Allá por el año 2000, Rodrigo Díaz Cortez pasó una tarde por la librería que tenía La Calabaza del Diablo en Antonia López de Bello y que yo atendía esporádicamente. Él preparaba su viaje sin retorno a España. Nadie es profeta en su propia tierra, y mi tocayo estaba empeñado en seguir los pasos de Bolaño. Tuve la ocasión de leer algún cuento suyo pero ya no recuerdo en qué revista o antología, la cuestión es que el libro que ahora comentaré es el primero que le he leído, y el ejemplar está dedicado a otro colega que considero mi amigo, Luis Alberto Tamayo, quien creo recordar lo tuvo de miembro de un taller suyo sembrándose entre ambos también un vínculo de amistad. Así, cada vez que nos hemos reunido con Tamayo nos hemos referido, aunque sea al pasar, a la injusta invisibilidad de Díaz en el panorama local, así como a su valiente arrojo para cruzar en barco el Atlántico y terminar manejando un taxi.
Tras leer esta novela he
recordado la de otro autor, que al igual que Rodrigo Díaz, luce tan poco
renombre como bastos elogios críticos, y me refiero a “Martes tristes” de
Francisco Rivas, que yo leí cerca del año 2000 en una versión de la Editorial
Mosquito, aunque la obra data de 1983 y luce ediciones en sellos como Bruguera
y Gallimard, siendo la última en la Editorial Mago (2023). Sin duda la filiación
que establezco es subjetiva, y cabrían acaso muchas otras, partiendo por todas
las que retratan el norte grande y su era dorada del salitre, desde Baldomero
Lillo hasta Rivera Letelier. Aunque creo que estilísticamente el trabajo de
Rodrigo Díaz tiene que ver con Rivera Letelier e insisto, con Rivas, más que
con algún otro. Y me refiero al uso de un lenguaje rico en imágenes, una
estructura exigente en sus desplazamientos temporales y en su pléyade de
personajes fantásticos o casi mitológicos. El tratamiento de los recursos
narrativos de Díaz es impecable, se nota que hay deleite en cada palabra y
fraseo. También podría recordarse la forma de narrar de un clásico como “El
señor presidente” de Miguel Ángel Asturias. “El peor de los guerreros” alimenta
con nutrientes sabrosos y savia limpia el retrato, o la caricatura si usted
quiere, de un ethos minero reconocible, diría incluso clásico, indesmentible,
logrando una novela entrañable hecha de muchas historias admirablemente bien
tejidas.
Lo cierto es que todos son méritos
que la crítica ya ha aplaudido. Por ejemplo en mayo del 2013 el escritor
español David Pérez Vega, en su blog “Desde la ciudad sin cines”, señaló ecos
del realismo mágico de García Márquez en la pluma de mi tocayo, concluyendo que
“Rodrigo Díaz Cortez, pese a su juventud me ha parecido un escritor muy dotado,
muy seguro en su manejo de los tiempos narrativos y con una prosa tendente al
juego metafórico muy elaborada, y al que considero destinado a que hablemos más
de él en el futuro.”
Y es que su trayectoria refrenda
todo lo anterior. Rodrigo Díaz Cortez (Santiago de Chile, 1977), vive en España
desde el año 2001, antes de marcharse de Chile publicó como autoedición el
volumen de cuentos "La taberna del vacío" (2000). Le siguió la novela
"Tridente de plata" (2008) con la que obtuvo el Premio Mario Vargas
Llosa 2007, y tras lo cual fue contactado por el influyente agente literario
Guillermo Schavelzon (que representa los derechos autorales de grandes como
Ricardo Piglia y Paul Auster). Luego vendrían las novelas "El pequeño comandante"
(Random House, 2011) y la acá reseñada "El peor de los guerreros". En
2017 publica "Metales rojos" (cuentos, Editorial Comba), y vuelve a
la novela con "Música para pistoleros" (Pre-textos, 2019) siendo
galardonado con el Premio Vicente Blasco Ibáñez de narrativa. Su último libro
es "Poeta bajo el mar" (Utopía, 2020), ganador el Premio Diputación
de Córdoba.
No obstante, ¿quién conoce o ha
leído algo de mi tocayo? Dudo mucho que si alguien pregunta en una librería por
autores chilenos contemporáneos salga su nombre a la palestra. Dirán Zambra,
dirán Labatut, dirán Andrés Montero, Carlos Tromben o Díaz Eterovic. Dirán sin
duda alguna Daniela Catrileo, Nona Fernández, Alia Trabucco, María José Ferrada,
Alejandra Costamagna, Paulina Flores, Camila Gutiérrez, Francisca Solar. Dirán
Isabel Allende, dirán Diamela Eltit, quizá Lina Meruane o Cinthya Rimsky. Pero
me distraigo, la invisibilidad de mi tocayo no es culpa de la privilegiada
atención que profesan hoy las escrituras del género femenino, ni pretendo
cuestionar esa legítima y justa reorientación del canon. Lo cierto volviendo al
punto, es que ni por si acaso dirán Rodrigo Díaz Cortez, estoy casi 100%
seguro.
Y me atrevo a pensar que algo
parecido pasa con Gianfranco Rolleri: tampoco figurará entre los autores que un
vendedor de libros mencione de buenas a primeras ante la pregunta por
narradores chilenos contemporáneos. Pero claro, estoy pidiendo demasiado y en
realidad lo que es demasiado es el número de nombres que caben en el mismo
saco. La cobertura de prensa y crítica respecto de Rolleri es prácticamente
nula, lo que lo sitúa quizá en esa extendida tribu de escritores
invisibilizados que con o sin justicia respecto de sus escrituras, son arbitrariamente
considerados algo así como unos advenedizos en la élite literaria nacional, en sus
circuitos liguriescos y cenáculos universitarios. Huelga decir que no obstante
lo anterior, Rolleri ha sido guionista de televisión y tiene varios libros
publicados, participó en talleres con Poli Délano y con Enrique Symns, y nos
conocimos siendo ambos evaluadores de proyectos para las Becas de Creación del
Fondo del Libro, en la categoría cuentos, entre el año 2013 y el 2018 o por ahí.
Quizás fue entonces me regaló su libro, porque la verdad no recuerdo cómo llegó
este ejemplar a mis manos, pero sí recuerdo que me parecieron acertadas sus
observaciones como colega evaluador en aquella instancia. De cualquier manera,
al igual que con Rodrigo Díaz Cortéz, “Siete películas antes de matar al señor
Scrooge” es lo primero y único que hasta ahora he leído de su obra. Y he
quedado tremenda y gratamente satisfecho y sorprendido.
Especial mención merecen otros
personajes secundarios, como el padre, la madre y el hermano mayor de Zamboni,
ante quienes es imposible no sentir ternura dada su confección realista. Separados
hace poco menos de un año, la madre es una ex punk de izquierda que también
depende de las pastillas para estabilizarse, mientras el padre reinicia su vida
con una nueva pareja e intenta conseguirle empleos a Zamboni, empleos mínimos “para
empezar de abajo” que a Zamboni le resultan humillantes. Y el Tomy, hermano
mayor que tiene algo de autismo o retraso mental y que vive por lo mismo internado
en una institución, también hace poco menos de un año. Y citaré una escena que
me parece es lo mejor que puedo hacer para ilustrar el tenor de una parte importante
de la novela:
“… con la vista en las grietas del
techo, pensando en humo, gritos y fuego, apareció mi mamá. Me dio un abrazo
apretado y se sentó en mi cama. Era la mañana de mi cumpleaños número 22.
– Tienes toda la vida por delante –dijo–.
Y sí, es cierto que serán más los días malos que los buenos, que todo va a costarte el triple por ser quien eres y
venir de donde vienes, y que la gran mayoría de la gente que conoces y que
vayas conociendo te va a decepcionar.
– Pero al final igual me voy a dar
cuenta de que valió la pena haber pasado por todo esto porque la vida después
de todo merece ser vivida, ¿cierto?
– Si quieres. La vida es dura y a
tu edad se tiende a pensar que esta ley solo corre para el resto, y que con uno
eventualmente hará una excepción. No es así. Esa fue una de las cosas
importantes que aprendí.
– ¿Y la otra?
– La otra es que no es tan fácil
matarse. Para eso se necesitan un par de ovarios poderosos. Y ni tú ni yo los
tenemos.
– Chucha ¿cuál es la moraleja entonces?
– No sé. Tal vez que nada importa
mucho y que es una pérdida de tiempo empezar a buscar sentido o enseñanzas en
el sufrimiento, porque no las hay.
– Debe ser el saludo de cumpleaños
más deprimente que haya tenido nunca.
– Perdón. Yo me siento un poco
torpe últimamente… sólo quería darte algo así como un consejo de vida… la idea
de la felicidad es una cárcel… y yo quiero que vivas lo más libre posible…
– Gracias mamita.
Me volvió a abrazar y me dejó un
billete de diez lucas en el velador. Después de eso desapareció silenciosa, dejándome
solo entre la rabia, el fuego y la pena.”
No importa hacer spoiler acá, ya lo sabemos. Pero si usted improbable lector/a
prefiere intentar conseguir el libro y leerlo para sacar sus propias
conclusiones, prescinda de la lectura de
estas líneas finales. Yo solo insisto en que la novela me resultó
divertida y entrañable. Dicho esto, concluyamos. El final del libro es, a pesar
de todo, un final feliz, y resulta incómoda y relativamente predecible. A pesar
de que el plan original de la Monja Guerrillera para matar al Sr. Scrooge
fracasa y el entrañable Anfeta resulta muerto en ello, Zamboni y la Matilde se
abrazarán y besarán poco tiempo después y lo harán tras presenciar la escena
clímax previa al cierre del telón, una escena memorable en su concepto aunque
quizás no tan bien lograda en su ejecución, donde el magnate y su séquito de
guardianes realizan al pie de la virgen del Cerro San Cristóbal, una suerte de paródico
ritual kukluxklanesco, como si el malvado millonario tuviera su propia secta permitiéndose
en navidad una perversión de sumo pontífice, de suerte que se entrega rodeado
de sus feligreses a la zoofilia con aves haciéndonos pensar en la surrealista
Ópera Inmóvil del dramaturgo Jorge Díaz, o en los profesores de la novela Piel
de gallina, del curicano Claudio Maldonado. En esa delirante situación, Matilde
y Zamboni van a irrumpir para vengar la muerte de su amigo, liquidando al Sr.
Srcooge con un sable tipo katana. Quedarán impunes según se nos informa
mientras en la pantalla salen los créditos, dado que la prensa preferirá
ocultar la vergonzosa circunstancia en que el crimen o ajusticiamiento fue cometido.
Y colorín colorado.
Hay críticos literarios que dirán que una vez más estoy apostando a caballos cojos, que soy blando y doy espaldarazos y respaldo a cualquiera, que como crítico no soy confiable porque a todos les veo el lado bueno. Me importa poco. Yo pido aplausos para Rodrigo Díaz Cortéz lo mismo que para Gianfranco
Rolleri. Gracias a ambos. Sus libros, los he disfrutado y con eso me basta. Espero que a ud. también.
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