Historias limítrofes, de Roberto Flores Salgado
y Nombres de mujer, de Gustavo González Rodríguez
Gustavo González Rodríguez (1946)
es un destacado periodista que suma a su trayectoria en medios chilenos como
Análisis, La Época, La Nación o El Mostrador, una carrera docente que incluye
el haber sido director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile,
y el honor de ser para decenas sino cientos de colegas periodistas, un
referente que dejó una huella indeleble en la formación de sus habilidades
escriturales. Me consta en ese sentido que Gustavo es, como lo fuera Rolando
Rojo Redolés, un maestro querido que será siempre recordado por quienes
tuvieron la suerte de ser sus alumnos/as, siendo particularmente significativa
su impronta de redactor lúcido, hábil cocinero de la palabra y gran gambeteador
del lenguaje literario. Puesto que eso es el periodismo, un género literario,
Gustavo también, cómo no, tiene una obra paralela como narrador, y éste
“Nombres de mujer” es su penúltimo compendio de cuentos, publicado por la
editorial La Calabaza del Diablo en el 2016. Este año 2026 acaba de publicar hace
muy poco y con el mismo sello, “Amores contrariados”, otro conjunto de relatos.
La niña Águeda es una menor de edad que vive bajo la tutela de un viejo que regenta una posada de mala muerte, donde ahogan penas y alegrías los escasos parroquianos que peregrinan hacia ninguna Meca, y donde se da alojamiento transitorio a quienes requieren de los clandestinos servicios de alcoba de una antigua empleada de la posada, que presuntamente está iniciando en el mismo oficio a la niña Águeda. Al menos esa es la sospecha del prefecto de policía, que por eso se ha permitido retener en su casa a la menor y le ha mandado el recado con a dos agentes al viejo posadero. Loica la metalera, es la cantante de una banda de rock que toca en tugurios de bajo fondo y que tiene la mala idea de un día darle un beso y seducir a un joven rugbista universitario, alto y musculoso, con quien saciará un capricho de sábanas que le costará literalmente la vida. Uberlinda y Ely son el amor platónico la una, y la compañía carnal cotidiana la segunda, de un joven que comete el error de empezar a trabajar para un narcotraficante. Caerá preso y soportará estoico las vejaciones de la cárcel, sin delatar ni entregar a su jefe, siendo recompensado tras cumplir su condena por ello. Sin embargo, cobrará venganza en nombre de aquél amor platónico traicionado al descubrir que Uberlinda lejos de su ideal de niña bien, es la consorte del mentado traficante; y al verse abandonado por la gorda Ely que se marchará con el que fuera su amigo de andanzas prostibularias antes de caer preso.
Dejo hasta ahí el spoiler, que ya
es bastante. Hay por cierto mucho más. Son 20 cuentos en total, 10 con
protagonismo femenino, sustento de los nombres de mujer que anuncia el título
del libro, y 10 que conforman una segunda categoría innombrada, que operan como
bisagras o intersticios. Porque las historias como las 3 que he mencionado, se
van alternando con otros relatos de menor envergadura o de menor ambición,
textos que son como esbozos o escenas sueltas, cuando no simplemente
micro-cuentos sustentados en juegos de palabras y en divertimentos
humorístico-poéticos. De manera intercalada se van sucediendo unos y otros,
dotando de ritmo propio al libro.
Si he mencionado a Rolando Rojo
Redolés, no es entonces sólo porque comparten con Gustavo González el podio de
los maestros entrañables. Es porque también encuentro cierto parentesco en
forma y fondo entre sus obras. Pero también podría haber mencionado en ese
mismo sentido a José Leandro Urbina. Hablo de una tradición cuentística y
novelesca que se nutre de historias y anécdotas propias de un mundo anterior al
deprimente apocalipsis zombi actual, y que se imbrica con el ingenio de la
picaresca local. Los cuentos de Gustavo González dibujan personajes atravesados
por el dolor de una existencia sin esperanzas, mayoritariamente desabrida y
mediocre, apagada por la falta de destinos luminosos, gente común y corriente,
llena de problemas y angustias, sobrecogedoramente agobiadas por sus propios
defectos y limitaciones, abusadores y abusadas sin horizonte alguno, peones desorientados
de un ajedrez en que blancas y negras han puesto lejos de todo riesgo a sus
jerarcas, pelagatos que a pesar de todo ello se nos presentan desde una mirada
risueña y juguetona, enfrentándonos a una tradición de humor negro
característicamente chileno. Por ejemplo el delirante “Percance ferroviario”
que en la última página y media del libro, se permite plantear un accidental
coito y embarazo automático producto de un violento frenazo. Como lectores
entendemos que el autor no espera cerrar el compendio desatando el grito de
¡albricias! en la crítica literaria, sino más bien despedirse dejándonos con
una sonrisa que traduzca algo de complicidad. Pienso que quizás no es un libro
y una narrativa apta para la policía moral de los nuevos tiempos, quien exija
pruebas de blancura en materias de género por ejemplo, debería sospechar -desde
el título mismo- que hay una asumida violencia hacia las mujeres que no es sino
el espejo de la asumida violencia de la realidad.
Ahora, ¿qué puedo decir de “Historias
limítrofes” del profesor Roberto Flores Salgado? Se trata de un compendio de 10
cuentos presentados numeradamente bajo el rótulo de “historias”. Así, se da
inicio con la “Historia Uno: Plan Harakiri”, que siendo quizás el más ambicioso
de los cuentos, desarrolla un argumento policial con un interesante manejo de
la intriga y un entretenido abanico de personajes. Le seguirán otros relatos
todos más breves, donde se nos va pintando no sólo esa fronteriza condición, o si
se quiere el trauma de ser tan chilena como peruana en su origen, de ser tierra
de constante presencia policial y militar; sino que también se hace nítida una
época, que a grandes rasgos es la dictadura militar. Es la Arica de los años 80
la que se dibuja, cuando la Ciudad de la Eterna Primavera no caía en la narco-miseria
de manera definitiva rodeada por las zonas francas y los centros comerciales libres
de sus dos ciudades vecinas. Esa Arica que al lado de la Tacna peruana de los
80, exhibía el contraste de un balneario limpio, amable y familiar en Chile,
versus una desordenada y sucia Tacna bullente de un comercio tránsfuga
conviviente cómplice de la delincuencia y prostitución, en un paisaje casi
árabe de caóticas callecitas sin asfalto ni sombra verde.
Esa nostalgia por una Arica que de todos modos lucía sus contrastes, su eternamente complicada relación intestina con el Perú, con su herencia aymara y negra, pero que le daba espacio al amor y al desamor bajo el imponente morro frente al mar, es el telón de fondo de las primeras 7 historias, donde se evocan épocas pretéritas y lugares remotos a manos de personajes más viejos, al tiempo que se deslizan las dificultades y peligros del tenso presente, del siempre latente conflicto fronterizo. Hermanos del primer relato, tenemos la historia de un estudiante pobre, ariqueño, que se sube como mochilero a un bus con otros estudiantes universitarios pero de situación mucho más acomodada, dedicándose a robarles algo de comida a escondidas hasta que es descubierto y como escarmiento lo entregan a la policía peruana; y la historia de un militar peruano que en medio de una borrachera le da la orden a un soldado de cometer una afrenta en el Morro de Arica, en un despropósito que acarrea un conflicto político y militar mayor. Luego hay otros cuentos que son a veces más bien como anécdotas o esbozos donde el amor es el protagonista: una mujer que escribe el horóscopo del diario mientras se enamora de un agente de la CNI, dos ancianos que caminan de la mano, dos amigos que se descubren engañados por sus mujeres, una pareja de adolescentes que pierde la virginidad y son descubiertos infraganti.
Sin embargo los puntos más altos
del volumen se alcanzan, a mi parecer, en el tercio final, donde la exposición de
anécdotas y tramas, cede paso a un tono más íntimo reflejado incluso en el uso
de la autobiográfica primera persona y la poética segunda persona. Y me estoy
refiriendo a la “Historia Ocho: Mirados por el Sol”, donde un emotivo hablante
se dirige al nieto de un esclavo negro traído desde África al puerto peruano de
Callao y llevado luego al valle de Azapa en el norte chileno. El texto se
sostiene en esa voz que narra rescatando la vida del abuelo, en una a la postre
arenga que ensalza el doloroso origen de la raza negra. Pero para que se haga
usted una mejor idea, cito un fragmento: “Los
chilenos han ganado la guerra, hijo. Y lo más probable es que nos quiten las
tierras, los animales, todo lo que hemos construido nada más que con esfuerzo.
Ellos piensan que somos peruanos, pero no. Nosotros somos negros y a mucha
honra. Querrán que olvidemos nuestras raíces y los episodios más amargos que
felices de nuestra historia, para que adoptemos su escuálida nacionalidad. Pero
sabrán que los negros tenemos el sufrimiento por fuerza y la opresión por
oportunidad. Nada nos podrá borrar del mapa y de las páginas de la historia,
pues tarde o temprano nuestra sangre, desde la tierra reclamará. Por eso usted
que es más joven que yo, nunca se avergüence del color que lleva puesto, ya que
como decían mis antepasados, llevamos la huella en la piel porque el sol nos ha
mirado. Prepárese para defender, hijo, los chilenos ya han cruzado el río.”
Y la “Historia Diez: La frontera
de mi corazón”, que es el texto que más me ha emocionado. Acaso porque yo viví
y conocí esa Arica de la que estamos hablando, y comparto recuerdos de infancia
en esa época, siendo el autor apenas un par de años mayor que yo. Mi familia es
del sur peruano y yo solía atravesar por tierra la frontera cuando con mi madre
viajábamos a ver a los abuelos en Arequipa. De modo que lo narrado por Roberto Flores
me identifica plenamente y recuerdo al igual que él, cómo la televisión peruana
parecía una novedad, la estación Panamericana y sus programas y dibujos
animados diferentes a los que la dictadura militar transmitía en la tv chilena.
Recuerdo el remedo patético de los Sábados Gigantes de Don Francisco, que se
llamaba Trampolín a la Fama, y conducía un Augusto Ferrando tanto o más
despiadado y maltratador que Mario Kreutzberger, y que incluso tenía su propio
Mandolino y su propia Cuatro Dientes, el negro Tribilín y la Gringa Inca, que
como recuerda Roberto Flores era “una gringa maceteada que hablaba como Tarzán”.
Esas memorias son un código.
Hay entonces un modo de pintar,
un modo de rescatar y hacer visible un lugar de enunciación. Roberto Flores
Salgado se plantea desde su morenidad, desde su gentilicio mestizo, rebatiendo
la versión oficial de un Chile sin negros, rebatiendo el discurso de odio
parido al peruano, arcano con el que no comulga gran parte de la población de
esas provincias donde siempre se hermanaron y casaron entre sí peruanos,
chilenos y aún bolivianos.
Me parece que en este sentido hay
un trabajo que distancia a Roberto Flores Salgado de lo que con mucho más vitrina
y reconocimiento han hecho Daniel Rojas Pachas y su revista y editorial
Cinosargo, y la editorial Aparte de Rolando Martínez Trabucco. Estos dos
emprendimientos emblemáticos en el campo literario, posicionaron una vigorosa escena
nortina desde el 2010, identificándose con la imagen de una Arica mucho menos
nostálgica y más cercana a la realidad actual de la ciudad fronteriza, marcada
por la narco miseria y atravesada por problemáticas más contemporáneas.
Todo esto es coherente con la aparentemente
central preocupación de Roberto Flores Salgado, quien aún teniendo varios libros
publicados, como autor cultiva un muy bajo perfil. Es un escritor que sigue el difícil
camino de la autoedición, asume los riesgos y paga los costos a veces notorios de
no contar con un profesional riguroso como editor; acaso porque su principal dedicación
es como buen profesor, el fomento lector y particularmente el rescate y
difusión de la memoria histórica de Arica, a través de un canal en Instagram, Facebook
y TikTok, donde está constantemente subiendo contenido con biografías de
personajes históricos olvidados, o crónicas de sucesos también remotos y poco
recordados, alimentando con material muy interesante y valioso el patrimonio
local. Algunos de sus libros se pueden descargar desde su blog www.laletramata.blogspot.com.