12 de octubre de 2012

MANUAL PARA UN ACTIVISTA DESORIENTADO




MANUAL PARA UN ACTIVISTA DESORIENTADO 
 (o por qué y por quién votar)



Mi carnet 

 La primera vez que voté fue en 1984, a los 9 años, en cuarto básico, en la Escuela n° 33 de la ciudad de La Plata, Buenos Aires, Argentina. Se armó con unos biombos una cabina o cuarto oscuro para votar en secreto, una profesora trajo una caja de cartón que hizo de urna, se imprimieron papeletas con los 2 candidatos a la presidencia del curso, y se nos entintó el pulgar derecho tras sufragar. Todo un procedimiento serio y a la vez entusiasta, que abarcó las primeras horas de clases de aquella reveladora jornada. Era la formación cívica que recibía sin darme real cuenta de lo que implicaba, en mi recién estrenada calidad de hijo de exiliado, en un país en el que la educación pública era y la ciudadanía aún es de un indudable nivel para los estándares latinoamericanos.

 Ahora que lo pienso, cursando el 2do básico, años antes, en Santiago de Chile, había sido yo el presidente del curso. Eso había sido en una escuela básica de la comuna de Macul, no recuerdo en cuál. Pero sí recuerdo que la manera en que se me “eligió” no tuvo nada que ver con papeletas ni urnas ni biombos. La profesora jefa del curso me propuso a voz en cuello, preguntó si estaban todos de acuerdo, el coro de mocosos de 7 años no se opuso, y me decretó presidente de curso. Tampoco recuerdo haber hecho ejercicio alguno del infantil cargo.

 Años más tarde, de vuelta a Chile para ver el prometido arribo de la alegría, volví a sufragar en elecciones escolares. Fui delegado, secretario y presidente del centro de alumnos del Liceo Amunátegui, en los inicios de los insufribles años 90s. Me quisieron reclutar el Movimiento Juvenil Lautaro y las JJCC. Pero ya entonces, intuitivamente acaso, me negué a militar en ningún partido político. Mi padre era del MIR, y el MIR estaba muerto, desintegrado. No había por lo tanto ningún referente que me convenciera, e incluso esa militancia mirista de mi padre me resultaba ya distante, extemporánea.

 Sin embargo el bicho politiquero que se oculta en mí, me llevó en cuanta ocasión hubo, a opinar, a discutir, a “participar” sin votar. El 93 fui simpatizante de Manfred Max Neef, indignado por la promulgación de un cura por parte de los sectores de izquierda tradicionales. Para la segunda vuelta apoyaba al Güachuneit y su “Anula con la Tula”. Ingresé a la U, tiré molotovs, me encapuché y me creí anarco. Pero confieso que no había leído ni a Bakunin. El 99 ya estaba saliendo de la U, y la posibilidad cierta de que ganara Lavín me hacía dudar, pero aún así me mantuve fuera del registro electoral. Lagos y su dedo me hacían pensar en una bestia sedienta de poder, un tipo que por fin iba a hacerse del cargo para el que se creía nacido. Al comentar los debates televisivos, mi apoyo iba a la Gladys. Y ojo, que no es menor decir que se apoyaba a los comunistas: uno por entonces había participado en la Fech y se había enfrentado vehementemente a las JJCC desde la trinchera de la Surda, red de colectivos estudiantiles y poblacionales de lo que ahora se llama izquierda autónoma. Esa fue para mí la experiencia más parecida a lo que debe ser la militancia política, aunque cualquiera de los actuales integrantes de la Surda probablemente negaría mi adhesión a sus filas: así de lamentable y errática fue mi participación como dirigente en ese colectivo.

 Buscando horizonte laboral, y decepcionado de aquella experiencia pseudo-militante en la Surda y en la izquierda autónoma (tan buena para pelearse intestinamente), me convencí de que el trabajo era más lento y largo: combatir -como dice un poema de Pepe Cuevas- en el propio corazón la lógica del sistema. Escéptico de todo menos de la poesía, me refugié en la amistad literaria de La Calabaza del Diablo, a tratar de inventar algo nuevo desde una trinchera en la que al mismo tiempo ser feliz. A construir grano por grano de arena un castillo que el mar se llevará cuando la marejada crezca. Reconstruir el sentido de comunidad y de humanidad en un mundo cada vez más inhumano.

 Sin querer pero queriendo, fui elaborándome un nicho como una mezcla de periodista / literato / profesor / gestor. Trabajo en políticas culturales desde hace más de 10 años. Y lo hago actualmente desde un centro cultural que lleva el nombre del único escritor anarquista que he leído y con placer, Manuel Rojas. Es un espacio autónomo y autogestionario, levantado a pulso, en el cual se reúnen peruanos, gays, escolares, artistas y cuanto personaje freak puedan imaginarse. Lo hago como se hacen todas estas cosas, por amor al arte, por la satisfacción íntima de creer que estoy aportando en algo a construir un país más civilizado, más justo, más humano. Pero además trabajo en políticas culturales en otro sentido. En el sentido remunerado. Porque me gano el sustento desde hace 10 años haciendo distintas cosas y en distintas pegas siempre relacionadas con ese engendro que se llama Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Sé cómo se manejan las licitaciones, cómo se priorizan o estancan los destinos de las platas, cómo funciona la administración pública, mediocre y turbia, en un ministerio penca, chiquitito, sin visibilidad ni importancia más que para los cuatro gato alucinados que en este país leen, o saben lo que es danza contemporánea, o van al teatro. Conozco lo que la Concertación ha venido haciendo torpe e improvisadamente, copiando modelos de afuera, para variar. Una vez me llamó una tipa, diseñadora, me preguntó de qué partido era y con quién tenía que hablar para conseguir pega en el CNCA. Le dije que yo no militaba y que entré por recomendación profesional, como periodista especializado en danza. Yo soy del PPD me respondió ofuscada. El poeta Germán Carrasco también sospechaba (no debe hacer sido el único) de mi filiación política cuando entré a Balmaceda. Y llevaba pocos meses en esa institución cuando la directora de entonces nos pidió a todo el equipo que la acompañáramos a hacer puerta a puerta por la candidata presidencial de la Concerta. La secretaria no pudo negarse. El resto nos abstuvimos indignados. Pero todos se escandalizaron cuando supieron que yo no estaba inscrito. Ni siquiera entonces lo hice. ¿Para votar por la Michelle? No, gracias.

 Así y todo, pasados casi 20 años de una Concertación traicionera y de un PC estalinianamente dogmático y arrastrado, me importó poco que a la siguiente elección, la Alianza pudiera de verdad llegar a ser gobierno. Me repetí: todos son lo mismo. Son primos, se casan entre ellos, participan juntos en directorios de empresas, sus hijos van a los mismos colegios. Son lo mismo. Resiste: la tarea es otra, más larga y lenta. Y me mantuve no inscrito.

 Hoy pienso distinto 

 Primero que nada hoy veo de otra manera esa pelea entre las dos lógicas que entendía como antagónicas: cambiar el sistema “desde adentro” o “desde afuera”. Uno sabe y supo muy rápido que la democracia era un tongo. Que cambiar el sistema desde adentro no es real. Que la camisa de fuerza que la dictadura dejó es mucho más que las leyes que rayan/estrangulan la cancha en todos los ámbitos de la vida pública y privada. No sólo es la constitución lo que hay que cambiar. Hay un país al que hay que curar el alma. Por eso uno siempre ha estado del otro lado. Afuera, al margen. Negándose a validar este sistema, este rayado de cancha. Marchando y protestando.

 Una parte mía sigue creyendo en ello. Pero otra ya no.

 Uno ya no puede ser un optimista iluso e irresponsable y querer perpetuar o agravar la crisis de representación. La política en sí misma no es mala. Ese discurso es el de los dictadores, que satanizan a los “señores políticos”. La política como la hemos defendido es sana y necesaria. Por eso no podemos dejar que la falta de confianza en este sistema político, por penca que sea, lo socave hasta el final. Eso equivale a apostar a un “que se vayan todos” como Argentina el 2001. Pero lo cierto es que los propios hermanos trasandinos, al final, igual fueron a votar. Se necesita gobernantes porque nuestras sociedades enfermas de un individualismo demencial no están como para auto-organizarse y autogobernarse prescindiendo de las estructuras e instituciones que heredáramos de nuestros próceres bicentenarios. Hubo primero que nada un corralito en Argentina, y surgieron clubes de trueque, y fábricas que pasaron a manos de sus trabajadores, hubo asambleas barriales y recuperación de recursos naturales. Pero finalmente hubo que ir y votar por los Kirchner. Por el mal menor. Porque Argentina es un país politizado y educado cívicamente a pesar de todo. La gente habita políticamente su polis: todos corrieron a votar. No hubo otra.

 ¿Qué pierdo con ir a votar? “Estoy legitimando un sistema político viciado y caduco”. ¿Sólo entonces lo estoy legitimando? ¿Y cuando compro el pan y pago impuestos? ¿Y cuando compro el diario para buscar un trabajo? ¿Y cuando diseño e imprimo publicidad atractiva en flyers para difundir un taller de yoga? El “sistema” (político, económico, socio-cultural, etc.) es el que hay, el que impera, el real, y aunque no vote estoy sometido a él. Es tan real que me afecta aunque yo haga política “desde afuera” con mi centro cultural, mi revistita, mi colectivo minoritario, mi autogestión de bicicleta. Pero los que hacen esa otra política, los que “desde adentro” hacen esta democracia penca, con Patos Laguna y Carlas Ochoas, esos son los que toman decisiones que afectan todas las esferas de mi vida. Porque ya no me mantienen mis viejos y he tenido que sacar cuenta-rut y pagar isapre. Porque ya no me puedo dar el lujo que me daba antes de agarrar a escupitajos al guatón UDI que me tocaba como compañero de curso, o al viejo facho que me tocaba de profe. Porque ahora tengo que convivir como ciudadano, como vecino, como trabajador, con gente de mierda, que en este país no es poca. Pero ¿qué hacer? ¿Correrles bala a todos los fachos culiáos? Tengo que convivir con esta gente. Tengo que negociar. Tengo que aprender a buscar sin asco el puto consenso. Así es lo que se llama la real politik.

 Pero además en este país se está precisamente viviendo un momento clave, en el que se puede reconstruir el vínculo entre una Polis y la Política. Porque hay protestas trascendentes, reivindicaciones colectivas transversales, que abren desde otra lógica el panorama, la manera de enfrentar la política, el espacio de lo público, porque apelan al sentido común. Porque en este mundo es o debiera ser de sentido común el derecho a la educación y a la anticoncepción, la defensa del medio ambiente, la no discriminación. Pero este país es de un conservadurismo medieval, y a eso se está enfrentando. No sé cuándo ni cómo, pero sí, algo cambió. Algo se avanzó en este país desde la perspectiva de género, desde la noción de ciudadanía. Tuvo que ser gobierno la derecha para que saliéramos a protestar de otra manera, con un sentido profundo. Y en eso estamos: Piñera mete a cada segundo más la cabeza en el wáter, es vergonzoso decir en el exterior que nos gobierna un remedo de Calígula al que poco le falta para nombrar intendente a su caballo, y hasta hay un alcalde habla del cuco sin asomo de pudor. Mientras, la oposición puede darse el lujo de dormir a la espera de que los gobernantes de desbarranquen solos, y el río está tan revuelto que surge un MEO o un Parisi con tan poco talento que se les nota el arquetipo latinoamericano del ladrón populista y del oportunista chanta. 

Entonces es a la ciudadanía a quien le corresponde tomar las riendas, y uno puede ver que esto ha ido ocurriendo al constatar que se ha politizado la discusión en las asambleas de los liceos, y de cara a elecciones municipales aparecen vecinos de barrio con trayectorias demostrables de compromiso e interés por sus problemas, postulándose a concejal o a alcalde. Por eso uno debiera celebrar, porque es un triunfo de esa otra política, la de afuera, la que está emergiendo, como agua limpia desde el fondo del pantano, subvirtiendo el orden establecido de la real politik. Lo que uno ve, cuando aparece una Josefa Errázuriz en Providencia, una Rosario Carvajal en Santiago, o hasta un Lulo Arias en San Joaquín, es que gente genuinamente preocupada y luchadora, que ha estado junto a uno haciendo política desde afuera en espacios no institucionales, está dando el paso para que sean los “partidos políticos tradicionales” los que se pongan a la fila, detrás del movimiento social. Porque es nefasto que esta crisis de representación política nos haga desconfiar de cualquier semilla, brote, primicia. Porque cuando hay posibles alternativas genuinas, se da vuelta la lógica perversa y se restituye el sentido de lo político. Más allá de que el Lulo haga un rap infumable y la Josefa sea una vieja terriblemente cuica. No es la persona, sino el proceso. No es el candidato sin no el trabajo que hay detrás suyo. Las ideas.

 Por eso en las próximas elecciones municipales voy a votar por primera vez en mi vida. Tengo 37 años y debo haber sido el último pelotudo que se inscribió en el registro electoral a escasos días de que se promulgara la inscripción automática. Y no sólo será mi primera vez, sino que además lo voy a hacer con pleno convencimiento, aunque sea por un cargo menor, una candidata a concejala por la comuna de Santiago. ¿Qué hará, de ganar mi amiga Rosario, siendo una concejala independiente y alternativa en un municipio kafkiano como el santiaguino, rodeada de concejales militantes de alianza o de concertación, o quizás incluso del PC? Probablemente poco más que ser una piedra en el zapato del alcalde de turno. Probablemente mucho más que todos los otros concejales.

 Es así: caca o pichí 

 E iré más allá aún. Porque no sólo voy a apoyar a Rosario en Santiago. Sino que además voy a votar por la Concerta para alcalde. Y todo indica que para las presidenciales tendré que votar por Bachelet. Ojalá que no (ojalá pase algo que cambie radicalmente el escenario, pero no se me ocurre qué puede ser). Ya lo dije en un artículo de opinión anterior. La revolución ya no fue. Es por esta vía el asunto. Entonces votaré por Michelle a pesar del asco que me dan los mediocres y vendidos delincuentes de la des-concertación.

 Y es que el planeta entero está en una situación similar. En la mayor parte del mundo hay seudo-democracias más simbólicas que participativas. En todo el orbe el modelo es más o menos el mismo, y no se ve diferencias de fondo entre demócratas y republicanos, entre laboristas y conservadores, entre socialdemócratas y liberales. Y la gente se abstiene groseramente, y son minorías las que siguen eligiendo a gobernantes que pertenecen a minorías más minorías aún. ¿A qué se aspira entonces? Al mentado y manoseado mal menor.

 Ya sabemos que la Concertación y la Alianza no tienen muchas diferencias en sus programas políticos y económicos. Que a la hora de la verdad ni los unos ni los otros tienen asco en vender el litio, ni tienen idea de cómo cresta arreglar el problema de la Educación (o no lo quieren arreglar, pero necesitan tranquilizar a la ciudadanía que exige cambios al respecto). Y sabemos que las pocas veces que algún chascón de la Concerta quiso empujar un poco el barco hacia posiciones más progresistas, de defensa del Estado, o de defensa de los derechos civiles de las mayorías, tuvo que negociar no solo con sus propios Escalonas, Freis y Girardis, o con la Alianza, sino con los poderes fácticos, llámese Iglesia, Fuerzas Armadas o empresariado. Y finalmente, en la misma lamentable cuerda, sabemos que el PC va a negociar cuantas veces sea necesario con la DC para lograr un cupo en el parlamento. Es así.

 Pero si hablo desde mi experiencia personal, tengo que agregar que en políticas culturales, en poco más de 2 años, la derecha ha demostrado cuán distinta es a esta desconcertación ominosa. Porque si por la Alianza fuera, sencillamente se acaba el Fondart y se acaban los centros culturales, y basta de revistas y de excusas para hippies drogadictos, y el arte como lujo para los ABC1 que por algo tienen buen gusto, y al resto nos cierran galpones y sucuchos okupas y nos tapan de farándula y Pilar Sordo para todos. De modo que ya no me digan que la Concerta y la Alianza son lo mismo. Son, concedo, caca y pichí. Y a estas alturas es obvio qué es lo que prefiere cualquier humano con una pizca de sentido común.

13 de octubre de 2011

Juventud divino tesoro

publicado en www.revistareplica.cl

Los que pertenecemos a la llamada “generación bisagra”, que estamos entre los 30 y los 40, que vimos a nuestros padres pelear contra la dictadura y a nuestros tíos, primos y hermanas mayores caer o desaparecer en esa lucha, que los vimos ser derrotados, resignarse al triunfo moral o darse vuelta la chaqueta, que cuando tuvimos edad para combatir nos encontramos en el purgatorio del registro electoral, que nos vimos obligados a inventar colectivos con más mártires que héroes en sus filas, que terminamos cantando el aullido de Ginsberg abrazados por fin a ninguna y cualquier bandera, nosotros ahora, nos sentimos profundamente viejos, cuando vemos a estos jóvenes que se alzan como lo hiciéramos hace tan pocos años, les envidiamos la suerte, la esperanza, la limpieza. Y nos mordemos las manos y la boca para no decir palabra que vaya a sonar a viejo. Porque nuestro temprano escepticismo, nuestro cansancio prematuro, nuestras frustrantes experiencias, nos acercan tanto más a sus enemigos que a los amigos que necesitamos ser para ellos.

Me preguntaba un camarada calvo como yo, en qué minuto, cuándo y cómo es que pasamos a ser viejos. Si ayer no más marchábamos o tirábamos piedras, enfurecidos. Tan rápido. Ahora nos piden testimonios, contar lo que fue nuestra experiencia, el movimiento estudiantil en los 90s. Recorro liceos en toma, converso y oigo a los muchachos, a los profesores. Y reconozco que no entiendo nada. O sea, un poco, algo, más o menos. Pero tengo una ansiedad terrible, una sensación espantosa de barco a la deriva. Es lo que se me ocurre puede ser lo más parecido al priapismo: una excitación se prolonga demasiado y duele. Y claro, con la suprema inoperancia y la prepotencia bruta del enemigo en el gobierno, todo esto se acentúa. Pero yerro. No es solo el gobierno. Es la clase política toda, completa. Esos viejos de mierda. Y desde esa crítica, hasta a uno le alcanza el dardo. ¿Cómo se sale de ésta?


2 escenas

Ayer, jueves 6 de octubre, tras el fracaso de la mesa de diálogo, se desató una represión que, además de evocarnos las peores épocas, solo nos puede conducir a preveer una escalada de violencia. Hace poco menos de un mes hablaba yo de una “calma chicha” que entre el avión de Juan Fernández y los volantines, anticipaba una tormenta para fin de año. Creo que hemos comenzado a tener los primeros signos de ello. Eran las 7 de la tarde y en el barrio Yungay, los estudiantes de varios liceos en toma cortaban el tránsito en distintos puntos de la Av. Portales, con barricadas improvisadas. Carabineros llegó y con guanaco y zorrillo restableció el orden. Aproveché la ocasión para conversar con algunos estudiantes. Escuché sus reclamos, preocupado. Con ingenua vehemencia hicieron visibles sus fisuras internas, su precariedad organizacional, sus acusaciones mal fundamentadas. Me refiero al funcionamiento de las asambleas, las estructuras horizontales que uno tanto defendió en su momento. Me alegra que no haya adultos conduciendo ni “manipulando” desde atrás. Cuando se han asomado apoderados o profesores, han sido rápidamente deslegitimados por la válida sospecha de tener vinculación con algún partido político. Pero como el movimiento lleva 5 meses, esa deslegitimación ya no es tal para todos, y algunos prefieren tener cerca a los comunistas o a los socialistas. Y ahí no más se arma la pelotera. Es desgarrador.

Por la noche voy al cumpleaños de una amiga, profesora de historia en un liceo particular subvencionado. Me cuenta que los alumnos depusieron la toma. Negociaron con los profesores, el director y los apoderados. De vuelta a clases, la dinámica interna había cambiado. Todos se han subido por el chorro. Los apoderados piden acceso a las notas que cada profesor tuvo en el colegio y en la universidad. Ya que están pagando, quieren saber si los docentes tienen currículum para ser respetados. Los profesores están desconcertados, piden al director que controle a los padres en sus absurdos reclamos. Y los alumnos… los alumnos, que tuvieron con responsabilidad de adultos al colegio en sus manos, ahora se han vuelto a comportar como niños que son: cuando la profesora le pide que salgan de clases al grupito de 4 alumnos que todos identifican como los de más malos hábitos (que roban el almuerzo a los más “pavos”), se halla con que éstos se defienden con un insólito argumento: usted no nos puede echar de la sala, nuestros padres pagan para que estemos en clases, no dando vueltas en el pasillo. Lo terrible, me cuenta mi amiga, es que el grupito de desadaptados es respaldado por uno de los “dirigentes” de la toma. ¿Qué quedó de lo que levantaron como motivo de lucha? ¿No hay una lógica de mercado contra la que estaban peleando? ¿No se trataba de ser estudiantes y no clientes? La profesora responde con estas mismas preguntas y los estudiantes callan, desarmados. Vence el adulto. Se impone el sentido común, el buen criterio. También es desgarrador.

Viejos v/s jóvenes

Hay una dinámica entre el viejo y el joven que me viene dando vueltas en la cabeza. Recordé la trilogía de Sábato, cómo me marcó su lectura a los 20 años. La recordé al leer “El maestro de Petersburgo”, de Coetzee, de donde citaré un pasaje: “No me diga que espere a ser viejo para que me tomen en serio. Ya he visto qué ocurre cuando uno envejece. Cuando sea viejo, habré dejado de ser el que soy.” Esta dinámica tiene algo de devoradora. El viejo se alimenta del joven y viceversa. Pero esta fagocitosis se produce con violencia, no es lo que en el reino animal se denomina mutualismo. Es agresividad pura y dura. Y para mantener mi buen humor, recordé aquello de “todo joven libertino, es a la postre, un viejo conservador”.

Les hablamos como adultos porque desde ahí es que debemos y tenemos que hacerlo. La ministra que recibe un vaso de agua en la cara hace gala de una sangre fría a toda prueba, porque cualquiera que haya hecho clases sabe lo que cuesta mantener el control, no agarrar a patadas al mocoso insolente: no rebajarse al comportamiento del niño. Quizás el ejemplo no es el mejor porque esa ministra es efectivamente una de las peores viejas de mierda que recuerdo. Y uno puede bien entender la rabia de María Música, más aún hoy, cuando viejo y todo, uno siente tanta rabia e impotencia. Pero el tema es que en un enfrentamiento de este tipo, uno está frito: uno es el Poder, la Razón, el Adulto. Esto es lo que está en jaque. Todo nuestro sistema de raciocinio.


Pero no nos equivoquemos

El solo hecho de enunciar todo esto que estoy enunciando, me pone los pelos de punta, porque me puede emparentar con un tipejo despreciable como Fernando Villegas, que denuncia hace rato lo mismo (la precariedad manipulable de las bases estudiantiles). Claro, las intenciones del burdo opinólogo chascón son las del peor de los viejos de mierda, que clama por favor que les pongan orden si es necesario con azotes a estos pendejos. Las mías… son un clamor al cielo, que me haga claridad en las entendederas, para no seguir temblando de incertidumbre, para cambiar mis esquemas y asumir sin miedo ni ansiedad que lo que estamos enfrentando no es un movimiento político con p chica. Este es un asunto Político, con P mayúscula. Una revolución que apuesta por llegar mucho más allá de lo que alguna vez pensamos. Y a uno no se le ocurre cómo es que puede suceder eso.

Fracasarán los tinglados nuevos que invente la clase política para negociar o pactar, léase engañar y traicionar, a los estudiantes. Tendrá que seguir la barricada y la toma y la represión: es evidente que el gobierno está empujando hacia allá. Y lo que uno teme es que los viejos logren que disminuya el apoyo de la ciudadanía. Hay que ver el video que mandaron de México, donde dicen que cuando el ánimo decae, bueno es recitar un conjuro: “sí se puede”. Y uno espera, además, que haya una inscripción masiva de jóvenes en los registros electorales. De momento, uno no ve otra.

No puedo finalizar sin anotar que más allá de lo viejo o joven que uno se sienta, de lo desorientado o no que uno esté respecto de cómo apoyar o cómo participar en lo inmediato, en esta situación, lo que está claro y que no se puede perder como norte, es el carácter justo y legítimo de las reivindicaciones levantadas. Reforma educacional es igual a reforma tributaria y constitucional. Punto. Nadie pretende acabar para siempre con el libre mercado. Es imposible salirse de él, estamos claros, se trata de regularlo. El tema es el rol del Estado, que le restituyan su sentido, que no lo desaparezcan. Todo para los privados, y lo público en la miseria, ya paren con la codicia. En serio. Pienso en la cantata de Santa María de Iquique: “¿Qué hacer entonces, qué, si nadie escucha? Hermano con hermano preguntaban. Es justo lo pedido ¡y es tan poco! ¿Tendremos que perder las esperanzas?”

“Somos delincuentes, no estudiantes”

Hace un tiempo participé en una mesa de conversación sobre el conflicto estudiantil. Intervino también un representante de Filosofía de la U. de Chile y una estudiante de la UTEM, entre otras personas. A mí me tocó hablar como gestor cultural en el Centro Cultural Manuel Rojas, un espacio fundado bajo un espíritu libertario de la Educación, donde se promueve la autoformación y se ha forjado o intentado forjar Educación Popular. El hecho es que recuerdo preguntas que calan, que hierven, que interrogan por la miseria, que no tienen respuesta.

Publicado en www.revistaréplica.cl

Primero fue la intervención de la dirigente de la UTEM, que defendió con uñas y garras a sus compañeros: “Sí, nosotros somos los violentistas, los encapuchados, somos los que preferimos el caos a la politiquería y el ‘blablablá’, somos los universitarios pobres, somos los flaites que llegaron de puro esforzados a la ‘U’. Somos los discriminados de verdad, los que ponemos el pellejo, los que menos tienen que perder”.

Yo argumenté que no me parecía inteligente marcar diferencias dentro de un movimiento que necesitaba mostrar cohesión. Que tampoco estaba de acuerdo con encapucharse y romper o quemar autos porque al final lo que se legitima es la represión y el discurso de la derecha y los medios. Pero sí comprendía la fuerza de su marca identitaria. Porque la pobreza, universitaria o no, se anuncia sola, se huele. Y pobre es y siempre ha sido sinónimo de malhechor, de perro que muerde. Y uno que vivió en la propia universidad esas diferencias, fue de los becados, de los que llegaban a pata, también de los que compadecían o incluso hacían burla de otros, que eran mucho más pobres.

Al final, cuando ya se había abierto al público el diálogo, y parecíamos haber llegado a un estadio final de la discusión, una persona preguntó una cosa así como “¿Qué hacen ustedes para integrar a los flaites, a los cogoteros, a los que realmente están parados en las esquinas? ¿Qué hacen para que éste se sienta parte de esta lucha?”

Nada fácil, porque, claro, para responder eso es necesario quizás explicar un poco desde dónde es que uno no ha hecho nada, o ha hecho lo que ha podido hacer.

Es cierto que los que vivimos esta suerte de revolución, que con optimista grandilocuencia, algunos llaman la Primavera de Chile, nos habíamos acostumbrado, con rabia y escepticismo, a un adormecimiento colectivo prolongado por mucho tiempo. Primero porque teníamos demasiado encima el miedo a la represión, traumatizados por lo que la prensa llama “los horrores de la dictadura”; y en seguida porque cada intento de levantamiento nos había enfrentado a fracasos internos, mal resueltas las diferencias con nuestras propias (de)formaciones como cuadros, con nuestras biografías y sus cantos.

Todo se había renovado, todo se había traicionado. Cuando buscamos perder el miedo terminamos tratando de parar al cabeza de pistola encapuchado. Hasta que los encapuchados mismos cambiaron, se lumpenizaron, y ya no los pudimos parar, ni nos importó pararlos. Como dice una canción de Redolés: “A los pobres mejor dejémoselos a la UDI, total ya cambiaron sus conciencias por un horno microondas”. Sencillamente nos resignamos.

De esa resignación, de ese escepticismo al humor negro y de ahí a la insensibilidad o el prejuicio hay un paso pequeño. La poesía de mi amigo Pepe Cuevas habla de esos pendejos lumpen, que aúllan por zapatillas caras. Y tuve la suerte de hacerle clases alguna vez a esos mismos pendejos con cara de pocos amigos y quisca escondida en el antebrazo. Y conozco la suerte de varios profesores que los enfrentan a diario, armados de un cariño tosco, rudimentario, que a veces ni siquiera sirve para salvarse de amenazas y escupitajos.

Por eso hace años que, como una broma mala en los dos sentidos de la palabra, apenas veo a un joven vestido como característicamente se viste un flaite, digo “ahí va un delincuente”, “ahí va un cumita”. Y cruzo la vereda. (Y ella me ama menos cada vez que digo y hago eso, y yo por eso la amo más.)

Hablo entonces, como es evidente, desde mi experiencia como alguien que quemó todas las banderas cuando se dio cuenta de que ser de izquierda o ser de derecha en este mundo parece ya no significar nada. Pero claro, hay que hacer una diferencia: hay encapuchados que son cabros como los de la UTEM, sobre-ideologizados, anarquistas que leen la realidad con menos pies en la tierra incluso que los comunistas aquellos que sacaban el paraguas cuando llovía en Moscú. Cabros a los que en realidad urge hablar y convencer de que la vía armada ya fue.

Pero el problema se pone denso con los otros, con los encapuchados que rayan desafiantes “no somos estudiantes, somos delincuentes”. ¿Qué hacer con ellos? Me lo pregunto a cada rato, cuando la calle entra por los ojos y pide monedas. Y no soporto que nadie me venga a preguntar con tono de superioridad “qué hago o qué he hecho” por ellos, por ese lumpen, por ese perraje. Porque no creo que ir a un voluntariado de una semana como los alumnos del San Ignacio sea realmente hacer algo por los flaites. Tampoco estoy seguro de que irse a vivir entre ellos sirva. No se trata de evangelizar. Es demasiado más profundo.

Para hablar el mismo idioma no basta manejar el código, la sobrevivencia es mucho más que un lenguaje. Ya lo sabemos: estos pendejos se suman a estas movilizaciones exclusivamente porque ven en la turba una oportunidad de robar, de sacar algo inmediato y concreto para sí mismos, o de romper y sacar la rabia afuera y punto, porque no les interesa ya nada más que eso.

Nacieron donde nacieron y ya no les queda horizonte por mucho que los ministros de Mideplan o los privados o los gremialistas o las iglesias inventen fundaciones para superar la pobreza. Y entonces, quebrándome la cabeza, solo se me ocurre pensar que lo que hace falta es, aunque suene extemporáneo, generar conciencia de clase. Porque, ¿cómo es posible que hoy los pobres sean de derecha (aunque ni lo sepan) y que la gente de izquierda en cambio vaya al colegio La Girouette. ¿No era al revés? Pero filo, ya está. Ahora ¿cómo revertir la situación?

Para incluir al lumpen en la comunidad, para empatizar con el delincuente y hacerlo ciudadano, para que el encapuchado se quite la capucha y se sume a esta pelea que es también por sus derechos, hay un largo camino. Es un problema que hay que responder como sociedad, que debe enfrentarse desde el Estado. En lo personal, puedo decir, por decir algo, que estoy inscrito. Tarde pero me inscribí. Votar y participar en marchas no será la gran fuente de un cambio serio, pero lamentablemente la cancha está reducida de momento a eso. En este país no va a haber ni una revolución ni queremos un nuevo golpe de Estado. Será a través de alianzas y de negociaciones políticas y partidistas que se hagan las cosas. Así mismo llegó Allende al poder: respetando las normas del juego, por pencas que sean. Y para cambiar las normas del juego hay que hacerlo inteligentemente, dentro de las mismas normas del juego. Un desafío enervante, desesperante, etc.

El resto es hacer también y acaso con más ahínco, la política fuera de la cancha, donde la jugamos nosotros, los que no militamos y tenemos más sentido común que formación de cuadros; es hablar, compartir, enseñar y aprender. Combatir en cada espacio cotidiano el lenguaje del mercado, del dinero, del individualismo. No caer en el prejuicio fácil, evitar la ambigüedad traicionera del humor negro mal entendido. Rechazar los propios impulsos clasistas. Indignarse y agarrar a patadas al malnacido que sale con la “talla” del pitéate un flaite.

2 de junio de 2010

Wilson Bueno ha muerto


Es feroz recibir una noticia como ésta
http://www.ansa.it/ansalatina/notizie/notiziari/brasil/20100601154435089415.html

Me entero por Eli Neira en su fesibuc. Luego paso por letras.s.5
Hay un epitafio de Ajens para Wilson Bueno.

Entonces uno piensa en cómo es posible que lo que más les guste a nuestros poetas -jóvenes y ya no tanto-, sea ese continuo descalificarse, ese darse hostias con mayor o menor elegancia.
Llenan y llenan espacio en la web, en feisbuc mismo, en letras.s.5, en sus blogs, en lacallepassy o en 60watts, y etc. etc. etc.

Pienso en eso cuando los buenos poetas como Wilson Bueno amanecen con un cuchillo en el cuello.

Pienso en su libro Mar Paraguayo. Allí están los versos sobre el perro Brinks, lo que recita Bueno en este youtube también de la Eli Neira: http://www.youtube.com/watch?v=zy7DgCfZZAs

Y recuerdo haber yo alguna vez escrito algo sobre Mar Paraguayo. RIL me regaló un ejemplar cuando hacía de comentarista en El Mostrador.cl. Además del libro, venía una breve carpeta con entrevistas, información biográfica sobre Wilson Bueno. Me encantó el libro. Ahora busqué ese comentario escrito hace años y oh sorpresa, lo encontré (http://www.intemperie.cl/archivos/Marpa/Rodrigo.htm). Pero claro, no me conforma leerlo. Siempre uno siente que lo escrito hace tanto tiempo ahora podría escribirlo mejor. Seguramente. Ahora cuando llegue a mi casa me propongo buscar ese libro, releerlo, y no escribir nada al respecto.

Porque para eso están los entendidos, los poetas.

Que alimenten nuestra sed de sangre.

18 de marzo de 2009

RUN VICKY VIOLETA, RUN



Sobre el montaje “Violeta en llamas”, presentado por Vicky Larraín
en gira por el norte de Chile durante febrero 2009.




Violeta Parra me va a disculpar (ella y yo ya lo sabemos), o lo van a hacer sus herederos y descendientes, pero cuando alguien ha penetrado en tu alma con el desparpajo con que lo ha hecho esta señora, el grado de intimidad que tiene derecho a sentir uno con ella permite el confianzudo trato que a solas le doy. Y es que cuando escucho a la Violeta, me permito para mis adentros, como se permite uno con su propia madre, tratarla por ejemplo, de vieja loca. Con todo el cariño y respeto del mundo. Vieja loca. Ponerse a componer de esa manera, válgame dios, gavilán. Para no mencionar el desquicio de las décimas y centésimas que confesaba sin asomo de prudencia querer llevar a milésimas. Y sume y siga, arpillera suicida.

Algo de eso es lo que, me parece, comparto con Vicky Larraín. Eso es lo que siento inmediatamente cuando la veo homenajear a la Violeta. Las veo recorrer el norte run run. Corre Vicky Violeta, corre que te pillo. Run, crazy girl, run. Se sube la bailarina al carro de olvido, cruza el puente quebrado, trajina la alforja vacía y salta al abismo sin música ni luz. Vicky moja el escenario con su sudor, se envuelve con la Parra, invoca, invoca, invoca, cuerpo, imagen, movimiento. Y decanta al caer la noche, escribiendo. Crónica del artista posmoderno. Créditos para el wenüi sonidista y el iluminador, para la señora del café y la sopa, para el administrador del teatro. Créditos también para los peces gordos. Y talleres de danza entre función y función. ¿Qué es esto? Vicky baila, recita, enseña, escribe. Difuminación de las disciplinas. Pedagogía de la improvisación. Coreografía virtual. Evolución digital del efímero pánico. Abstracción del tiempo y el espacio. ¿Performance? ¿Ritual? Te la llevarís, te la llevarís, veleidosa.

Vicky Violeta, a ver si te das unas vueltas de carnero por las poblaciones de Santiago. Pa bailar la cueca de los poetas, ahí donde las papas queman. Es lo que quiero yo, dice Vicky, energía y desparpajo. La voz cascada, caudal de vida sin calma. Es lo que yo quiero, contesta cual eco Violeta. Que para entrar en la gloria / dinero se necesita / mamita mida, se necesita. Ah bueno, digo yo. Eso ya es harina de otro costal.


wenüi, en mapudungun: compañero




27 de enero de 2009

Calaucán

Cuando Joan Turner, Patricio Bunster y Manuela Bunster regresaron a Chile, a mediados de los ochentas, lo hicieron pensando ya en establecer los centros de danza, de estudio y creación, que serían luego reconocidos como los epicentros de la creación dancística contemporánea nacional: el Centro de Danza Calaucán, en Concepción, y el ESPIRAL, en Santiago.

Con el paso de los años, consolidado nuestro capitalismo de última generación en recurrentes crisis, el Centro de Danza Espiral se fusionó, estretegia de subsistencia, con la Carrera de Danza de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. El Centro de Danza Calaucán persistió desde la autogestión independiente. Y desde hace un año que quienes conocemos algo del asunto, venimos oyendo del cierre definitivo del Calaucán. Como el mítico cierre de La Piojera, que nunca ocurre y parece que ya nunca ocurrió, porque a toda hora son más los pendejos cuicos que los parroquianos macheteros. Estrategias de subsistencia. Lo único sí, es que hoy se concretó. Calaucán, un edificio a toda raja para la danza de la Región del Bío Bío, se va traspasó en arriendo a una discotheque. Las coreógrafas y bailarinas que componen la escuela y compañía de danza, tendrán que mudarse a cualquier otro lado, buscar cómo seguir adelante. Donde practicar sus movimientos.

Desconozco en detalle el motivo de esta situación. Dirán que los artistas no saben administrar. Quizás. Lo cierto en cualquier caso es que no creo que se puedan sostener en medio de las crisis de este capitalismo desquiciado, iniciativas que nada tienen que ver con el lucro, y que incluso intrínsecamente apuntan al desarrollo de las facultades humanas menos lucrativas.

Me han enviado un e-mail Valentina Pavez, Paola Aste, y otras insignes bailarinas y creadoras que mantenían en pie el Calaucán. Les he respondido esperando no ser malinterpretado:

me ennegrece el humor esta noticia, largamente augurada, conocida ya desde hace tanto
no tengo más que compartir plenamente con Paola. Asumamos la realidad.
porque uno podría por ejemplo decir que:
en este país no hay una verdadera política para la cultura. lo que hay es voladores de luces, cifras abultadas y cooptación. el mundo de la cultura, que luchó por una institucionalidad que asumiera la elaboración de políticas, se vio rápidamente atado de manos. viejas estrategias: así mismo los movimientos feministas de los 80 fueron entronizados y ahí tenís, toma tu sernam. la lógica del márketing domina todos los ministerios. nos gobiernan las poses pa la foto. ése es el punto. no si los fondos son subsidios o concursables. el asunto de fondo es que no hay posible política cultural en un país que no tiene siquiera política en educación. ni en salud, ni en vivienda, ni en una puta mierda. se hacen los giles y vamos robando. cito a Vallejo: "Un paria duerme con el pie a la espalda / ¿Hablar, después, a nadie de Picasso?"
el poder del arte v/s el hambre de poder. ecuación ya resuelta. perdimos. no hay una verdadera voluntad de cambiar el logos de esta sociedad de zombies. no hay proyecto de país. no hay país. hay paisaje.

pero no. no digo ni esto, ni lo otro, ni me desdigo.
porque cada vez que digo esto me piso la cola, e inmediatamente los artistas me dicen que no vapulee a san fondart. y no, tampoco culpo a nadie. hay que sobrevivir. tampoco juzgo a nadie. sólo a nosotros mismos, que puestos entre la espada y la pared nos vemos obligados a perpetuar la perfecta ilusión de la democracia, una estructura que enmascara precisamente esta falta de voluntad de cambiar el estado de cosas. sobrevivimos. no nos queda otra.
entonces eso. sobrevivamos. como las cucarachas a las glaciaciones. sobervivamos no más. sigamos sobreviviendo. habrá que ir a danzar la discotheque. y decirle no al luto. sobre todo esto. NO AL LUTO. no llanto, sólo rabia. rabia primigenia y alumbradora. asumamos la realidad: sobrevivamos.

salut et forza al canut
Rodrigo Hidalgo M.
"DE MANERA QUE en la larga y angosta república toda la gente
sobreviviente
a los lamentables accidentes
vive la vida en paz,
juega cacho, toma chicha,
fornica y se ducha. Pero cabe la sospecha
de que la tal chicha sea una mixtura de vino barato, jugo de huesillos,
anilina y azúcares
y que los dados
estén cargados."
Rodrigo Lira.


Y aún podría haber agregado otro poema igualmente triste y actual, del mismo loco Lira, pero ya me dio cosa ser tan chaquetero.


4 TRES CIENTOS SESENTA Y CINCOS Y UN 366 DE ONCES
dada la continuidad de la ausencia de tibieza
considerando la permanencia de las carencias y
las ansiedades que se perpetran cotidianamente
y el frío sobre todo en especial o solo
o el frío completo en salchicha con mayonesa viscosa
seminal y estéril
la sábana sucia que cubre monstruosos ayuntamientos
la escasez de radiación solar
(lo poco que alcanza a llegar a través del monóxido de
carbono, el humo de chimeneas pastizales que se
queman en febrero cigarrillos chimeneas tubos de escape tubos chimeneas humo)
de la que tiene que atravesar además esa sucia
sábana que cubre apenas -como mera sábana polucionada-
esas teratológicas cópulas esos coitos de ahítos
esas violaciones y estupros
y las ondas
de radio en amplitud o frecuencia modulada
las largas y las cortas ondas
de radio de televisión o télex
las ondas que emiten las antenas emisoras
y las receptoras, que también reciben
esas ondas que la luz solar debe atravesar
lo inconcebiblemente banal y eficazmente hipnógeno
de lo que se radiodifunde y televe
lo opaco de los cristales
"color humo por dentro
espejo color bronce hacia el exterior"
los cristales que dispersan los que refractan
los que cromatizan la luz lo exiguo de la tasa de luz que alcanza
a corresponder per cápita, por cabeza
lo gachas que se encuentran estas últimas
(lo desigual de la tasa de luz de cabeza a cabeza)
lo sucio de la sábana que lo cubre todo
o casi todo
o hartas cosas
. (la sucia sábana no se cubre a sí misma)
considerando también los olores a añejo, a podrido a quemado o
infectado
parece que como que hubiera que hacer alguna cosa.
.Aunque cabe la posibilidad de que sea mejor
no hacer nada
nada hacia la izquierda
nada
hacia
la
derecha
nada hacia adelante tampoco, más aún,
especialmente, nada hacia adelante -está la inercia
nada hacia atrás, no se puede,
trate usted de nadar hacia atrás, no se puede, la historia
no retrocede
-está la historia
-están las bayonetas de la historia bajo las banderas de la historia
-está la sangre en las bayonetas de la historia bajo las banderas de la
historia
coagulada ya, reseca, más bien, como yesca
yesca de sangre sobre las bayonetas de la historia bajo las banderas de
la historia -de lo que está atrás
(no fumar, peligro grave de incendios, demasiada yesca
-sangre seca- atrás)
Nada tampoco ni hacia arriba ni hacia abajo ni hacia adentro ni hacia afuera
nada hacer, no hacer nada
-cruzarse de brazos -sentarse en posición de loto -tirarse boca arriba y
-mirar el cielo
(nada hacia arriba; no pensar en escalar el cielo)
-tirarse boca abajo, la mejilla pegada al suelo
o hundida en el barro
(no pensar en hundirse; no evitar hundirse)
al menos cabe la posibilidad de que eso fuera lo que
parece que como que hubiera que hacer, la cosa aquella
alguna
cabe la posibilidad de que eso fuese: alejarse de la acción
con las manos en los bolsillos
o con las manos tomadas a la espalda
o con las manos enlazadas en la nuca
o levantadas mirando el suelo
a patadas con las piedras
aplastando descuidadamente
eventuales caracoles cuncunas, lombrices o cucarachas distraídos-as
-jamás tomarán venganza-
alejarse de la acción: irse despacio a ninguna parte
pues no hay donde irse
pero hay que irse
-tal vez, digo yo, como que habría que irse -a ninguna parte
-tal vez haya donde esconderse, no sé
en todo caso sería preciso
no salir a la calle:
los sujetos que en París rayaron las murallas de mayo
graficaron las palabras francesas que traducidas al idioma español dicen:
la/acción/está/en/la/calle
y si hay que alejarse de la acción
sería inconsecuente tomar una micro
tomar el metro, una liebre, un bus urbano o interurbano,
tomar
bebidas alcohólicas o de cola o cafecitos
habría que morirse de hambre, pienso
secarse en una esquina poco frecuentada o en un sótano oscuro, digo yo
porque las torres Santa María podrán ser los edificios más altos de
Chile
pero haga usted la prueba de subir
-tendrá que ir bien vestido-
tomar uno de esos ascensores que adivinan el pensamiento o poco menos
y que son tan veloces como altas son esas torres
y llegue lo más arriba que pueda, hasta la terraza, si es posible
actúe hacia arriba para después tirarse y no hacer nada
abastecido de libertad por lo libre de la caída
que te hace abrir los brazos y planear, acercándote a tu reflejo
que se acerca hacia arriba desde los espejos de agua
con tu imagen multiplicada por los vidrios que por fuera son espejos
que reflejan tu imagen cayendo de modo que tú no alcanzas a ver adentro
pero que no les impide verte dentro pasar volando en caída libre
-y creerían que pasó un ángel y habrá un momento de silencio -

No podrás: alguien sujetará a usted del brazo justo a tiempo
alguien o algo, algún robot por ejemplo
y alguien -o algo- llamará a una ambulancia
a través de un citófono a un teléfono que llamará a una central que
pasará el mensaje a otro teléfono etcétera
todo a velocidad escasamente menor que la de la luz o la de tu cuerpo
en la frustrada caída
probablemente el radio del radiopatrulla no será necesario
habrá una sirena o tal vez no, habrá en todo caso un silencio eléctrico
de terapia de choque tac/
un vacío
y un hueco para ti en una terapia
.de grupo
de un grupo cualquiera
y sean cuales fueren los cuentos que te cuenten, desgraciado
la cuenta que te pasen
saldrás del hospital clínica o centro médico
tarareando gracias a la vida
motivado por los avisos y consejos de la publicidad que nos ayuda a
vivir mejor
desde la radio o el televisor
que tanto habrán contribuido a tu curación
rumbo al local más cercano
en que se pueda jugarle una cartilla a la
Polla Gol a cambio de un templo donde sacrificar un
gallo a Esculapio que ya no se usan esas cosas, pues hombre
para después entretenerse un rato mascando
chicle de un sabor predilecto
en la máquina de pinbol o pinpong electrónico
O sea que en resumen habría que morirse sin alharaca
sin pánico cundiendo ni cúnico pandiendo ni púnico candi endo
suave, callado el loro
-- morirse
o quedarse en la vereda como un pedazo más grande que el promedio
de basura
saboreando algo así como un candi masticable o un goyak
y hasta incluso un caramelo bueno, de Serrano, o fino,
de Ambrosoli,
pero muriéndose,
muriéndose sin alharaca,
muriéndose.