24 de mayo de 2025

Reapertura de un BLOG hace más de una década muerto

Hoy es sábado 24 de mayo del 2025 y he decidido volver a escribir en este blog.

Desde la última vez que ingresé acá, ha pasado una pandemia, un estallido social y un proceso constituyente fracasado. Ni el país ni el mundo son el mismo. Y mi propio acontecer también cambió en 180 grados. Me divorcié tras 17 años de una relación que me hizo crecer y madurar y de la que estaré agradecido por el resto de mi vida, avergonzado por haber sido un cobarde que no fue capaz de dar de vuelta el inmenso amor que recibió. Atormentado por la posibilidad cierta de ser acusado por mis comportamientos abusivos machistas, me sometí a terapias de diversa índole, pasé un año entero sin tomar una gota de alcohol, y decidí cambiar, rescatar lo que quedara de nobleza en mí como ser humano. Murieron una amiga y un amigo de mi edad y mis círculos sociales se redujeron de cientos a los que puedo contar con mis dedos. Hoy tengo 49 años y un hijo de 3. Vivo en La Florida, cerca de mis padres y suegros. Estoy trabajando desde hace 3 años como librero.

Iré subiendo acá mis notas de lectura, mis reseñas de libros. Básicamente eso.


20 de diciembre de 2012

Fin del Mundo




Nunca le presté importancia ni atención a estos cantos de sirena. Uno ya sabe qué intención hay detrás de quienes se ponen a pregonar la estupidez en cualquiera de sus formas. Uno ya ha vivido profecías de acabo de mundo. Pero por alguna razón, esta vez sí le presté preocupada atención, acaso porque dentro de mi propia familia algunas personas, profesionales, con magíster y doctorado incluso, tuvieron la mala idea de comentar conmigo que los mayas, que el cierre de un ciclo astral, o no sé qué más.

Se dijo que la NASA dijo esto y aquello, que efectivamente hay un alineamiento planetario, que el corazón de la galaxia cuando no del universo. Dígame alguien si alguna vez la NASA ha dicho algo. ¿Alguien puede certificar que la NASA “habla”, es decir, emite comunicados oficiales? Nunca, jamás nadie ha podido establecer que lo que se supone dice la NASA efectivamente haya sido dicho por esa entidad, desde la supuesta autopsia a un marciano hasta el supuesto montaje de la llegada a la luna­. Si hay algún astrónomo o un físico leyendo estas palabras le ruego comente y haga la luz. Pero hasta donde uno sabe, depositando en la ciencia lo que llamamos fe los pobres mortales, parece evidente que la NASA no se va aponer a confirmar o desmentir lo que derechamente cabe en el plano de la superstición.

Yo lo único que quiero recordar es a quién sirve que la estupidez, la ignorancia y el miedo nos gobiernen. Me valdré entonces de una imagen, una anécdota sobre el oscurantismo lamentable en el que muchos viven aún.

Estaba yo en el Serviu para informarme de cómo funciona el sistema y eventualmente postular a un subsidio para comprar una vivienda, y haciendo la fila eterna pude oír un conmovedor diálogo entre dos mujeres, dos pobladoras de campamento probablemente, gente pobre, una de 35 años y la otra de unos 50, así al ojo. La menor le abría los ojos a la mayor:

-          Sabe que haciendo la tarea con mi hijo el otro día, supe que nuestro planeta se llama Tierra pero está hecho principalmente de agua?
-          No me diga?
-          Sí pues. Si el mar es más grande.
-          Ah de veras, el mar….
-          Exactamente, el mar es más grande que la tierra. Ahora dígame, porque esto es lo que yo me puse a pensar: ¿cómo es que la mar no se mete a la tierra? ¿cómo es que si el planeta es pura agua, no nos hemos inundado, y cuando llueve no queda la embarrá? ¿qué fuerza hace que el agua no se nos meta?
-          De veras…
-          Es más. Mire, ¿ve que el planeta está en el universo? Dígame: ¿qué fuerza hace que el agua no se salga del planeta? ¿y qué fuerza sostiene al planeta en el universo para que el planeta no se caiga? Dígame, qué fuerza cree usted que hace esas cosas.
-          No sé…
-          Dios pues.

Me dio una enorme pena lo que pudiera resultar de esas mujeres, enfrentadas como yo aquella mañana a funcionarios de un sistema que les hablarían en un lenguaje técnico, administrativo, procedimental. Pero más pena me dio el crudo testimonio de un oscurantismo que no puedo catalogar sino de medieval. Ese nivel de ignorancia.

Por supuesto hay autores y cómplices. El poder, como en la antigüedad, sigue residiendo en 2 arquetipos de casta, los que están casi en la cumbre de la pirámide, los jerarcas: sacerdotes y militares. Sobre ellos, sólo el nuevo dios: el dinero, la Banca, el FMI, los empresarios.  Y debajo de estas 3 tipologías poderosas, el aliado clave: los medios de comunicación. Cada vez que un periodista se limita a “hacer su trabajo” sin cuestionar lo que su entrevistado dice, se hace cómplice. Si el gobierno dice que desde ahora la tierra es plana, ¿puede el periodista limitarse a decir “el Gobierno informó que desde ahora la tierra es plana”? Eso es lo que hacen. Se supone que son profesionales, pasaron por la universidad, saben qué cosa es científicamente cierta y qué es charlatanería barata. ¿No deberían desenmascarar al mentiroso? Deberían. Pero un periodista, solo, no puede, pierde su trabajo. Se necesitaría un medio, una consciencia y ética extendida entre los periodistas, un frente. Pero como ya dijimos, el Dios se llama dinero. Y mejor no molestar a Dios, porque si quiere, mañana el planeta Tierra se cae al suelo.

Me quedo finalmente entonces, con un este poema de mi amigo Jaime Pinos:


Ha vivido toda su vida en el mundo del fin del mundo. 
Una época que pasa entre uno y otro apocalipsis. 
Hace unos meses, el cometa Elenin. 
Una gigantesca masa de roca y hielo en viaje hacia el centro del sol. 
Su alineación con la tierra provocaría el desastre. 
Explosiones solares, cambios en la órbita lunar, terremotos, erupciones volcánicas. 
Pero el mundo no se acabó. 
El cometa fue apenas una ráfaga de luz al telescopio. 
Ahora, las profecías mayas. 
2012. El año del fin.
Pero los códices mayas no hablan de un tiempo de muerte.
Hablan de un tiempo de renovación y claridad.
Ha visto en la televisión un programa 
donde unos tipos explican cómo construyeron sus búnkers 
para cuando el capitalismo colapse 
o la radiación haga inhabitable la superficie del planeta.
También ha visto un comercial de cerveza cuyo eslogan dice 
bienvenidos al último verano, el mejor verano del mundo. 
Ha visto toda su vida el espectáculo del fin del mundo.
Seguramente, no verá el fin del mundo del espectáculo.
No importa. 
Nunca ha creído en todo eso.
El mundo no se acaba.
El gato maúlla pidiendo su comida. La hija juega a tironearle la cola.
La mesa está puesta. Pronto llegarán los parientes a celebrar el año nuevo.
Vendrán los abrazos, los brindis, los deseos de buena fortuna.
Celebrarán como si no existieran cometas, ni profecías, ni búnkers.
Como si nunca fueran a acabarse los veranos.
Como si fuera posible un nuevo tiempo 
de renovación y claridad. 
Aprender a escribir en el Ahora.
Superar la superstición de la Posteridad.
El sol se va a apagar, eso es seguro.
Virgilio desaparecerá. El Dante desaparecerá.
Shakespeare desaparecerá. Cervantes desaparecerá.
Lo que escribimos, si acaso, serán huellas, marcas borrosas
para ser leídas en las piedras por los arqueólogos del futuro.
El futuro no existe. El futuro es el lugar adonde nunca se llega.
No se puede escribir allí.
Hay que aprender a escribir en el Ahora.
Kairós, decían los antiguos griegos.
La vida es ésta. Historia es este momento.
Cualquier día de éstos, cada día, es un día histórico.
La poesía sucede de un momento a otro.
Se cuela por los entresijos de la vida cotidiana
como la luz del sol que a través del ramaje tupido de las copas 
ilumina el corazón mudo del bosque.
Como esa luz, ese otro tiempo que es la poesía
entra en el tiempo perdido del trabajo alienado y los relojes,
ese ramaje que no deja ver el sol. 
La poesía entra en ese tiempo y lo aclara. 
Nos hace visible su fugacidad, 
nos muestra la fulguración de cada instante,
cada palabra, cada gesto, cada silencio.
Y se apaga. Se extingue en la oscuridad
de eso que llaman la Vida Real.
Se escribe contra la muerte, eso es real.
La poesía es esa breve luz que nos lo recuerda.
La vida es ésta. Historia es este momento.
Aprender a escribir en el Ahora.
Aprender a decir la palabra justa, justo a tiempo. 
Hacer lo necesario para estar ahí 
cuando la vida es radiante
y pasa volando ante nuestros ojos
como una luciérnaga que atraviesa el bosque 
y se pierde entre la noche y la nada.






30 de noviembre de 2012

a propósito de la Teletón... un cuentillo antiguo de este servidor



Tres anécdotas ortopédicas


por Rodrigo Hidalgo M. 
(versión actualizada del cuento publicado en la revista La Calabaza del Diablo, el año 2002)


Ahora que escribo esto, ocurre que no me cuesta tanto la dolorosa torpeza de mi índice de la mano izquierda. Me lo esguincé jugando de arquero y desde entonces he estado sin poder jugar a la pelota. Para alivio de algunos cuántos, no podré tocar la guitarra por un tiempo. Pero no por haberme malogrado algunas falanges voy a pretender entrar al tema tratando de aparentar una comprensión “en carne propia”. Tan patudo no soy. La conexión es acaso pedestre y tiene que ver con cierto humor negro con el que nos descoyuntamos de la risa tras la mencionada fatídica pichanga, de modo que es probable que alguno encuentre bien hideputa todo lo que viene. Pero como dijo el grajo, mejor vamos al grano.

Aquella vez, después de cambiar las zapatillas por zapatos, y por mi parte con el dedo improvisadamente entablillado, salimos el conjunto de deportistas con destino al correspondiente tercer tiempo. Para el lector lego aclararé de inmediato que el baby fútbol se juega, desde que yo lo conozco, de esa y no otra manera: con un tercer tiempo en el cual se dirime el resultado del encuentro, y que, por supuesto, se juega en el boliche más cercano. Así que ahí estábamos, en el tradicional Donde Bahamondes, cuando narré de esta manera la siguiente aventura.

Se lanzaba un libro o una revista, no vamos a esclarecer nimiedades, y era en otro bar este poético acto. La noche no prometía mucho, el público se fue yendo más que temprano, y antes de la una de la mañana estábamos los de siempre dispuestos a matar el último botellazo. En ese momento nos percatamos de una pareja de borrachísimos parroquianos que, en una extraña mesa, constituían la preocupación de la garzona, del cocinero y del dueño del restorán. El uno tenía un brazo postizo, más bien lo que se llama un garfio. El otro lucía una pierna ortopédica, dicho en crudo, una pata de palo. Diríase que entre los dos no se armaba uno bueno y sano. Hablaban elevando la voz en demasía y a todos los concurrentes nos decían algo, con ese idioma incomprensible que en la lengua te pone el trago. Un poco fastidiados por este hecho, y por la demora de cierto amigo que no llegaba con su siempre portentosa marihuana, decidimos emigrar. Los hombres de extremidades ortopédicas nos siguieron, o tal vez fueron inmediatamente expulsados del recinto, eso no estaba claro. Lo que vimos ya estando afuera del local es que el que carecía de un fémur dio unos torpes y desafortunados pasos mal apoyado en sus muletas, más bien dio tres elocuentes saltos, rápida y descoordinadamente, no logró mantener un mínimo equilibrio, su extremidad postiza giró por los aires, alocadamente y en todos los sentidos posibles, volaron las muletas y anteojos, y el ciudadano azotó su cuerpo y cara contra el pavimento. El que suponíamos era su amigo miró el hecho con una sonrisa etílicamente boba, afirmando con su garfio aún un vaso. Germán se acercó para atender al que quedó tendido en el suelo, que tenía ostensibles problemas para incorporarse. Pero acaso perturbado por la escena y el alcohol consumido, nuestro amigo casi cometió el agravante de pisar los anteojos del lisiado. Me di cuenta yo de esto y alcancé a tomar cartas en el asunto. Fue de esos momentos inapropiados en que un traicionero sentimiento de humanidad se apodera de uno. Ayudé al cristiano, sangraba profusamente, tenía un corte en la ceja, de los que lucen los boxeadores. Lo limpié con un par de pañuelos desechables. El tipo se sacó los pantalones y exhibió unos correajes y fajas tratando de colocarse la pierna ortopédica con una impericia prodigiosa. Germán increpaba al del garfio por mal amigo y de paso le pedía que le convidara un trago. La situación era dantesca, diría más tarde Jaime. Al cabo de algunos minutos sin lograr encajar en el muñón del muslo la prótesis, comencé a impacientarme. El hombre entonces hizo algo que desmovilizó mi humanista conciencia solidaria. Se tocó la ceja sangrante y tras mirarse la mano manchada, se limpió en mi abrigo, en mi hombro que lo sostenía y en la solapa de mi pecho. Lo senté en la vereda, en calzoncillos y luchando con sus arneses, y regresé algunos metros más allá, pidiendo que de una vez por todas nos largáramos a mis amigos que miraban con estupor el cuadro. Germán se despidió estrechando sus cinco dedos de carne con los tres metálicos del otro personaje. Lo último que vimos fue que éste, el del garfio, se despedía a gritos de nosotros levantando con su mano buena, a modo de quien agita un pañuelo, la pierna postiza del cojo.

Tras narrar esta anécdota, se instaló entre los contertulios del Bahamondes, un airecillo risueño y nervioso a la vez: estábamos ad-portas de que se iniciara en todo el país una tradicional celebración del morbo y la sensiblería barata, una televisada colecta de dinero de 3 días en beneficio de niños discapacitados, conocida como “Teletón”. Un negocio enmascarado, obviamente. Con sus detractores y todo, el tema resultaba delicado, era fácil herir susceptibilidades. El Negro aportó entonces, quizás con la torpe intención de relativizar nuestro ánimo sarcástico, una nueva historieta:

Mi ex novia, Ana, ¿la recuerdan? Exacto, la del bastón. Tenía una ligera displasia de caderas. Bueno, en las postrimerías de nuestra relación me tocó acompañarla a hospitalizarse, para someterse a la operación que a la postre la liberaría de las muletas. Entonces conocí a un tullido de cuyo nombre jamás me voy a olvidar. Previsto Vargas. Era un tipo de unos 50 años que estaba en la misma habitación que Ana. Eran 2 camas destinadas a los pacientes “en tránsito”, vale decir a los recién ingresados o a los que estaban a punto de ser dados de alta. Ni bien Ana quedó instalada, este tipo saludó cordialmente y se presentó. Previsto Vargas, separado, ex chofer de micros y recientemente cartero, de un día para otro había quedado paralítico de su pierna derecha comenzando una travesía homérica de exámenes y medicaciones sin que se pudiera aún identificar la raíz de su problema. Casi vivía en esas camas “en tránsito”: era diabético y sufría del corazón, de modo que siempre lo estaban trasladando de traumatología a neurología o a cardiología. Llevaba la conversación –o monólogo- con un interés o con una ansiedad que me harían pensar más tarde si acaso el hombre no estaba en el fondo gritando de pavor. Como si hubiésemos entrado en una confianza digna de añosos amigos, agregó risueño y dirigiéndose ahora a Ana, que cualquier cosa mija se la pidiera a él no más, que se sabía todas las “papitas” del hospital: soy cartero, soy sapo profesional, explicó. Y detalló cuánto ganaban las enfermeras y cuánto los paramédicos; cómo lo hacían los pasantes y practicantes para ir al baño y comer en un régimen que los obligaba a trabajar 12 horas de turno sin descanso ni remuneración alguna; de lo simpáticas que eran las estudiantes de enfermera de tal universidad, que justo tendrían turno esa noche en traumatología; y finalmente de la sospechosa relación de la nutricionista con el enfermero jefe, un verdadero latin lover. En ese momento entró una enfermera y recabó información de rutina, tomó la presión y temperatura a Ana y luego le preguntó otros datos. Su peso y preferencias alimentarias, si iba al baño con regularidad o no. Me perturbó saber que Previsto estaba atento a todo ello. Al mirarlo constaté que estaba pendiente de la transparencia del delantal de la enfermera. Entones me miró con complicidad y guiñó un ojo. Mi pensamiento entonces se dirigió a averiguar con qué velocidad podía Ana ser trasladada a otra habitación. Como si hubiese leído mi mente, la enfermera señaló a continuación que pronto iban a derivarla a traumatología, donde se liberaba una cama en el transcurso de la tarde.

No acabábamos de reírnos de buena gana cuando el “Chico” César aprovechó la nueva ronda de cerveza diciendo: yo tengo una mejor. E inmediatamente nos preguntó si sabíamos lo que es un espástico. Ni idea. Espásticos son los que se mueven así, dijo César, y se movió como si tuviese el mal del sambito o algo por el estilo. Supongo que es un problema neurológico, del sistema nervioso central, de no control muscular o algo así. Una enfermedad terrible. En realidad un lector prudente buscará un diccionario para saber con precisión lo que es un espástico, yo me remito a contar el cuento. Dijo César:

Iba solitariamente sentado en un asiento de los de adelante en la micro, cuando al pasar por Alameda con Av. Las Rejas, unos tipos subieron en silla de ruedas a un espástico. Lo acomodaron al lado mío y dijeron al chofer algo que no entendí bien pero que incluía calle Maipú y “una casa en Compañía”. Era claro que el enfermo no podría descender por sus propios medios, y que alguien debería convertirse en el buen samaritano. Pues bien, lo ví venir, esperé que ése alguien no fuese yo, que ése alguien se sentara adelante, al otro lado, atrás mío. No fue así. Cuando ya la micro iba pasando Maipú con Compañía, la moral revolucionaria que nos han inculcado nuestros padres, me hizo decirle al chofer: pare, pare, este compadre se baja aquí. Así que ahí estaba, con el espástico en silla de ruedas y una misión inaudita producto de la poca prisa que tenía aquella mañana de aburridas diligencias. Me dije, bueno, hagamos lo que hay que hacer con el mejor ánimo. Encaré al hombre tratando de descifrar su destino: ¿a dónde va compadre? Su respuesta fue una serie de movimientos y gestos que reflejaban su esfuerzo por comunicarse conmigo. Balbució finalmente un incomprensible: “mmghfffmmghfffUTHA!!!”. Imaginé que el señor iba o al hospital o a alguna casa de reposo de las que hay por el sector. Emprendí la marcha en busca de alguien que conociera al espástico. Pregunté aquí y allá. Cada vez que nos decían “no, no es de aquí”, el también decía “no” moviéndose entero de un lado a otro. Entonces yo volvía a preguntarle ¿a dónde vas? Y el volvía a balbucear “mmghfffmmghfffUTHA!!!”. Tras una hora paseando por la Quinta Normal, la parroquia más cercana y los centros asistenciales, mi moral revolucionaria se había esfumado. Lo último que hice fue tocar la puerta de una casa cualquiera, con la intención de traspasar la responsabilidad. Una señora me atendió y luego de escucharme (sabe, igual llevo una hora y me estoy retrasando demasiado ¿usted no sabe de dónde puede ser este caballero?) comenzó a intentar lo que yo ya había intentado hasta el cansancio. La respuesta seguía siendo “mmghfffmmghfffUTHA!!!”. Su comentario me pareció insulso: qué maldad, cómo lo suben así a la micro. Luego la señora se excusó con que se le quemaba el almuerzo y cerró la puerta definitivamente. Miré al espástico con la cara más elocuente que pude. Supongo que el tipo debe haberse sentido pésimo, peor que yo, no lo sé. Era en realidad una circunstancia que no se la doy a nadie, viejo. De pronto, en una iluminación divina, comprendí sus movimientos. Reparé en que tenía un papel arrugadísimo y sudado en una mano. No me digas que... Le abrí el puño sintiéndome un tarado y leí el papel: “calle Maipú, casa de damas de compañía”. Demoré un instante en comprender. Miré nuevamente al espástico y no conteniendo mi sorpresa exclamé “¿¡vai a putas!?”. El espástico repitió entonces su “MGFUTHA!!! UTHA!!! UTHA!!!” con evidente alegría, saltando en la silla de ruedas. Me dirigí sin más demora a uno de esos cités que al inicio de calle Maipú ostentan la triste fama de ser de los lenocinios más baratos y peligrosos de Santiago. No lo podía creer, pero después de pensarlo, ya en el camino directo, me dije: de más que sí poh, por qué no, si el loco es persona y obvio que necesita culiar. Entonces le pregunté que quién era el irresponsable que lo mandaba así a putas. Esta vez fue claro: “apá”. No crucé ni siquiera una palabra con la primera puta que vi. Lo dejé en sus manos, di media vuelta y partí en busca de un amigo que vive por ahí cerca. No sabís lo que me acaba de pasar, vamos, vamos, por favor acompáñame que necesito tomarme un buen trago, yo invito hueón.

La mayoría de los presentes gozó en buena ley con estas anécdotas, acaso recordando las múltiples lesiones que entre pichanga y pachanga nos hemos ocasionado, desde mi insignificante esguince hasta una ya antigua fractura de tibia de “Kokan”, pasando por supuesto por las constantes luxaciones del “Caballo” Raulazo y del propio “Chico” César, de Rapaz, del Negro, de Parra, y del Ché Sandoval, quien entre risa y risa exclamaba “¡qué hijo de puta! ¡tenés que escribir todo esto!". Así lo hice.