil del dramaturgo Jorge Díaz, o en los profesores de la novela Piel de gallina, del curicano Claudio Maldonado. En esa delirante situación, Matilde y Zamboni van a irrumpir para vengar la muerte de su amigo, liquidando al Sr. Srcooge con un sable tipo katana. Quedarán impunes según se nos informa mientras en la pantalla salen los créditos, dado que la prensa preferirá ocultar la vergonzosa circunstancia en que el crimen o ajusticiamiento fue cometido. Y colorín colorado.

Hay críticos literarios que dirán que una vez más estoy apostando a caballos cojos, que soy blando y doy espaldarazos y respaldo a cualquiera, que como crítico no soy confiable porque a todos les veo el lado bueno. Me importa poco. Yo pido aplausos para Rodrigo Díaz Cortéz lo mismo que para Gianfranco Rolleri. Gracias a ambos. Sus libros, los he disfrutado y con eso me basta. Espero que a ud. también.